ANTROPOLOGÍA

ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

Programación

Campo de Estudio

Antropología Biológica

Antropología Sociocultural

Antropología Filosófica

Recursos Didácticos

 

1. La específica estructura del ser humano: indeterminación y libertad (posibilidad, diversidad y cambio). La dimensión temporal de la vida humana: tiempo, vida e historia.

2. La persona humana. Las imágenes del hombre desde diversos planteamientos.

3. Sobre la incomensurabilidad de las culturas: la historicidad de las concepciones del hombre y de la cultura, entre el etnocentrismo y el relativismo. Identidad y diferencia: el reconocimiento de la alteridad.

 

 

La pregunta acerca de quién es el hombre se ha planteado desde siempre en la historia de la humanidad. Y es que nosotros reflexionamos, nos marcamos metas, nos sabemos desarraigados si desconocemos la razón de nuestro origen.

 

 

La específica estructura del ser humano: indeterminación y libertad (posibilidad, diversidad y cambio).

 

Nuestra actitud y nuestra concepción del mundo son el resultado de la actitud y de la concepción que tenemos de nosotros mismos. Sólo a través de nosotros se piensa y se valora el mundo, tenemos la misión "cósmica", de crear un mañana, que es no sólo el nuestro o el de toda esa "segunda naturaleza" de la que nos hablaba Marx, sino que, de manera indirecta, los efectos de la actividad humana desencadenan fenómenos de consecuencias impredecibles más allá de los límites de la conciencia de lo que somos. Entonces, cabe preguntarnos si estamos preparados para asumir esa responsabilidad ante el universo, cómo podremos resolver las transcendentales interrogantes del pasado, el presente y el mañana si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos, si ni siquiera nos comprendemos entre los humanos.

Si existe una interrogante, realmente, ancestral para el hombre es esa: qué somos, cómo somos y por qué somos como somos. ¿Cuáles son las leyes bajo las que se impulsa el comportamiento humano como consecuencia de ser acreedores del atributo del espíritu, de la razón, de la conciencia? ¿Debemos esperar una determinada actitud individual o colectiva ante las eventualidades de la vida?

Estamos muy lejos de pretender una verdad, que no admitiera otros modos de ver al hombre, expondremos algunas ideas y trataremos de señalar sus limitaciones o, simplemente, sus implicaciones en la vida real de cada día y en la herencia histórica que hemos recibido, a sabiendas, de que nuestros criterios, no están exentos de sus propias limitaciones. Tal vez la valía no esté en las afirmaciones o verdades que nosotros defendemos, sino en las reflexiones que se puedan provocar, en las motivaciones que puedan despertarse, a partir de la lectura de este trabajo. Tenemos la convicción de que por abstracta, profunda, empírica o teórica que sea una actividad, en la que un hombre necesite emplear conocimientos y habilidades muy específicos, de todas formas, siempre van sus concepciones de lo humano acompañándole, incluso, cuando ni siquiera está conscientemente pensando en lo que él es y en lo que son los otros.

Cada actividad de la práctica humana expresa en su interior, cómo nos vemos los humanos, cómo nos pensamos y qué actitudes asumimos para con los demás y para con nosotros mismos. Por eso no ha de sorprendernos que las huellas dejadas por nuestros antepasados, aún cuando se trate de la forma de cultivar la tierra, de trabajar los metales, de construir las comunidades humanas - que van adquiriendo un nivel de complejidad cada vez más mayor- que todas ella, nos ayuden a comprender cómo vivían, qué tipo de relaciones se establecían entre los hombres.

Si observamos el mundo nuestro, donde las tecnologías ocupan un lugar cada vez más privilegiado, mediando de manera ascendente y, en ocasiones, comprometedora las relaciones humanas, no queda otra alternativa, que no sea la de descubrir la dimensión de lo humano que allí se oculta. Sería un absurdo formar un profesional abarrotado de conocimientos de las disciplinas técnicas fundamentales, en las diferentes especialidades, que no estén, al mismo tiempo persuadidos de indagar, concientemente, acerca de la concepción de la vida y del hombre que éstas implican, por puras e independientes que puedan parecer.

Queremos dejar clara esta idea: La ciencia, el conocimiento, los logros científico-tecnológicos sólo son el resultado y el reflejo de la humanidad alcanzada, son una producción que tiene lugar sobre la base de las demandas sociales, en primera instancia, de carácter material de condiciones históricas concretas. La finalidad última de estos artificios es su utilización en la actividad práctica transformadora, no sólo de la realidad circundante, sino del propio hombre para crear los bienes materiales y espirituales necesarios de la vida; por lo tanto, no es posible producir hombres de ciencia, que a su vez no sean portadores de un sentido de la vida, de una concepción del mundo y de lo humano. Esos conocimientos y esas tecnologías, al fin y al cabo, serán utilizados dentro de un contexto humano, y aunque en ocasiones aparezcan como relaciones entre objetos o cosas, en realidad no pueden sino ser el reflejo de las relaciones humanas que se establecen en el proceso de creación de los mismos.

Ya no se trata sólo de la capacidad adquirida, para una actividad específica que pueda tener un profesional, desde el punto de vista de la disciplina o ciencia, sobre la que se haya especializado; se trata de que éste especialista es un hombre, un ser humano, que establece relaciones humanas en dicha actividad y que, incluso, fuera de los marcos de su actividad como profesional, tiene que, inobjetablemente, proyectarse como un ser humano, con el vecindario, el grupo de amigos, con su familia y con la sociedad en general.

¿En qué momento se va a detener a reflexionar, sobre qué lo hace, realmente, un ser humano, o sobre lo que implica, propiamente, ser un ser humano? ¿Y las distintas concepciones, que han quedado para que las estudiemos un poco, al menos, para así no repetir los mismos errores o, simplemente, no dejarnos engañar, estar preparados para hacerle frente al proceso universal de mediatización de las relaciones humanas? ¿Y las concepciones del hombre que lo convierten en parte del mundo de los objetos y las cosas, en vez de distinguirlo y elevarlo?

Pensemos si el manejo de los animales, la atención cultural a los cultivos, la roturación de los terrenos, la fertilización química, la cuantificación efectiva de nuestros gastos materiales y humanos, el control de las enfermedades y plagas, la creación de nuevas especies de animales y plantas, la selección de los mejores para reproducirlos en masa, el cuidado de la biodiversidad, etc., no implican, también, una manera de vernos a nosotros mismos, de tratarnos a nosotros mismos; si todo eso no es, sino el resumen de la cultura humana de un tiempo históricamente determinado, que implica, también, la concepción de lo humano, que nos hace actuar en correspondencia con esa mentalidad, con esa forma de ver el mundo, que no es más que la concepción y la actitud que se deriva de lo que somos; por lo tanto, tiene una importancia vital este tipo de reflexión, soslayarla sólo puede explicarse como una imprevisión irresponsable, como consecuencia de lo cual obtendremos un profesional que improvisa y da constantes tropiezos en la actividad fundamental que realiza, porque habría sido preparado, sólo, para las respuestas y las preguntas que están en los libros o en las conferencias recibidas, sería "endeudarlo" y ridiculizarlo en vez de "prepararlo para la vida" como nos decía Martí.

Es imprescindible que descubramos la relación directa que existe entre los pensamientos del hombre sobre el hombre y la sociedad, detrás de cada palabra que se pronuncia, de cada nueva tecnología, de cada manifestación de la cultura en general, de cada práctica que se supone humana y que se pretende universal.

Un proyecto social como el nuestro que se apoya, sobre todo en el hombre, que en vez de esperar de él el cumplimiento de su misión en la sociedad como si fuera un robot, necesita, sobre todo, que protagonice la producción social de manera creativa, con criterios propios; si esperamos una conducta libre y consciente, no podría soslayarse el adentrarnos un poco, en cómo nos hemos visto en la historia del mundo. Tenemos que desmitificar figuras célebres que, sin embargo, tenían una concepción aberrante del hombre, y muchas de esas posturas y concepciones tienen una repercusión directa, todavía hoy, en nuestras vidas.

 

 

La dimensión temporal de la vida humana: tiempo, vida e historia.

 

La vieja inscripción en el frontispicio del templo de Delfos, "conócete a ti mismo", significa: "Pregúntate a ti mismo, rebasa tu individualidad empírica, tus opiniones y tus pasiones, y desciende al fondo de tu espíritu, hasta encontrar la Verdad universal que habita en ti".

El conocerse a uno mismo y conocer a los otros que son como uno mismo ha sido el contenido principal de la sabiduría humana. Además, el conocerse a sí mismo es además requisito de madurez personal; pues no se pasa de la infancia a la adultez sin preguntarse ¿qué es un hombre y qué o quién soy yo?. La respuesta a tal pregunta la debe buscar cada generación humana, cada filosofía y cada hombre.

La visión del hombre, que entre los griegos fue de carácter esencialista y estática, tuvo un concepto cíclico de la historia. Mientras que la visión cristiana es progresiva y marca un cambio profundo respecto a la filosofía griega, pues se trata de una historia soteriológica interpretada desde Cristo como eje y centro de la historia que es la base unitaria tanto en san Pablo, san Agustín y Teilhard de Chardin.

