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SELECCIÓN DE TEXTOS DE “
TEXTO
1
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes
blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había
más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y
papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina
revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas
de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo
sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las
esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se
incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a
un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad,
corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y
descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de
coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en
Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en
subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes
y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había
subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se
daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por
completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su
visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una
excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta,
abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los
más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto
andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de
fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De
Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus
pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como
infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus
ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba,
eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre
que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En
Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas
veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la
mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio
que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo
del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos
corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a
Vetusta era su pasión y su presa.
Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él
estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por
dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones
de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de
la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo
quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y jardines
y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área del pueblo, y que
en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques, cuando eran tan extensos
como el de los Ozores y el de los Vegallana.
Y mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como querían,
los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido huir los codazos
del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas de tierra que el
municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era de ver cómo aquellas
casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas sobre otras, y se metían los
tejados por los ojos, o sean las ventanas. Parecían un rebaño de retozonas
reses que apretadas en un camino, brincan y se encaraman en los lomos de quien
encuentran delante.
TEXTO
4
A pesar de esta
injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de sus ojos, sin que le irritara,
el buen canónigo amaba el barrio de la catedral, aquel hijo predilecto de
Ana corrió1 con
mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el
tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció
blanca toda, como se la figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho
más hermosa que Bermúdez podía representársela. Después de abandonar todas las
prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,
hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas
pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, y el otro
pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera.
Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en una postura académica
impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni confesor alguno había
prohibido a
Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella blandura suave con los
brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos.
La deleitaba aquel placer del tacto que corría desde la cintura a las sienes.
-«¡Confesión general!» -estaba pensando-.
Eso es la historia de toda la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran
garzos, y corrió hasta mojar la sábana.
Se acordó de que no había conocido a su
madre. Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.
Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había
conservado desde la niñez. -Una mujer seca, delgada, fría, ceremoniosa, la
obligaba a acostarse todas las noches antes de tener sueño. Apagaba la luz y se
iba. Anita lloraba sobre la almohada, después saltaba del lecho; pero no se
atrevía a andar en la obscuridad y pegada a la cama
seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el rostro
la sábana que mojaba con lágrimas también. Aquella blandura de los colchones
era todo lo maternal con que ella podía contar; no había más suavidad
para la pobre niña. Entonces debía de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro
años. Veintitrés habían pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi
siempre, había tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo aquello le
repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de acostarla sin
sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba todavía y le inspiraba
una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a
quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de blandura
y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana sentido toda su
vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían oprimido su cabeza de niña
contra un seno blando y caliente; y ella, la chiquilla, buscaba algo parecido
donde quiera. Recordaba vagamente un perro negro de lanas, noble y hermoso;
debía de ser un terranova. -¿Qué habría sido de él?-.
El perro se tendía al sol, con la cabeza entre
las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente. En los
prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando,
acababa por buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de
caricias.
(… )
Pensando
Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue
impaciente, desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de
los pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la
independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que ella
estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no continuar el
sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una calumnia capaz de
corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente. Tal vez había sido
providencial aquella aventura de la barca de Trébol. Si al principio, por ser
tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de aquella injusta persecución de
la calumnia, más adelante, gracias a ella, aprendió a guardar las apariencias;
supo, recordando lo pasado, que para el mundo no hay más virtud que la
ostensible y aparatosa. Su alma se regocijó contemplando en la fantasía el
holocausto del general respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se
le tributaba. En Vetusta, decir
Verdad era que en estos últimos meses,
sobre todo desde algunas semanas a esta parte, se mostraba más atrevido...
hasta algo imprudente, él que era la prudencia misma, y sólo por esto digno de
que ella no se irritara contra su infame intento... pero ya sabría contenerle;
sí, ella le pondría a raya helándole con una mirada... Y pensando en convertir
en carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se
obstinaba en ser de fuego, se quedó dormida dulcemente
TEXTO
7
La familia de los Ozores era una de las
más antiguas de Vetusta. Era el tal apellido de muchos condes y marqueses, y
pocos nobles había en la ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo
parientes de tan ilustre linaje.
Don Carlos, padre de Ana, era el
primogénito de un segundón del conde de Ozores. Don
Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su padre habitaron
mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama principal, la de los condes,
vivía años hacía emigrada.