Pero algunas veces se ha querido ver visto sólo tendencias en el hombre; pues ciertos algunos sicólogos distinguen en el hombre las tendencias motrices, referidas a la acción, las tendencias afectivas (simpatía, amor) y las tendencias intelectuales (la atención nos "lleva" hacia un objeto, hacia una investigación). Pierre Janet (1859-1947) - el mismo que se dedicó al estudio de la "neurosis", término introducido en 1776 por Guillermo Cullen (1710-1790) - elaboró un cuadro de las tendencias de acuerdo a su grado de complejidad:

1) En el animal o en el niño hasta los seis meses: Tendencias inferiores, referidas:

1ª. A los actos reflejos (reacción elemental, reflejo: manifestación elemental de la vida).
2ª. A los actos suspensivos y perceptivos (suspensión de la actividad automática: nivel de la actividad en las "serpientes").

3ª. A los actos sociales (grupos de "castores").

2) En el hombre:

a) Tendencias intermedias:

4ª. A los actos intelectuales básicos (fabricación de las herramientas: uso de la piedra).
5ª. A los actos verbales y asertivos (la palabra como acción separada de la acción).
6ª. A los actos reflexivos (la palabra como expresión de la personalidad).

b) Tendencias superiores:

7ª.  A los actos racionales (constitución del saber).

8ª.  A los actos experimentales (observación científica, clasificación metódica).

9ª.  A los actos progresivos (creaciones artísticas, científicas, filosóficas).

Tales tendencias tienen un cierto valor, pero sólo dentro del campo de una explicación al interior de la ciencia sicológica y dentro del campo de una explicación, dado por lo que no puede generalizarse a todo el saber, menos a la filosofía.

 

Para las corrientes materialistoides, el hombre es una realidad material producto de un proceso evolutivo de la naturaleza; afirman que el hombre no es sino materia, materia complejamente organizada en vida y en un nivel vital complejísimo. El materialismo es monista: afirma la existencia de una sola realidad: la materia.

La tentativa más simple y consecuente con este modelo es la de Julien Offray de la Metrie (1709-1751) en su libro "El Hombre Máquina" (1748), que pretende describir al ser humano en términos mecánicos de extensión y movimiento.

Otras concepciones buscan las particularidades del hombre en su misma constitución física, biológica y neurológica, dándose nociones casi pintorescas del hombre, como la de Desmond Morris quien define al hombre como "mono desnudo", o sea, sin pelaje en la mayor parte de su cuerpo. Pero la característica más destacada a ese nivel, como específicamente humana, es la del mayor desarrollo y complejidad de su cerebro, que comparado con los grandes monos aproximadamente es tres veces más pesado (entre 1,200 y 1,800 gramos); y la superficie que ocupan las circunvoluciones cerebrales en el hombre (2,200 centímetros cuadrados) es cuatro veces superior que en tales monos.

Según Blas Pascal (1623-1662) "el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante"; y recuerda que su padre decía: "Todo lo que es objeto de fe, no puede serlo de la razón".

Tal razonamiento nos permite entender que no hay argumento capaz de refutar la clásica definición dada por Aristóteles: el hombre es un animal dotado de logos, es decir, es un animal racional; pues el estudio del alma humana como ente espiritual es tema de la metafísica, pero se incluye en la filosofía natural en cuanto que el alma forma parte del cuerpo. Ciertamente la razón distingue al hombre del resto de los animales. Al margen de cuanto pretendieron insulsamente los racionalistas supervalorando la razón y olvidando los sentidos, el pensamiento del hombre es predominantemente lingüístico y está marcado tanto por el fenómeno del lenguaje cuanto por el idioma particular del grupo social al que pertenece.

Los latinos tomaron la definición de hombre dada por los griegos de logos (zwon logon e Jon : palabra, razón, espíritu) y la tradujeron como "animal rationale": animal dotado de razón. Tanto la definición griega como la latina mencionan los dos polos en torno a los cuales gira el problema del hombre:

Un polo constituye la animalidad. El hombre pertenece a la naturaleza animal. Es un cuerpo, un ser vivo y sensible con todas las propiedades que le corresponden por ser una especie animal. De acuerdo con su animalidad es una criatura "que tiene que devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho después de haber sido provisto (no se sabe cómo) por un corto tiempo, de fuerza vital" (Kant en Crítica de la Razón Pura).

El otro polo lo constituye la trascendentalidad. Aquí nos tropezamos con la subjetividad, con el cogito de Descartes, con el yo que condiciona trascendentalmente todo lo objetivo, todo lo empírico, que está en una diferencia trascendental frente a todo y que, a su vez, no es nada objetivo ni empírico, "ni una parte del mundo" (Wittgenstein).

M. Keilbacker afirma que "el hombre en su totalidad, debe ser considerado como un ser dotado de vida biológica, síquica y espiritual, es decir, una triplicidad de aspectos observados jerárquicamente. Sólo de esta forma la sicología y la pedagogía pueden realizar la propia naturaleza y la propia intervención específica. Por lo demás, dicha tripartición no es nueva; ésta aparece ya claramente en Aristóteles y en su subdivisión del alma vegetativa, sensitiva y racional".

La reflexión ontológica conduce al hombre como ser sensible, que el evolucionismo destaca como parte de la naturaleza. La reflexión trascendental conduce al hombre como sujeto, que no es parte de esa naturaleza. Ambos métodos son irrecusables. Muestran al hombre como "ciudadanos de dos mundos" (Kant). La diferencia y contraposición de ambos mundos constituyen el problema del hombre. Según Sören Kierkegaard (1813-1855) el hombre es la síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad; el hombre es una "existencia en paradoja". Por una parte el espíritu es nuestro verdadero ser nosotros mismos, nuestra verdadera mismidad (Aristóteles), y por otra, contemplamos la luz del mundo "entre heces y orina" (inter faeces et urinam, san Agustín). Pese a todo, el hombre es una persona corpórea en la unidad de ambas realidades.

Pues, el hombre es un ser consciente: sólo él sabe que sabe, por eso Friedrich Nietzsche (1844-1900) habló del hombre como único animal capaz de hacer promesas. El hombre es el único animal que ríe y que sonríe, evidenciando ahí las posibilidades de inteligencia comunicativa y recíproca entre los hombres. Pero muchas veces, y debido a la introducción de técnicas electrónicas de las cuales casi nadie tiene la menor idea de cómo todo eso funciona, pareciera que el hombre de nuestro tiempo ejecuta constantemente operaciones sin inteligibilidad; es decir, se vive con una extrañísima renuncia a entender, confiando en el éxito, en la eficacia, sin preocuparse de más.

Entonces no es raro que olvidemos que por gozar de razón y conciencia el hombre es persona, es decir, la "sustancia individual de naturaleza racional" según definición de Anicio Manlio Boecio (480-524). A parte de esta noción, el pensamiento filosófico ha acudido a otros conceptos para tratar de comprender al hombre. En teoría del conocimiento, los conceptos de "sujeto" y de "yo" han servido para representar al hombre en cuanto conocedor de la realidad. El sujeto-hombre cognoscente se contrapone al objeto-mundo conocido. La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios, sus atributos (infinitud, omnipotencia, etc.), y que es el fin último del hombre; y este conocimiento, que puede ser logrado por cualquiera, es examinado rigurosamente por la metafísica. El "yo" se contrapone a todo lo que no es él.

Sobre este basamento racional-consciente se sustenta la libertad del hombre, entendida como exención de trabas. Y según la índole de las trabas se distingue varias clases de libertad:

Física o de acción, corresponde a los seres vivos que apetecen (hombres, animales e incluso vegetales).

Moral que, en sentido lato, consiste en la facultad de poder resolverse a algo sin que le impidan causas exteriores síquicamente influyentes, por ejemplo, una amenaza.

Moral en sentido restringido, es la facultad de poder resolverse a algo (por ejemplo a pasear) sin que exista obligación contraria.

Sicológica (que no excluye la atadura física ni la obligación moral e incluso es un supuesto de ésta última) consiste en la facultad de poder resolverse a algo sin ataduras síquicas antecedentes al acto de la decisión que necesiten unívocamente la volición en un sentido determinado; en otros términos, es la facultad de "querer como se quiera".

El hecho del libre albedrío se infiere ante todo de sus relaciones con la personalidad ética. Por tanto, sin libertad y sin la posibilidad de querer de tal o cual manera, el hombre no puede razonablemente ser más responsable de las orientaciones de su voluntad ni más digno de premio o castigo de lo que lo es un enfermo de su enfermedad. Por consiguiente, sin libertad no cabría tampoco separar con razón la bondad moral o la maldad del querer del puro valor de utilidad. Con mucha razón afirma Jean Paul Sartre (1905-1980): "Cuando yo elijo, elijo por todo el mundo, soy responsable de algún modo del pasado y del futuro del mundo"

En último término, la libertad de la voluntad ancla en último término en la esencia del ser espiritual. El alma espiritual es forma sustancial del hombre, sustancia única en la cual lo espiritual y lo potencial forman un único ser (aunque, por ser espiritual, el alma humana sigue subsistiendo después de la muerte, y ha de ser creada directamente por Dios). Por tanto, el estudio del hombre requiere la consideración de todo lo propio de los entes corpóreos y de los vivientes inferiores; pues sólo el ser espiritual ha de llegar de manera esencialmente necesaria al conocimiento del valor meramente relativo de los fines limitados apetecidos.