El primogénito del segundón quiso tener
una carrera, ser algo más que heredero de algunas caserías, unos cuantos foros
y un palacio achacoso de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un
valiente; en muchas batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó duraderos y bien dispuestos fuertes en
varias costas, y llegó pronto a coronel de ejército, comandante del cuerpo.
Cansado de casamatas, cortinas, paralelas y castillos, procurose
un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones militares, quedándose
-98- sólo con las científicas: prefirió
la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales ciencias, al arte, y
cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo se entregaba a las delicias
de Capua, y por fin, después de muchos amoríos, tuvo
un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que ya no es joven.
Loco de amor se casó2 don Carlos Ozores
a los treinta y cinco años con una humilde modista italiana que vivía en medio
de seducciones sin cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se quedó sin ella.
-«¡Menos mal!» -pensaban las hermanas de
don Carlos allá en su caserón de Vetusta.
Su matrimonio había originado al coronel
un rompimiento con su familia. Se escribieron dos cartas secas y no hubo más
relaciones.
-Si viviera mi padre -pensaba Ozores- de fijo perdonaba este matrimonio desigual.
-¡Si viviera padre, moriría del disgusto!
-decían las solteronas implacables.
Toda la nobleza vetustense
aprobaba la conducta de aquellas señoritas, que vieron un castigo de Dios en el
desgraciado puerperio de la modista italiana, su cuñada indigna.
Pero como de abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y
quimeras se había originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la
avergonzaba todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún placer,
por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y de inocencia, en
que la habían sumergido las calumnias del aya y los groseros comentarios del
vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para todo lo que fuese amor, según
se lo figuraba. Se la había separado sistemáticamente del trato íntimo de los
hombres, como se aparta del fuego una materia inflamable. Doña Camila la
educaba como si fuera un polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de
la niñez; aquella amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo
mejor era huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más amistad que
la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores; estos caballeros
debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y mujer, no los presentaban
ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía amigas. Además don Carlos la trataba
como si fuese ella el arte, como si no tuviera sexo. Era aquella una educación
neutra. A pesar de que Ozores pedía a grito
pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada vez que en París una dama le
quemaba la cara con vitriolo a su amante, en el fondo de su conciencia tenía a
la hembra por un ser inferior, como un buen animal doméstico. No se paraba a
pensar lo que podía necesitar Anita. A su madre la había querido mucho, le
había besado los pies desnudos durante la luna de miel, que había sido
exagerada; pero poco a poco, sin querer, había visto él también en ella a la
antigua modista, y la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera
por lo que fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a
Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como
mujer, no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella turgencia y
expansión de formas que al amante del aya le arrancaban chispas de los ojos, habían
contenido su crecimiento; Anita iba a transformarse en mujer cuando parecía muy
lejos aún de esta crisis; estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran
ingratos: a los diez tenía las apariencias de los trece, y a los quince
representaba dos menos.
El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la
extraordinaria belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había
crecido milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que
tenía orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad
era que el tipo aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere
clases. Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder
de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había
recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era hermosísima. La
plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media era de igual parecer.
En poco tiempo se consolidó la fama de aquella hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del
pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la catedral, el
Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de Ozores.
Eran las tres maravillas de la población.
(…)
Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en la
clase, en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de
la modista italiana. -Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden expresa
de las tías-. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo del padre,
todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba con su hermosura,
como un caballo de sangre y de piel de seda honra la caballeriza y hasta la
casa de un potentado.
Las señoritas nobles no envidiaban mucho
a Anita, porque era pobre. Para ellas la hermosura era cosa secundaria; daban
más valor a la dote y a los vestidos, y creían que las proporciones -los novios
aceptables- harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en los
bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a la sobrina
adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos más o
menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se casarían con
ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que prohibir a su novio
formal -el futuro esposo- hacer el amor a la huérfana, a lo menos en
presencia de su futura. Si Anita se descuidaba, pensaban las herederas, podía
verse comprometida sin ninguna utilidad. Dentro de la nobleza no era probable
que se casara. Los nobles ricos buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales;
los nobles pobres buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en
El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había
modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se casaría
con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un ricacho plebeyo.
Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener advertida a la niña.
(… )
Si alguno se propasase a mayores, lo que se llama mayores, sobre
todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la juventud de doña
Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes; déjale decir, pero no te
dejes tocar. Al que te proponga amores formales, no le toleres pellizcos, ni
nada que no sea inofensivo. Escandalizarse es ridículo, es como no saber con
qué se come alguna cosa...
-Es una falta de educación entre la
clase...
-Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no
te has de casar con ninguno de ellos...
-Ni gana, tía -dijo Anita sin poder
contenerse, pesándole en seguida de haberlo dicho.
-Eso de la gana te lo guardas para ti
-exclamó doña Anuncia, puesta en pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
-Déjala; el que no se consuela...
-Tienes razón; están verdes. Pero lo que
importa es que tú no olvides lo que te digo. Es necesario que dejes antes de
entrar en casa de la marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque
es una impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no menos
elogios del público que tu palmito y buen talle.
-Sí, hija mía -interrumpió doña Águeda-. Es necesario
sacar partido de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.
Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio.
Se figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana trataron
con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella hermosura que
consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana era uno de los
mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como pudiera estarlo de
una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la esbeltez, lo había hecho la
raza, decía doña Anuncia, que se picaba de esbelta, porque era delgada.
(…)
Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura
tributaban los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían; pero al
despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían su voluptuoso
amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios condensadas en una
sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume. Y como la historia ha de
atreverse a decirlo todo, según manda Tácito, sépase que Anita, casta por vigor
del temperamento, encontraba exquisito deleite en verificar la justicia de
aquellas alabanzas. Era verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que
con miradas unos, con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los
jóvenes de Vetusta. Pero ¿el amor? ¿Era aquello el amor? No, eso estaba en un
porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado hermoso para
estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba, entre las necedades y
pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no vendría nunca; pero prefería
perderlo a profanarlo. Toda su resignación aparente era por dentro un pesimismo
invencible: se había convencido de que estaba condenada a vivir entre necios;
creía en la fuerza superior de la estupidez general; ella tenía razón contra
todos, pero estaba debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la
preocupaban más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de
aquella carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
solemnemente las viejas.
Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no
podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser
el matrimonio o el convento.
Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo
pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la
niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía
tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías
habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.
Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un
tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver4, una baraja o una botella de
aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares,
plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
solteronas. «¡Una Ozores literata!».
-«Por allí, por allí asomaba la oreja de
la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como
insinuaba doña Camila en su célebre carta».
(…)
Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de
Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en
ridículo y engañada por la vanidad.
A solas en su alcoba algunas noches en
que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en
seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con
el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que
tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la
«literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como
de los monstruos asquerosos y horribles.
Su marido era botánico, ornitólogo, floricultor, arboricultor,
cazador, crítico de comedias, cómico, jurisconsulto; todo menos un marido.
Quería más a Frígilis que a su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero ahora
completamente ido, intratable; un hombre que tenía la manía de la
aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que injertaba
perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y pretendía que el
caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había llegado en su orgía de
disparates a injertar gallos ingleses en gallos españoles: ¡Lo había visto ella!
Unos pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos
un muñón de carne cruda, sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y hacía tres años que ella vivía
entre aquel par de sonámbulos, sin más relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no
podía más; aquello era la gota de agua que hace desbordar... ¡caer en una
trampa que un marido coloca en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto
el colmo de lo ridículo!».
La exageración de aquel sentimiento de cólera
injustísima, pueril, la hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula!
¡Irritarse de aquel modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió
contra sí todo el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora,
sin luz en su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no había pretexto, no había pretexto para la
ingratitud...».
«Pero no importaba; ella se moría de
hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer
eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no había gozado una
sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de
comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena
de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba
ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su
luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un
sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo
estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho de
esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado; le pareció un
despropósito y una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las
delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al
mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le
sonaba como la frase del miércoles de ceniza, ¡quia
pulvis es! eres polvo, eres materia... pero al
mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en sus
mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia...
¡Lo que aquello era y lo que podía haber sido!... Y en aquel presidio de
castidad no le quedaba ni el consuelo de ser tenida por mártir y heroína...
Recordaba también las palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña
Águeda (q. e. p. d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella,
que jamás decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse
para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello continuaba,
aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez y luego
en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de hijos. Don Víctor no era
pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto de hacer el galán y
paulatinamente había pasado al papel de barba que le sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso
sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; le
remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus caricias; y
además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo aquello resultaba
una gran injusticia no sabía de quién, un dolor irremediable que ni siquiera
tenía el atractivo de los dolores poéticos; era un dolor vergonzoso, como las
enfermedades que ella había visto en Madrid anunciadas en faroles verdes y
encarnados. ¿Cómo había de confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y
otra cosa no era confesarlo».