Para el cristianismo, Dios hizo surgir al hombre a imagen suya y lo llamó a una salvación definitiva que afecta todo el cuerpo humano. La vida toda constituye un don divino. El hombre es un ser libre capaz de virtud y de pecado, pero también posible objeto del perdón de Dios. La plenitud del hombre consiste, por un lado, en la fe religiosa y, por otro, en la fraternidad con los demás. En la perspectiva cristiana, todas las cosas y situaciones tienen un sentido revelador y a la postre salvador, incluso el sufrimiento y la muerte. Dios no ha hecho surgir al hombre para que muera del todo, sino para que viva, pese a la muerte.

El objeto principal de la historia de la filosofía (como ciencia) son los hechos de la mente pensante, los pensamientos filosóficos, su contenido y resultado, no los acontecimientos exteriores.

Ciertamente que no son objeto los misterios ni los mitos. Pero los hechos de la mente pensante se exteriorizan en una multitud de sujetos infinitos; para decirlo claramente, son pensamientos humanos con todos los condicionamientos y contingencias del curso histórico propios del hombre.

El tratamiento histórico-cultural de la misma dedicará la máxima atención posible a considerar los productos del pensamiento filosófico en todos sus entrelazamientos con las demás esferas de la cultura. Sin embargo, como manifestaciones de una persona humana, las ideas filosóficas poseen también un centro sintético de unidad mediante el cual salen de la corriente de los restantes acontecimientos y del que reciben un matiz enteramente personal e irreiterable.

La filosofía y su historia están en relación de intercambio. La filosofía como creación del espíritu humano, sólo "deviene" en forma de historia. Por eso no puede "prescindir" de su historia si quiere ser creadora, conocerse a sí misma y conocer sus fines.

Cuando nos preguntamos: ¿Tiene sentido la historia? la pregunta comprende dos aspectos:

a) Desde la historicidad del humano "estar en el mundo", la historia tiene, en cualquier caso, el sentido de ser la génesis del presente "estar en el mundo". El hombre supone siempre, en su actividad, un sentido. Para que pueda entender su situación como posibilidad de sentido, ha de entenderla desde la historia de la misma. Nosotros sólo podemos vivir y actuar en nuestro presente de modo que podamos captar y dar su sentido.

Por consiguiente, para poder actuar debemos entender la historia hasta el presente como cargada de sentido. Ese sentido subjetivo de historia se presupone siempre que el hombre actúa. Y es un sentido relativo a nuestro punto de vista. Se determina desde nuestra praxis. Visto así, el sentido de la historia es el que nosotros le damos al actuar.

b) En un segundo aspecto se trata del problema de si el conjunto del acontecer histórico es en sí y por sí coherente o razonable. Aquí se dan dos tendencias:

1) La historia se concibe en analogía con la naturaleza, bien sea como el curso de las estrellas, bien como el proceso vital del viviente. Por este camino se llega a una concepción cíclica de la historia, que en el caso extremo desemboca en un eterno retorno de lo mismo (Nietzsche).

Tales concepciones estuvieron muy difundidas en la antigüedad. Una transformación moderna de esta doctrina es la teoría de los ciclos culturales de Oswaldo Spengler (1880-1936). Según él todas las culturas, en analogía con los seres vivos, tienen un origen, una madurez y una decadencia.

En definitiva, tales teorías pueden incorporar el campo de la libertad (Hegel) a esos procesos síquicos, fatalistas y uniformes. Si la subjetividad humana afirma una autodeterminación desde la libertad, la historia humana no se puede concebir como un proceso de esta índole. Más bien habrá que conectar esencialmente el curso de la historia con la autodeterminación libre e indispensable de los hombres que actúan en la historia.

2) La historia se entiende como un proceso de progreso, de evolución creciente y de emancipación del hombre.

Al principio, ese proceso se entendió teológicamente: Dios opera el proceso; es él quien da el significado de historia de la salvación a la historia universal. Es él quien educa a la humanidad en la historia. Todo el acontecer tiene sentido en el marco de la providencia divina. Fue bajo la influencia de la imagen científico-natural del mundo, cuando se llevó a cabo una secularización del pensamiento histórico, una mundanización, que intenta explicar el sentido general del proceso histórico "con razones naturales" (por ejemplo, el proceso de las ciencias, el cambio de la situación socioeconómica, etc.)

 

 

La persona humana. Las imágenes del hombre desde diversos planteamientos.

 

En este capítulo intentamos una breve reflexión en torno a algunos pensadores que han tenido una gran influencia en el pensamiento acerca del ser humano. Es tan sólo un acercamiento, reconociendo que hay muchas otras figuras, filósofos, antropólogos, naturalistas, psicólogos y otros que de alguna manera nos hicieron sus propuestas para saber quiénes somos realmente.

La reflexión nos convoca más que al estudio de alguna concepción antropológica; lo que, realmente, tiene un significado relevante es que esas concepciones implican por sí mismas la toma de decisiones, la elección y, en definitiva, asumir determinado comportamiento en la vida, de manera que por muy lejos que pensemos estar de algunos de estos planteamientos, en realidad, estamos involucrados y permeados, aunque no nos demos cuenta de esas ideas como parte de la cultura humana y de sus prácticas mejores y peores.

LA ANTIGÜEDAD Y LA VISIÓN DE LO HUMANO: PLATÓN Y ARISTÓTELES.

De la antigüedad griega nos llega uno de los ejemplos clásicos, un patrón de referencia al que continuamente tenemos que volver: PLATÓN(428-347) ane. El gran pensador, no puede ser otra cosa, sino la continuidad de pensadores anteriores y muy en especial de su maestro Sócrates. Se cuenta que compartía aquella idea: "Conócete a ti mismo", porque eso quería decir que se había "examinado en qué condiciones se halla con respecto al oficio al que está destinado el hombre, y que ha conocido sus propias fuerzas" y que en eso consiste la sabiduría, porque permite reconocer que el conocimiento parte de nosotros mismos. La "reminiscencia"( Nota 1) es mucho más que recordar. Si pensamos en su idealismo donde el hombre recibe un alma en su cuerpo que lo trasciende en el tiempo y que es anterior, no veremos mucho más que eso; sin embargo, podríamos pensar no sólo en el acto de recordar, sino en el acto subversivo, para su tiempo y para el "control de las mentes" que se propone en este mundo globalizado, que implica "parir ideas" desde adentro, en correspondencia con la mayéutica socrática. Este mensaje, aunque nace enfermo por su idealismo, trasmite no sólo una manera de pensar, sino de actuar, que podría interpretarse como el asumir un modo de actuar consciente, y es el rasgo distintivo que nos planteará luego Marx al definir al hombre, precisamente, por su "actividad vital consciente".

La vieja controversia entre el alma y el cuerpo, entre el espíritu y la materia, permanece antiquísima pero inobjetable, como diciéndonos que nuestra esencia permanece una y la misma, a pesar de que presumidos, a veces miremos hacia nuestros antepasados con cierta nostalgia. Pudiéramos decir que el hombre es un ser con alma, con espíritus, que se reconoce, que razona, es un ser racional; pero también, podemos decir que el hombre tiene cuerpo, que es substancia del deseo, del hambre, la sed, el cansancio, los cuales pueden tener en su origen, una causa material o espiritual, o ambas inclusive.

Platón, nos plantea que la ciudad tiene su origen en el hecho de que "ninguno de nosotros se basta a sí mismo" y esas necesidades generan "la sociedad Estado". Él relaciona por orden de prioridad las necesidades humanas de "provisión de alimentos," " la habitacional" y la de " vestidos y cosas similares". (1) ¿Acaso estas necesidades son puramente sociales ó naturales, ó simplemente, tenemos que admitir que la esencia de la condición de humano se constituye de la unidad naturaleza- sociedad, que el vivir en sociedad es lo que nos permite llegar a ser realmente humanos, al menos, como una primera y definitiva condición?

Afirma Platón que "se hacen más cosas mejor y con más facilidad cuando cada persona realiza un solo trabajo de acuerdo con sus actitudes en el trabajo debido y sin ocuparse de nada más". (2) El hecho de que los hombres se necesiten unos a otros para sobrevivir y buscarse los medios que garanticen su existencia infiere además, que para ser lo que se considera humano no basta con venir al mundo, sino ocupar el lugar que se le ha " preservado" en la "Ciudad-Estado", sin intentar otra cosa que no sea cumplir con su designio, que es la voluntad de los dioses a los cuales nadie puede impugnar. Para ser más exacto, es la información que ya está concebida en el alma, que proviene del mundo ideal, el cual existe con anterioridad, fuera e independientemente de la conciencia humana. Dicha alma sólo tiene que reencarnar en el cuerpo que nace y una vez que este cuerpo queda sin vida vuelve a ese mundo ideal sin morir, porque sólo los cuerpos mueren, nuestras almas son inmortales.

Según Platón, no todos los hombres son iguales, pues ya está determinado lo que serán, como personas, al nacer con cualidades diferentes unos de otros a partir del predominio de lo innato en el curso posterior de sus vidas, y el designio de cada cual no depende de las circunstancias de la vida y la voluntad humanas; es algo ante lo que no tendrá sentido esfuerzo alguno. Unos podrán dedicarse a la sabiduría, las artes, el gobierno, etc. y "otros cuya cooperación a la sociedad no es precisamente debida a su inteligencia, pero que poseen la suficiente fuerza física para realizar los trabajos más penosos son los que venden el fruto de sus fuerzas y como llaman salario al precio que se les paga... " (3) Por todo esto en la sociedad ideal que él se plantea en "La República", aún cuando no se propone "que una clase sea especialmente feliz sin que lo sea el estado todo... y que la felicidad sea común para todos los ciudadanos", (4) tampoco se está refiriendo a todos los miembros de la sociedad, pues podría "descomponerse" el conjunto que constituye la misma, así que cada hombre deberá hacer, sólo aquello para lo que está mejor dotado, pero las tareas o funciones que deberán desempeñar ya están preestablecidas y ni siquiera él, que vivió tan de cerca la condición de esclavo, pudo hablar en un sentido universal de la naturaleza humana. El sentido de lo humano todavía no ha adquirido su esencialidad debido a las limitaciones del horizonte platónico del mundo, y en específico del hombre, independientemente, de sus aportes en otros asuntos sobre los cuales reflexionó.

Dice Platón que sería bueno relacionar a los buenos con los buenos y los malos con los malos y habría que "criar a la prole de los primeros pero no la de los segundos... algo que harían los gobernantes sin que nadie lo supiera". (5) Se apartarían los lisiados e inferiores, las madres no conocerían a sus hijos y serían alimentados en "el medio común", bajo el pretexto siguiente: "...los pobres no tendrán que adular a los ricos no sentirán la pesadumbre... de criar a sus hijos, ni el ansia de lograr grandes riquezas"  o sea, nada distinto no sólo de lo que protagonizó el fascismo, cuando aislaba a los hijos de sus padres, pero tampoco distinto de lo que se hace con los miles de niños que no podrán ver el primer año de vida, o los que padecerán males evitables, por no vivir en países desarrollados. ¿Cuáles son, esos patrones y criterios, bajo los que se puede considerar a un ser humano de bueno o malo?. ¿Es, acaso, tan distinto de lo que vivió Platón, el mundo de hoy? ¿Con qué derecho se puede comprometer el futuro de los descendientes a causa de la condición humana de sus progenitores?

El asunto es que él actuaba como defensor de un sistema de vida social, que está directamente vinculado al concepto que se tiene sobre lo humano. Este es el punto de partida para una proyección más abarcadora, por eso es que no se puede violentar el sistema, no se puede cambiar, y él está ahí, como un ideólogo fiel: "No ignoramos que podremos vestir a los labriegos con mantas de púrpura adornados en oro y encargarles que no trabajen la tierra sino cuando les complaciera... a los alfareros... Si así fuera el labriego dejaría de ser labriego, el alfarero alfarero y cada cual saldría de su condición descomponiendo el conjunto que constituye la sociedad." (7) Sus planteamientos están marcados por la defensa de un régimen esclavista del cual sufrió también sus crueldades. Esta es una idea que discrimina a las capas sociales menos favorecidas, históricamente mayoritarias, y supone una quietud en el movimiento social que es contradictoria con la máxima de "Conocerse a sí mismo". Hemos querido, incluso, que pensemos en todo lo que significa que digamos, por ejemplo, que vivimos, alguna vez, un amor platónico con alguien que sublimamos hasta la saciedad, como si fuera la perfección de ese sentimiento, pero que se quedó dentro del mundo de las ideas, como una utopía; creo que si le añadimos el resto de las ideas platónicas expuestas, lo hermoso que pudo parecer para otros considerar algo de platónico, debe ser el resultado de no haber comprendido la esencia clasista y humanamente limitada de la concepción platónica del hombre y de la sociedad.

Las limitaciones que podamos encontrar en la Filosofía de Platón en lo concerniente a su visión del hombre, no disminuye en nada la grandeza que tuvo como pensador que intentó una explicación coherente y racional de lo que es el hombre y su lugar en el universo, que propuso una manera de organizar la vida social y del individuo atendiendo a lo que él consideraba determinante.

El gran ARISTÓTELES(384-322), afirma que somos seres naturales, pero no todos los que pertenecen a la misma especie alcanzan la condición de humanos, pues en el caso de los esclavos, éstos no se diferencian de los animales con los que trabajan a no ser por el hecho de que pueden hablar, por lo tanto, son considerados "animales parlantes de trabajo". El otro punto de vista que nos parece totalmente diferente, es que para Aristóteles el hombre es un "animal político", un ser que vive en comunidad: "De todo esto resulta, pues que la ciudad es de las cosas naturales y que el hombre es un animal social, y que separado de la sociedad o es mal hombre o más que hombre. La razón por la cual el hombre es más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente, la naturaleza no hace nada sin un fin determinado, y el hombre es el único animal que tiene palabra. La voz es signo de dolor y de placer, y por eso la tienen también los animales, pero la palabra es para expresar lo conveniente y lo dañoso, pero es exclusivo del hombre, frente a los demás animales, el tener él solo, el sentido del bien y el mal, de lo justo y lo injusto, etc, y la participación común en estas cosas es lo que constituye la ciudad. La ciudad es anterior al individuo, porque si el individuo separado no se basta a sí mismo, respecto a la ciudad será semejante a toda parte con relación al todo. Pero el que no puede vivir en sociedad o no necesita de nada para su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios" (8). La Pólis se representa como algo que identifica a los seres humanos, porque es allí donde pueden realizarse como tales; pero ya vimos que esa realización sólo es privativa de una parte de los miembros de la sociedad, y no se refiere a las grandes mayorías productoras de las riquezas que hacen posible el desarrollo de las artes y del bienestar general del cual disfrutaban los privilegiados.

La afirmación aristotélica de que somos seres políticos, en el sentido de que vivimos en comunidad, es descriptiva no implica el reconocimiento del papel determinante de las relaciones que en ella se establecen para la formación y desarrollo del hombre que nace, esto está fuera de su alcance; además, de que no puede un ser natural, cuestionarse la vida que le ha tocado vivir, eso, simplemente, no constituye un objeto de reflexión ni siquiera para los que tienen el privilegio de ser considerados humanos. El propio sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y la relación que debe existir entre el todo y las partes, o sea entre los miembros de la comunidad y la comunidad no va más allá de lo que puede dentro del pensamiento de la filosofía esclavista.

La realidad de esta visión de lo humano se ve claramente en la defensa que hace de la propiedad: "La propiedad debe ser en cierto modo común, pero en general privada, así los intereses al estar divididos, no darán lugar a reclamaciones de unos contra otros y producirán más beneficios si cada uno se dedica a lo suyo propio, pero la virtud hará que para su utilización, los bienes de los amigos sean comunes. Está claro, por tanto, que es mejor que la propiedad sea privada, pero que su utilización sea común" (9) La posición de Aristóteles respecto a la propiedad privada y a la propiedad común, es la siguiente: " es justo hablar no sólo de los grandes males de que se liberaran los hombres en un régimen comunista, sino también de las ventajas de que serán privados. Esa vida es a todas luces completamente imposible" (10) Como se puede ver, el hecho de que sean asimilados estos antiguos filósofos tiene más que una justificación desde el punto de vista ideológico, aún tan alejados, aparentemente, en el tiempo. En este caso la crítica tiene que servirnos para poder interpretar esa "referencia", toda una autoridad del pensamiento universal; sin embargo, al profundizar en todo el significado que ha tenido para los pueblos dista mucho, de lo que a primera vista, pudiera parecer un intento ingenuo, desinteresado y puro de explicarse al hombre y la vida en comunidad.

Podemos pensar en cuánto hemos evolucionado, si el sentimiento de apropiación privada es algo antiquísimo y aparentemente imposible de superar por el hombre. Somos según Aristóteles, seres naturales, pero contradictoriamente, esa naturalidad sólo se realiza a través de la propiedad. El sentido de apropiación ha sufrido una metamorfosis, superando el sentido de pertenencia a un lugar y a una comunidad de semejantes. Se ha producido una inversión en la que éste ser natural violenta a la naturaleza, la intenta dominar, como ya domina una parte de la comunidad, convertidos por la fuerza en seres diferentes, desposeídos, incultos, sin derechos, sin virtud, como partes del todo de la comunidad en la que, sin embargo, son necesarios, como garantía de la unidad de ese todo en la que les está reservado el triste lugar de ser ignorados, simplemente, no son humanos.