«Y la juventud huía, como aquellas
nubecillas de plata rizada que pasaban con alas rápidas delante de la luna...
ahora estaban plateadas, pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de
luz argentina y caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin
esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas de aves
cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta el horizonte.
Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna era la que corría a
caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su
luz en aquel mar de tinieblas».
«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria
por el mundo a abismarse en la vejez, en la obscuridad
del alma, sin amor, sin esperanza de él... ¡oh, no,
no, eso no!».
Sentía en las entrañas gritos de
protesta, que le parecía que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por
la justicia, derechos de la carne, derechos de la hermosura.
Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía
más fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la postura, al
inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos cubiertos de vello
negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, parecían de un atleta.
El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil.
Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de color de
rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De
Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de
revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, cerca de
la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del aguerrido
centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no se entregaba a
discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que
corrían contra
Mientras estaba lavándose, desnudo de la
cintura arriba, don Fermín se acordaba de sus proezas en el juego de bolos,
allá en la aldea, cuando aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio
salvaje corriendo por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía
enfrente, en el espejo, le parecía un otro yo que se había perdido, que
había quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de
Babilonia, pero libre, feliz... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba muy lejos
de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En cuanto se abrochó el
alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de la mansedumbre cristiana,
fuerte, pero espiritual, humilde: seguía siendo esbelto, pero no formidable. Se
parecía un poco a su querida torre de la catedral, también robusta, también
proporcionada, esbelta y bizarra, mística; pero de piedra
(…)
La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella
era buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa
contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella, doña
Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición, el ansia de
dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula se figuraba la
diócesis como un lagar de sidra de los que había en su aldea; su hijo era la
fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto, oprimiendo, cayendo poco a
poco; ella era el tornillo que apretaba; por la espiga de acero de su voluntad
iba resbalando la voluntad, para ella de cera, de su hijo; la espiga entraba en
la tuerca, era lo natural. «Era mecánico» como decía don Fermín explicando
religión. «Pero a una mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven
todavía, podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso
conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba de su
virtud. «¡
« ¿Pero de qué demontres hablasteis dos
horas seguidas?».
Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya aborrecía de
muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y con faldas! que le ponía
el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una presa, y con trazas de
llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya. Tal vez la fina y corrosiva
labor del confesonario había podido más que su
sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual el arte
decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo pongo el cerco,
pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El dandy
vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que
había padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar,
que según su cuenta, en pocos meses de íntima amistad le había declamado
todo el teatro de Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto
y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para que el diablo haga a esa señora caer en
cama, tomarle miedo a la muerte, y de amable, sensible y condescendiente (que
era el primer paso), convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística
de verdad. ¿Y quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía?
Cuando él comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de
seguir de cerca la del ataque personal, cuando la próxima primavera
prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre». «La
señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía llegar al
gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la alcoba. Él había ido
a visitarla todos los días, pero como si no, no le dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin
obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la primera
convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también entrar en la
alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con Ana. Y lo más
triste había sido después; cuando la segunda arremetida del mal, que fue tan
peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. Ana le recibió en su gabinete.
¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante delgada, y pálida como una muerta.
«Hermosísima, eso sí, hermosísima... pero a lo romántico. Con mujeres de
aquellas carnes y de aquella sangre no luchaba él. Estaba entregada a Dios.
¡Claro! ¡Apenas comía! No podía levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro
calculaba, furioso de impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella naturaleza
en adquirir la fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales,
que eran la fe viva del señor Mesía y su esperanza.
Tardaría mucho. Mientras tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el
Magistral estaba haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de
visiones celestes... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas
palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran corteses,
afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le ocurría a él si se
las dictaría el Magistral». Una tarde comía
-Yo creo, con permiso de este señor
canónigo, que lo principal aquí es sentirse bien; y pronto, para que no se
apodere la anemia de ese organismo...
-Oh, amigo mío
-replicó el Magistral, sonriendo con mucha amabilidad- la anemia, usted sabe
mejor que yo que puede venir a pesar del alimento... Además, comer no es lo
mismo que alimentarse...