Aunque hubo otros pensadores sin lugar a dudas, tanto Platón como Aristóteles han resultado como un resumen del tiempo que les tocó vivir, integraron el conocimiento de su época y la cultura en general que nos ha llegado.

LO HUMANO EN LAS TINIEBLAS Y UNA LUZ REDENTORA . FILOSOFÍA, RENACIMIENTO Y ERA MODERNA EN TORNO A LAS CONCEPCIONES DEL HOMBRE.

Si tenemos en cuenta la decadencia del imperio romano y el paso el régimen de servidumbre es porque junto a este proceso social, indiscutiblemente, van cambiando también las concepciones que se tienen acerca del ser humano. En ese proceso ocupa un lugar de privilegio el papel desempeñado por la religión que se ha convertido ya para el siglo IV de nuestra era en la religión oficial del imperio, o sea, el cristianismo.

La Edad Media fue continuadora de muchas ideas nacidas en la antigüedad, pero en lo que respecta a la visión de lo humano la "cuna de la civilización" se vio frenada por un pensamiento que se sumergió en una larga letanía producto de una visión teísta del hombre, como consecuencia de la cual también las sociedades tendrían que ser gobernadas según esa concepción. La máxima aspiración sería construir en la medida de lo posible la ciudad de Dios donde los hombres deberían vivir y regularse a tenor de la voluntad plasmada en las Sagradas Escrituras. Se podría decir, que fue una etapa de preparación para el despegue necesario en la búsqueda de concepciones que dieran respuestas más terrenales del hombre y del mundo. Pero qué pasó durante esos alrededor de mil años de predominio de las concepciones religiosas del hombre y de las sociedades, pues que el Clero tuvo el dominio de manera absoluta. Si el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, entonces, las sociedades tendrían que organizarse y regularse de acuerdo a esas verdades que venían de la palabra de Dios, verdades expresadas, interpretadas y practicadas, a partir de la fuerza económica, militar y política que tenía en sus manos el clero y que supo imponer durante tanto tiempo. Se dice que esta fue una etapa en la que la producción espiritual le tributaba constantemente a las cuestiones propiamente religiosas, pero en definitiva, se expresaban en el trasfondo de esas disquisiciones las concepciones del hombre.

No se dedicaba el pensamiento medieval a las cuestiones del hombre, no era su preocupación fundamental, sino a la idea de Dios y la voluntad de Dios. No está en el centro del filosofar el hombre, sino Dios y sus verdades. El empuje de los naturalistas y las propias demandas económico-sociales hacen posible conformar en los siglos posteriores una disciplina que se encargaría de continuar los estudios de Dios, a través de la palabra de Dios expresadas en las sagradas escrituras (Teosofía) y los estudios de la naturaleza y del hombre que se hace por medio de la Filosofía pero que en estos momentos está siendo anulada, reprimida.

Por lo tanto, lo relacionado con la esencialidad de lo humano no es objeto de reflexión, aquí de lo que se trata, es de la salvación humana, cómo lograr alcanzar la vida de ultratumba, la que nos espera después de la muerte, la que Dios nos ha reservado y a la que aspiramos, si es que creemos en Dios y actuamos obedeciendo su voluntad; de lo contrario no habrá salvación, sino el infierno para los que no obedecieran temerosos del poder y de la sabiduría y la justicia cuya perfecta claridad solo puede venir de Dios. El hombre es tan sólo una criatura diminuta, finita que necesita de ampararse en los dogmas que pueden garantizarle una vida aún llena de penurias con la esperanza mejor, algo perfectamente coherente con el régimen social del momento.

Sólo con el Renacimiento retorna el hombre, realmente, al centro de la filosofía, las propias manifestaciones artísticas expresan esta preocupación por las cuestiones humanas y naturales. Al separar los estudios de Dios de los estudios del mundo y del hombre propiamente, pudo tener lugar un desarrollo sostenido de las ciencias naturales, y la aplicación de nuevos métodos de indagación acerca del mundo. Sensualistas y Racionalistas se disputan tener la verdadera fuente del conocimiento del mundo a diferencia del conocimiento de Dios, idea a la cual sólo se puede arribar a través del sentimiento de Fe; pero éste conocimiento no debe entorpecer el conocimiento de la naturaleza, y se retorna a la idea nacida en la antigüedad de que el hombre es un ser natural. Esta idea se sigue desarrollando durante toda la era moderna y tiene sus mayores exponentes en aquellos que utilizaron en sus argumentaciones los conocimientos de que han parido esas ciencias naturales, los nuevos descubrimientos tanto científicos como geográficos amparados en ideas distintas acerca de la posición de la tierra en el espacio cósmico y la propia forma esférica de la misma como parte del sistema solar (Copérnico 1473-1543) y no en el centro del mismo (Ptolomeo siglo I )

Si bien se rompe con la vieja idea de que la tierra es el centro del universo y sin embargo se fortalece la idea que mantiene al hombre como el centro del filosofar. El hombre al menos consolidará su atención sobre lo humano en medio de su temor a reconocerse como parte del mundo. Tiene que darse su lugar, reconocerse finito y limitado y expuesto a leyes terrenales alejándose cada vez más de las especulaciones acerca de un mundo de ultratumbas del cual sólo Dios puede hablar con propiedad; por lo tanto, las ideas del hombre se van a referir, fundamentalmente, a lo que puede ser demostrado con los nuevos instrumentos, la experimentación, las matemáticas, las ciencias del orden natural.

EL TERRENO FERTIL Y COMPLEJO DEL HOMBRE MODERNO

(Las leyes de la naturaleza y el hombre como ser natural)

Si pudiéramos comparar dos ideas que demuestran la evolución de las concepciones del hombre y su reencuentro, desde la antigüedad a la era moderna, utilizaría dos frases: " El hombre es la medida de todas las cosas de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son" de Protágoras de Abdera (481-411ane) y el " Pienso, luego existo" de Renato Descartes (1596-1650)o el " Existir es ser percibido" de George Berkeley (1685-1753). No se ha vuelto sobre el hombre con las mismas perspectivas. Aparece un reconocimiento del hombre que intenta el universo, sin considerarse trascendente, sino como parte del mundo, finito, limitado e imperfecto. La preocupación que prevalece es la del individuo como existencia y no por gusto luego estos pensamientos serían retomados con tanta fuerza en las producciones de los siglos XIX Y XX.

Las ideas de que el hombre es una máquina o que es un ser natural que vive conforme a las leyes naturales, expresan que las búsquedas de nuevos conocimientos siguen siendo el reflejo de la apreciación que se tiene del hombre. La duda Cartesiana lo primero que nos manifiesta es una proyección antropológica, el existir. Se va produciendo un acercamiento hacia lo que realmente somos y esta tendencia continuará luego en pensadores posteriores, porque ha sentado una pauta en la visión de lo humano, no por gusto luego sería retomado este pensamiento por un J. P. Sartre (1905-) cuyo fundamento inicial es precisamente el "cogito ergo sun" cartesiano.

Pero veamos algunas de las reflexiones que anteceden a proyecciones que nos acerquen a la esencia humana y que luego retornan a concentrar su atención en el mundo vivencial del individuo, teniendo en cuenta siempre las implicaciones que han tenido en la vida real de los hombres, que es decir, en la historia de la humanidad.

UN HOBBES QUE VESTIDO DE LOBO JUSTIFICA SER VIOLENTO

T. Hobbes (1588-1679) nos afirma que el hombre como todo ser natural tiene que cumplir con las mismas leyes que el resto de los animales, por lo tanto, el comportamiento humano no es de extrañar que sea una lucha constante por sobrevivir, y sobrevive el más fuerte, aún cuando no se trate de cualidades naturales, sino de la propiedad privada, o sea, de las relaciones que establecen los hombres en la vida social; nos referimos en primer lugar a las relaciones económicas, como el fundamento sobre el cual se erigen las demás relaciones: Políticas, jurídicas, morales, estéticas, cognoscitivas y hasta interpersonales. Que el hombre es el Lobo del hombre no puede significar otra cosa que: sólo aquel que tenga propiedad privada podrá sobrevivir y será Lobo, los demás serán sus víctimas, o sea, el que pierda o no obtenga propiedad privada. Él mismo expone en su "Leviatan o la materia, forma y poder de una República esclesiástica y civil", el significado que tiene ser el lobo del hombre. Dice que se hallan en la "naturaleza del hombre tres causas principales de discordia: competencia, desconfianza y gloria". Y que todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, es natural también en el tiempo en que "los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles" de manera que el hombre vive en un "continuo temor de muerte violenta. Cuando el hombre vive en sociedad no existe propiedad ni dominio ni distinción entre tuyo y mío... el hombre es un producto de la naturaleza ingrato. Debe vivir en paz y armonía o luchar por conseguirla..." (11) y en esa lucha eterna en busca de una paz que jamás conseguirá, el carácter violento de la naturaleza humana, realza el valor de la individualidad y se demuestra que un hombre que sólo piensa en sí mismo no puede recibir el amparo de la sociedad en cuanto a la protección, incluso, de su vida, por lo tanto, tampoco ha superado un comportamiento animal que ni siquiera puede catalogarse de egoísta, se engaña sin saberlo y sin saberlo pone en peligro la preservación de la especie.

Que no exista distinción entre tuyo y mío no se refiere sólo a que tendrían - hasta tanto supieran defender mediante la violencia - propiedad privada, la que expresa a su vez, acceso al poder político y económico y la satisfacción de todos sus intereses en la vida social, sino incluso, de la vida privada de los individuos, sus sentimientos, sus aspiraciones, sus anhelos. No existen barreras en una sociedad construida bajo esos ideales, como atributos inseparables de la naturaleza humana. Nada puede importar sin consideramos que la violencia se justifica a sí misma, que no tenemos fuerzas para sobreponernos porque somos precisamente así, violentos, no sólo con la violencia física, con un arma o con los puños, sino con la violencia a través del propio mercado que es la consumación de un tipo de pensamiento. La sociedad y el individuo son simplemente objetos de la acción de violencia que los domina, que los subyuga, sobre la que no tienen la más discreta de las posibilidades de ejercer influencia.

La violencia es un atributo humano, pero al mismo tiempo lo trasciende y debe superarlo en la medida que se independiza del mundo animal. El hombre es la expresión más acabada de la violencia, sobrevive con ella, pero al morir no se la lleva consigo. Por muy inteligente y racional que sea siempre estará a su espera, para colgarle de su vida y de su muerte, de su finitud, de su condición de esclavo de la naturaleza, sin que haya podido emanciparse nunca definitivamente, y esa lucha constituye al mismo tiempo la consagración de su humanidad, la superación de la condición alcanzada y la inevitable reafirmación de lo mejor de sí.

¿Será acaso ésta la única forma de entendimiento entre los humanos, es otra de las carencias que tenemos que satisfacer en nuestra aprehensión del mundo, ó pueden ser controlados esos fenómenos? ¿Pueden ser superados a partir también de la creación de un mundo distinto y de un hombre más humano?

Un animal no es violento, el animal es, simplemente, un animal y sus patrones de conducta, aún en los más avanzados no pueden compararse con los patrones de conducta de un ser humano. ¿Podemos afirmar con Hobbes que somos seres violentos? Pues trate de "reconocerse" en cada uno de los actos de su vida, y verá, haciendo un esfuerzo desde su conciencia - cuyos horizontes prejuiciales no superan sus condiciones materiales de existencia - que aún en nuestra sociedad, donde luchamos por una organización de la vida social que apela a la persuasión, al consenso, y a la conciencia, de todas formas nos violentamos más a menudo de lo que somos capaces de reconocer, porque nuestro "reconocimiento" es tan concreto como la verdad que nos plantea Lenin. Pensemos en nuestras relaciones más íntimas y resultará lo mismo. Nos hemos acostumbrado a ver y denunciar aquellas manifestaciones de la violencia que son más evidentes, y que se corresponden con agresiones, sobre todo, de tipo físico, pero nos cuesta más trabajo concientizar y denunciar - aunque son las que más nos duelen y las que más daños causan en lo más íntimo de las personas - las agresiones de tipo espiritual o ideológicas, en el sentido más amplio de la palabra.

La expresión más acabada de la violencia no tiene un carácter natural, sino social, y está directamente vinculada al surgimiento de las sociedades de clases. Se legitima mediante el Derecho y todo el aparato del Estado; o sea que la violencia humana tiene su máxima expresión en ese poder público que se ejerce delante de todos, con el supuesto consenso de todos y que implica la regulación de la sociedad por la fuerza, así mismo, desde las relaciones más íntimas del individuo, la familia, los grupos humanos, las clases sociales y los pueblos, hasta el sistema político-social imperante, se vienen produciendo, regulando nuestras vidas, las diferentes relaciones de poder o de violencia de unos sobre otros. El planteamiento de Hobbes es, sin lugar a dudas, una verdad a medias que justifica una actitud ideológicamente definida, desde el punto de vista clasista. El resultado será la legitimación de la violencia, la reafirmación de la ley de la violencia sobre la violencia como única forma de regular la vida social, presentada en la sociedad como un interés general: el de aniquilar la violencia mediante la violencia, de lo que resulta un círculo vicioso del que no se saldría jamás.

EL DETERMINISMO GEOGRÁFICO

Mostesquieu C. (1689-1755) divide el planeta en tres zonas climáticas: Fría, Templada, y cálida o tropical a las que les corresponden, también, diferentes tipos de sociedades, gobiernos e individuos. Como hemos de suponer tanto en la zona fría, donde la gente es perezosa, introvertida, poco emprendedora, donde se hace necesario imponer los tiranos al estilo del Zar de Rusia con su mano dura; como en la zona cálida, donde la gente es demasiado alegre, extrovertida, poco seria, con una vida sexual intensa e irresponsable, derrochadora de los recursos que abundan y por lo tanto, sin necesidad de trabajar arduamente, donde han proliferado las anarquías y se impone la instauración de las dictaduras como único modo de imponer el orden; o de lo contrario, llevar a cabo esas guerras salvajes y sin ningún sentido que le da ocupación a los incivilizados y permite, por lo menos, controlar de manera efectiva el crecimiento desmedido de sus poblaciones. En ninguna de las dos zonas puede darse un desarrollo de las fuerzas productivas ni de la ciencia y la tecnología, ni puede desarrollarse una sociedad civilizada, moderna, culta y democrática, lo que es posible solo en las zonas templadas. En consecuencia con este pensamiento el medio geográfico a favorecido a la Europa de Occidente, que luego se extendería hacia su apéndice de EE.UU. y constituyen los modelos, que aunque difíciles de alcanzar, deben ser una aspiración para los hombres de este Globo nuestro.

Montesquieu ha extrapolado leyes de la forma de movimiento físico hacia la forma social concediéndole un carácter universal a las mismas. Es curioso que un hombre que pensaba que los ciudadanos, realmente, buenos y justos debían cultivar la virtud política que consistía en una observación consciente de las leyes del país, un hombre que sentó las bases del pensamiento moderno en cuanto a la división de poderes en el sistema político, pudiera reducir la explicación de la conducta de los hombres y del sistema social que les correspondía al medio geográfico; y en este caso destinar a una parte de la humanidad a su desaparición por el sólo hecho de pertenecer a esas zonas climáticas donde supuestamente no es posible alcanzar la condición de humanos.

Este tipo de reduccionismo suele repetirse con más frecuencia de lo que imaginamos y seguirán repitiéndose, porque el hombre siempre pensará, y con razón, que puede encontrar leyes o regularidades con un carácter universal. Lo mismo pasó con las leyes de Newton y el mecanicismo el cual universaliza la necesidad. Todo tiene una causa y en la búsqueda de esa causa última, sólo se puede salvar la coherencia lógica de esa concepción con la implantación de un "causador" o primer impulsor del movimiento del mundo, que es Dios. ¿Cómo encontrar, en un conjunto infinito, una primera causa, si es que se puede encontrar? ¿No será que la idea de lo necesario sugiere y es consecuencia directa de lo que no lo es, o sea, de lo que es casual?

Ponemos el ejemplo de Newton, porque, simplemente, a consecuencia de sus ideas y otras no tan célebres, se concibieron sociedades cuyos hombres funcionaban con la exactitud y la perfección del movimiento mecánico, llegó a existir la convicción de que éramos seres vivos, pero que vivíamos al estilo de una máquina, como un reloj, digamos. Era imposible para Mostesquieu no ver una relación directa entre los tipos climáticos del medio natural y los tipos de hombres y de sistemas sociales, porque sólo podía entender la causalidad dentro de los marcos del horizonte prejuicial con que contaba y con el que valoraba el mundo. Si lo que más nos obsesiona es el hombre, era natural que se pronunciara acerca del mismo, lo que le obligaba inevitablemente a pronunciarse, también, acerca de la sociedad, los tipos de gobiernos, etc.(12)

Ya Platón en su "República" nos habla de las preocupaciones que tenemos hoy acerca de la descendencia, planteaba que: "Los hombres en el Estado por temor a la pobreza y a la guerra procurarán tener el número de hijos proporcionado al estado de sus recursos. (13) Según Montesquieu tales "preocupaciones" no son comunes a un hombre de las zonas muy frías porque, al fin y al cabo, no procrean mucho; pero tampoco lo son para los que viven en zonas cálidas o tropicales, porque el movimiento de sus neuronas, caótico y desordenado no se lo permite. No serán aptos para las ciencias y la cultura de la civilización europea, que es la única válida para él, por lo tanto, habrá un incremento de salvajes, sin ninguna virtud y menos la virtud política, lo que justifica la ideología de la colonización y reimplantación del esclavismo que sufriera antes la historia de la humanidad, pero que en este caso vendría a ser como un acto de piedad para los no favorecidos por el medio natural en el que nacieron, y, por supuesto, aunque fueran trasladados a otras zonas, no podrían sino ser esos mismos hombres salvajes "beneficiados" por la domesticación que el europeo superior les puede proporcionar.