-Pues, con permiso del señor canónigo, yo
aconsejaría carne cruda, mucha carne a la inglesa...
(… )
Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo
apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas cuando
puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque nervioso más
violento, pero mezclado con un placer material tan intenso, que no lo recordaba
igual en su vida. El miedo, el terror era como el de aquella noche en que vio a
Mesía pasar por la calle de
Don Álvaro habló de amor disimuladamente,
con una melancolía bonachona, familiar, con una pasión dulce, suave,
insinuante... Recordó mil incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba
también. Ella no hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo
poético sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la
sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto.
Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo
su cuerpo de aquel placer del roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se
presentó en seguida: se oía a lo lejos la música del salón.
-¡A bailar, a bailar! -gritaron Paco,
Edelmira, Obdulia y Ronzal.
Para Trabuco era el paraíso aquel baile
que él llamó clandestino, allí, entre los mejores, lejos del vulgo de la clase
media...
Se entreabrió la puerta para oír mejor la
música, se separó la mesa hacia un rincón, y apretándose unas a otras las
parejas, sin poder moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile
improvisado.
-Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted...
No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el brazo a
Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en
el aire, como en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas
dulces, temblaba en sus brazos.
Ana callaba, no veía, no oía, no hacía
más que sentir un placer que parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible,
la espantaba; se dejaba llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se
le figuraba que dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la
vergüenza; estaba perdida, pensaba vagamente...
El presidente del Casino en tanto,
acariciando con el deseo aquel tesoro de belleza material que tenía en los
brazos, pensaba... «¡Es mía! ¡ese Magistral debe de ser un cobarde! Es mía...
Este es el primer abrazo de que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un
abrazo disimulado, hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita!
(… )
Oh, Mesía era más noble, luchaba sin
visera, mostrando el pecho, anunciando el golpe... No había abusado de su
amistad con don Víctor, no había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La
tristeza de Ana encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso.
«Ella no podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería... Le debía
eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba asco.
Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta años... ¡y a un
clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el rostro de Ana. ¡Pero ese
hombre esperaría que yo... en mi vida!...».
Como aquella tarde pasó muchos días
Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella avergonzada, avergonzada
también de que no fuera un remordimiento punzante el recuerdo del baile, sobre
todo el del contacto de don Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo
como un sueño; no se creía responsable, claramente responsable de lo que había
sucedido aquella noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con
vanidad, con ruido... con champaña... Pero ahora sería una miserable si
consentía a don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al
sofisma de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es
canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira, gritaba
la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero con el alma, a
pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo no puedo vencer la
influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no
amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura. Debo
huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es ilegítima también,
aunque no repugnante y sacrílega como la del otro... ¡Huiré de los dos!».
(… )
Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a
murmurar con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la
rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la constancia...
«Para siempre, Álvaro, para siempre,
júramelo; si no es para siempre, esto es un bochorno, es un crimen infame,
villano...».
Mesía había jurado, y seguía jurando todos los
días, una eternidad de amores.
La idea de la soledad después de
aquello, le parecía a
Con amor se podía vivir donde quiera,
como quiera, sin pensar más que en el amor mismo...; pero sin él... volverían
los fantasmas negros que ella a veces sentía rebullir allá en el fondo de su
cabeza, como si asomaran en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de
una noche eterna, vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella
pasión absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida,
sería para ella comenzar la locura.
«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería
loca de fijo; tengo miedo a mi cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en
ti. Contigo no pienso más que en quererte».
Esto solía decir ella en brazos de su
amante, gozando sin hipocresía, sin la timidez, que fue al principio real,
grande, molesta para Mesía, pero que al desaparecer
no dejó en su lugar fingimiento. Ana se entregaba al amor para sentir con toda
la vehemencia de su temperamento, y con una especie de furor que groseramente
llamaba Mesía, para sí, hambre atrasada.
Él estuvo el primer mes asustado. Si los
primeros días renegaba del miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (absurdos
en una mujer casada de treinta años, según la filosofía del Presidente del
Casino), pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a
inquietarle «otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería
satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos disgustos?
Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le adoraba por él, por
su persona, por su cuerpo, por el físico. Muchas veces, si a él le daba
por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la boca con la mano y le decía en
éxtasis de amor: «No hables». Mesía no echaba esto a
mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar, dejarse adorar por
buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne ahíta, gozar delicias
delicadas de los sentidos? Pues la misma ignorancia de Ana y la fuerza de su
pasión y las circunstancias de su vida anterior y las condiciones de su
temperamento y la de su hermosura facilitaban estos alambicados goces del
gallo, corrido y gastado, pero capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de
tanta felicidad, Mesía estaba intranquilo.
-Está usted desmejorado -le decía Somoza.
-Cuidado -repetía Visitación.
Y él mismo notaba que su rostro perdía la
lozana apariencia que había recobrado en aquellos meses de buena vida, de
ejercicio y abstinencia que él, prudentemente, había observado antes de dar el
ataque decisivo a la fortaleza de
«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había
algo que hacía crac de cuando en cuando. Había polilla por allá dentro.
Y lo que él temía no era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la
vejez; no; era buen soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el
campo de batalla. Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y
decaer en presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él
faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por excesos
de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes bochornosos, buenos para
referirlos entre carcajadas en el Casino, a última hora, a Paco, a Joaquín y
demás trasnochadores, para referirlos después de pasados, cuando el vigor
volvía y ya las trazas cómicas no eran necesarias; pero expedientes odiosos
como la miseria y sus engaños. Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en
el amor corporal, parecíale a don Álvaro semejante a
los recursos de la pobreza ostentosa que describe Quevedo en el Gran Tacaño.
Él también había sido más de una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del
amor... Pero las trazas antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de
necesitarlas... «No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía
derecho a una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones
de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante inquietud
dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de
aquellos amores que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se
confesaba todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la
tierra le parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de
amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que
había habido un tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a
Mejor que nunca lo conoció cuando hubo
que dar la gran batalla para trasladar al caserón de los Ozores
el nido del amor adúltero. Ana se opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no,
Álvaro, por Dios no, eso nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del
amante que se quejaba de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su
amor. Casi siempre se veían en casa de Vegallana; allí
eran sus cariños furtivos, precipitados; pero el reposado dominio de horas y
horas de voluptuosa intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba
lugar menos expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a
acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro
confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo tan
atrasado como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar, al cabo
tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la imaginación influía
tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la repugnancia del
adulterio... No había más remedio que tomar por asilo el caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más cómodo.
Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso vencerlos y los
venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden puramente moral, los escrúpulos
místicos, como se decía Álvaro con frase tan impropia como horriblemente
grosera, se dejaron a un lado, a fuerza de pasión, los inconvenientes
materiales, las precauciones del miedo opusieron dificultades de más
importancia. A don Álvaro se le ocurría que sin tener de su parte a una criada,
a la doncella mejor, era todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se
atrevió a proponer a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando
antipatía mal oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva
El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su
frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además
que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan
desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de lástima.
La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue
metiendo también por el cerebro con la humedad del cristal helado. «Sí, él era
como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro
ridícula... Su mujer,
El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra
beata... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros,
todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
quedaron solos
Ya era tarde. La catedral estaba sola.
Allí dentro ya empezaba la noche.
Ana esperaba sin aliento, resucita a
acudir, la seña que la llamase a la celosía...
Pero el confesionario callaba. La mano no
aparecía, ya no crujía la madera.
Jesús de talla, con los labios pálidos
entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto,
como si esperase una escena trágica inminente.
Ana, ante aquel silencio, sintió un
terror extraño...
Pasaban segundos, algunos minutos muy
largos, y la mano no llamaba...
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío,
y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un
rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del
Jesús del altar...
El Magistral extendió un brazo, dio un
paso de asesino hacia
El Magistral se detuvo, cruzó los brazos
sobre el vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale
todo el cuerpo, volvió a extender los brazos hacia Ana... dio otro paso
adelante... y después clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como
si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la
capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba
ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni
vacilar siquiera.
Ana, vencida por el terror, cayó de
bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de
los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido,
con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las
llaves del manojo sonaban chocando.
Llegó a la capilla del Magistral y cerró
con estrépito.
Después de cerrar tuvo aprensión de haber
oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la
capilla, escudriñando en la obscuridad. Debajo de la
lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces...
Y entonces redobló la atención y oyó un
rumor como un quejido débil, como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
Celedonio sintió un deseo miserable, una
perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o
por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas
de un delirio que le causaba náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el
vientre viscoso y frío de un sapo.