En resumen más importante hasta llegar a jugar un papel determinante, que la "virtud política" y mucho más que el intento por equilibrar los poderes en la organización y regulación de la vida social, el medio geográfico condiciona el comportamiento individual y social, condiciona el carácter y el temperamento, la psiquis del individuo y los tipos de gobierno. En realidad el Determinismo de Montesquieu sólo puede tener coherencia desde el punto de vista político-ideológico para justificar las prácticas políticas que caracterizaron el colonialismo europeo. Ha intentado una fundamentación filosófica que persigue objetivos tan reconciliadores como los que pretendió Platón en su República, tanto como los que luego tendrá que construir un Hegel, que aún atraído por el "Termidor", tropieza con la realidad de una Alemania atrasada y desunida, donde el poder político apaga por la fuerza a la sociedad civil. En el caso específico de Montesquieu no hay búsqueda de reconciliación, sino el intento de hacer coherente una visión de lo humano y de la sociedad que se avenga, que se corresponda con la política colonial. Hacia dentro de la Europa poderosa y, especialmente, en Francia podemos hablar del cultivo de la virtud política, el amor y el respeto a las leyes propias, a su tierra y a su gobierno. Todo esto es perfectamente posible por la superioridad del europeo, porque ese medio le garantiza las condiciones naturales para que sea lo que debe ser un hombre y que los sistemas políticos puedan ser objeto del respeto, la admiración y el orgullo de sus conciudadanos; pero esto sólo es posible en la Europa, para el resto del mundo el "fatalismo demográfico" no podrá ser cambiado, por el contrario su papel determinante hace que los europeos trabajen en funsión de hacer cumplir lo que es ley natural, aquello que no podemos evitar: conquistar nuevas tierras, nuevos mercados e imponer la esclavitud y los gobiernos tiránicos y despóticos a otros.

LA CUESTIÓN DEMOGRÁFICA Y LOS LÍMITES DE LA TIERRA. EL DARWINISMO SOCIAL .

Las propias leyes naturales explican que no hace falta la guerra para contener el crecimiento demográfico que asustaba a Malthus(1766-1834) ante el hecho irrebatible de que la tierra es finita, tiene límites desde el punto de vista físico, y que la producción no alcanzaría para todos, pues su ritmo de crecimiento era aritmético cuando el demográfico era geométrico. Para él no basta que la propia naturaleza intente regular la cantidad de humanos sobre la tierra a través de las enfermedades, las catástrofes naturales, etc. Ni siquiera han logrado este control para que exista equilibrio entre la cantidad de seres sobre la tierra y los bienes que garanticen su existencia, otros fenómenos sociales como la miseria, desnutrición, en fin la pobreza con todos los fenómenos sociales que implica. En realidad en la escala social dentro de los países europeos, las clases más bajas tienen un índice de crecimiento muy alto, lo que es peor aún en el resto del mundo. Si tenemos en cuenta el hecho real de que la tierra es finita y que los recursos se agotan, que el suelo tiene una tendencia decreciente en su fertilidad, lo que repercute en su productividad como resultado de una explotación abusiva y que se practicó y se continúa practicando con una mentalidad fabril, o sea tratada como una fábrica y no como un ser vivo, nos damos cuenta que las preocupaciones de Malthus son más que justificadas; pero la solución que él propone demuestra el carácter, realmente, antihumano de las mismas.

Malthus se ha propuesto, entonces, "ayudar" a la naturaleza, a la cual le resultan insuficientes sus propias leyes para controlar el crecimiento de la población y propone guerras de exterminios como forma de control de ese crecimiento. Lo que era la ley de selección natural en la lucha por la existencia se ha cambiado por una lucha que imponen los más fuertes con sus economías y con su poder militar para doblegar a los grupos más débiles o naciones más débiles; en fin es lo que se conoce como el Darwinismo social.

Según se ha demostrado, es respuesta natural que una especie en condiciones favorables, donde los individuos logran llegar a la madurez en gran número y no existe el peligro de la desaparición de la misma, disminuya la procreación, la propia fertilidad natural disminuye como un mecanismo de preservación de la especie, y allí donde las condiciones son adversas y de constante peligro la fertilidad es alta y sobreviven sólo los más fuertes, como supo ver Darwin C. R. (1809-1882). En consecuencia la poca fertilidad y procreación de los países más desarrollados no es sinónimo de una cultura superior en el orden humano, por lo menos para mí, no tiene sentido hablar de una cultura superior, que no es capaz de emanciparse de su propia enajenación, ante los problemas sociales que vive el mundo; mas bien, es una respuesta natural-biológica, ante condiciones que han favorecido esa situación, como es la garantía de la alimentación, de la salud y de la vivienda, que propician el envejecimiento de la población, etc; aunque sepamos que todo ha dependido de la enorme y sangrienta explotación a que ha sido y es sometido gran parte del mundo, y no por eso, se justifica llevar a cabo guerras de exterminio masivo como hizo Hitler ( ) para imponerle al mundo la raza aria, o la esterilización forzosa y algunas prácticas reales, por el estilo, que han tenido lugar en nuestras tierras de América, África y en Asia.

Un ejemplo simple nos los expuso Josué de Castro( 19 -19 ) en su libro "Geopolítica del Hambre" cuando nos relataba de las distintas manifestaciones del hambre y de todas las costumbres, en especial las alimentarias, que perdían los pueblos al asumir la cultura que occidente le imponía. El caso que viene ahora a la mente es el de un nativo de una Isla que sólo usaba una pobre vestimenta para tapar sus partes reproductivas y al adoptar la costumbre "civilizada" de cubrir todo su cuerpo perdió la posibilidad de recibir directamente los rayos del sol, que nutren al mismo también.

El sol sigue siendo, a pesar del hueco en la capa de ozono, la principal fuente de energía de la que disponemos los humanos, no en vano se le ha rendido culto en todas las civilizaciones, sin embargo, sabemos que no en todas las latitudes los rayos solares caen con la misma intensidad, ni son asimilados por los organismos vivos de igual manera, y no existen las mismas especies en el polo que en el trópico; por lo tanto, tampoco los humanos nos comportamos ante un fenómeno natural de manera idéntica, sino según las necesidades inmediatas que tengamos que satisfacer, para preservar la vida en primera instancia. No se puede ignorar una cultura, por absurda que nos parezca, que se ha formado durante siglos en constante lucha por la vida. Las culturas se complementan unas a otras y sólo en esa unidad de las diversas culturas se podría arribar a universales realmente válidos.

La misma China fue conocida, y no podrá olvidarse en mucho tiempo, como el país del hambre, un país pobre donde la forma más fácil de obtener energía desde el punto de vista alimenticio, según nos cuenta Josué de Castro (14), era a través del cuero del puerco que es su reservorio de energía, lo demás era mucho arroz y sorgo, y el crecimiento indiscriminado de la población no podía ser detenido por simple voluntad. Se había desatado ese crecimiento indiscriminado de la población, como respuesta natural a las condiciones adversas, las hambrunas, las enfermedades, la inseguridad, la corta vida de los que sobrevivían. Hoy la situación es distinta, tal vez se hable de educación sexual en sentido reproductivo, pero acaso sería mejor para ese pueblo garantizar, por ejemplo, que cada pareja tenga un hijo. ¿Cómo garantiza su existencia y la del mañana una sociedad que de pronto se proponga un ritmo de natalidad que no asegure la preservación de su pueblo, qué consecuencias traería? De todas formas es impensable el modelo de occidente impuesto en China y no debe tampoco autocontrolarse de manera espontánea, ya el hombre no puede permitirse ese lujo.

Todavía en sus Principios de Economía Política, John Stuart Mill ( 1806-1873) trata también el asunto de manera contradictoria por una parte considera que "el castigo inherente a la sobrepoblación no se debe a la injusticia de la sociedad, sino a la mezquindad de la naturaleza. La distribución injusta de la riqueza ni siquiera agrava el mal, sino que cuando más hace que se sienta antes". Hay en Mill un llamado a la concientización de la responsabilidad que debemos asumir en cuanto a la descendencia y resalta el papel que deberá jugar la educación. Ni Mill, ni Malthus han podido ver el alcance que tienen las desigualdades sociales como fuente de los desequilibrios del organismo social, no se apunta hacia la necesaria conducción de los acontecimientos sociales de manera consciente, organizada. Sólo Marx (1818-1883) y Engels (1820-1895) en su tiempo, lograron ver que hacía falta cambiar las reglas del juego, había que transformar la sociedad y la propia concepción que tenemos sobre el hombre y del artificio que, hasta ahora, sigue dominando su vida: la propiedad privada.

En la" Utopía Moderna" que nos dibuja H. G. Wells ( XX ) al referirse a los no deseados por perezosos, inútiles, idiotas, etc, dice que " esa gente empuercan el mundo pueden procrear y por consiguiente no hay más remedio que excluirles de la masa de la población.... hay que recurrir a una especie de cirugía social", pero al mismo tiempo nos afirma que "no hay raza bastante superior como para encargarse del cuidado de otra...con una raza realmente inferior solo cabe hacer una cosa: exterminarla". Cualquier selección que se haga considerando a una raza, un grupo étnico, un pueblo, una secta de esas que tanto abundan hoy y parecen crecer como la superior o mejor de todas, termina siendo división no esencial, no vital que no pueden contribuir a la formación de un criterio que sintetice lo que somos, que trate de hallar algún hilo conductor y no es precisamente a través del criterio de que seamos seres violentos.

Un pensamiento parecido está en F. C. SCHILLER (1864-1937) en "Tántalo o el futuro del mundo". Según él " los males que amenazan al mundo no son en modo alguno inevitables", pero lo interesante es el costo de su optimismo: "Las proporciones de natalidad y mortalidad crecen conforme se desciende en la escala social y por consiguiente el resultado es un aumento. Las clases superiores o directrices de no importa donde parecen sostenerse sin apelar de un modo apreciable a las inferiores. Así la sociedad organizada de este modo está continuamente desmembrándose por la cima y proliferando por la base de la pirámide social."  Y en el caso del "desarrollo de la medicina salva a los débiles, se frena el empuje del proceso de selección natural"...  lo cual él no aprueba pues habría que dejar que la naturaleza por sí sola seleccione a los más aptos para la vida. Bueno aquí no le falta razón para el susto propio de la aristocracia del cualquier época y territorio que ve amenazada la continuidad de su beligerancia por algo así de simple, por no cuidar su salud, no hacer ejercicios no exponerse a la crudeza del clima, los rigores de una vida activa, productiva y en ves de la del ocio, el colesterol, los vicios, las grasas, la standarización de sus hábitos de alimentación y de uso del tiempo libre, etc. Se podrían clasificar los tipos de enfermedades y sus dolientes en la estructura social. La náusea, la jaqueca, la hipertensión, la gota, etc. Toda idea que suponga la superioridad de hombres o culturas sobre el resto, o sobre alguna de ellas termina siempre en la justificación de la necesidad de aplicar un modelo no lejano del legado del nacionalsocialismo, el Aparthey y otras prácticas no tan declaradamente fascistoides, aunque no exista mucha diferencia entre unas y otras amparados conscientemente o no en el Darwinismo social.

LA PROPUESTA DE MARX Y LA UNIDAD: NATURALEZA-HOMBRE-SOCIEDAD.

EL hombre como todo animal necesita comer, excretar, reproducirse, adaptarse a las condiciones del medio. Como nos podremos dar cuenta no hacemos nada solo por el hecho de incorporar a nuestro sistema digestivo los nutrientes necesarios para seguir viviendo, si al mismo tiempo no le incorporamos un sentido a nuestros actos.. El animal simplemente satisface sus necesidades sin un pensamiento conceptual, actúa movido por la necesidad sin explicársela. No se podría negar un grado de raciocinio en los mamíferos superiores que permiten una domesticación cada vez más acorde a los valores que el hombre crea. Se da una especie de humanización de los hábitos de los animales que se adaptan a las condiciones de la convivencia con el hombre y que tiene que ver con su alimentación, su reproducción, etc. porque el hombre abarca cada vez más la naturaleza y hasta donde llega su actividad también llegará la necesaria humanización que inevitablemente se incorpora al mundo. Como refiere Marx "El animal es inmediatamente idéntico con su animal... es su actividad vital", pero el animal no crea valores, no puede reproducir un mundo que no sea su propio mundo, y lo hace a través de una actuación que se corresponde con su animalidad. El animal vive en "armonía" con la naturaleza, pero la naturaleza está limitada a la percepción que se corresponda con su animalidad. No es el caso del hombre, o sea, la naturaleza para él entendida " como su trabajo y su realidad" expuesto en sus "Manuscritos económicos y filosóficos de 1844"

No es difícil que una persona reconozca cuánto determina en la vida del hombre el medio en el que nace, se desarrolla, madura y muere; pero qué quiere decir el "medio", sino la naturaleza, la casa, la escuela, el vecindario, el trabajo, el cumplimiento de las obligaciones jurídicas, de los deberes, la observancia de los patrones de conducta, de las normas, las tradiciones en todo caso, cuando Marx afirmaba que la esencia humana no era una cuestión abstracta, sino que era inherente a todo miembro de la sociedad, a cada individuo y que residía en " el conjunto de las relaciones sociales", por muy cierto que sea de todas formas se queda sin poder llegar al corazón de quien lee o escucha, porque resulta que uno mismo es eso: " el resultado de un conjunto de relaciones " para lo cual no se ha mencionado un solo sentimiento y se sabe que, incluso, estando en la barriga ya la madre conversa con la criatura, ya es esperado o rechazado su nacimiento, no sólo por los padres y familiares más cercanos, sino, por toda la sociedad a través de los propios valores en los cuales tendrá que ingresar y que tendrá que ir asumiendo para conformarse, o mejor dicho para ser conformado, moldeado como ser humano.

Estamos hablando de un ser que es sujeto y objeto de sí mismo, un ser que posee voluntad, anhelos, deseos, ilusiones, conciencia y que en buena medida es capaz de construir su propia historia, su propio proyecto; o sea es autosuficiente como ser, como género ( lo humano.)

Siguiendo la lectura de sus manuscritos nos encontramos la siguiente afirmación tan genial como sencilla" el hombre es un ser esencial, no sólo porque en la práctica y en la teoría adopta la especie como objeto... sino porque se trata a sí mismo como la especie real, viviente; como se trata a sí mismo como ser universal y por consiguiente libre". No se niega aquí que seamos seres naturales pues al contrario " la vida física y espiritual del hombre está unida a la naturaleza ( lo que) significa simplemente que la naturaleza está unida consigo misma, porque el hombre es parte de la naturaleza" pero es muy diferente la actividad que desarrolla y la manera en que la desarrolla con relación al resto de los seres vivientes, pues el hombre " hace de su actividad vital el objeto de su voluntad y su conciencia. Posee una actividad vital consciente… es precisamente a causa de esto que es un ser esencial, o es solo porque es un ser esencial que es un ser consciente, es decir que su propia vida es un objeto para él". Esta claro que esa conceptualización esencial del hombre como ¨ el conjunto de las relaciones sociales ¨ es lo suficientemente abarcador como para llevar implícito en el contenido de dicha afirmación, también, esa relación amorosa, filial; somos resultado también de la ilusión, de todo lo imaginario, del cariño, del afecto o de todo lo contrario. Un hombre nacido en un mundo lleno de ilusión no puede tener las mismas vivencias, ni los mismos traumas que otro concebido en diferentes condiciones; no por lo idénticos que pudieran ser, sino por el carácter de esas vivencias, las intenciones, las aspiraciones los conflictos propios de una vida humana y la naturaleza irrepetible de cada individuo. El caso es que, a mi entender, es indudable que al Marxismo le viene muy bien una explicitación de sus afirmaciones, y esa explicitación, aunque llegara a regañadientes enriquece el conocimiento y la comprensión de lo que somos.

Las ideas de Marx están diluídas en el pensamiento posterior, porque ha propuesto un discurso, una manera de decir, una concepción a la que, inevitablemente, se acude para entablar una búsqueda acerca de lo humano; por eso podríamos entender que hay continuidad y superación en esa búsqueda. La propia dialéctica-materialista nos enseña que somos continuadores del "devenir" heraclitiano y que la propia vitalidad de un pensamiento exige necesariamente que sea tenido en cuenta, que sea una referencia obligada que presupone su propia muerte en la continuidad, en el devenir, en la superación. Nunca estará dicho todo y menos acerca de la propia esencia de lo que somos; pero hay ideas que marcan pautas, que atesoran un valor que ya nadie podrá negar, e incluso, en la propia negación habría que inevitablemente asumir la valía de algo. En este caso Marx nos ha dejado algo muy claro: el ser humano se hace, no nace ya hecho y es determinante, esencial, el conjunto de las relaciones que produce y que lo producen a él mismo en el proceso de aprehensión de su esencialidad y de su universalidad. Ha quedado para la posteridad el planteamiento de un problema, la indagación acerca del ser que es sujeto y objeto de sí mismo, de su propia actividad consciente; un ser que integra la naturaleza y la sociedad en sí mismo, lo material y lo espiritual, el portador de "lo Diverso en lo Uno y lo Uno en lo Diverso" que constituía el objeto del filosofar, según Martí.

CONTINUACIÓN EN LA BÚSQUEDA DE LO HUMANO

Podemos partir de aquí, precisamente, de la especificidad de lo humano que, según Dilthey W. (1833-1911) debe ser "comprendido", pues pertenece a una naturaleza distinta de aquella que, sólo puede ser explicada y que no necesita para que se nos descubra del afecto, del cariño, del odio y del amor. No es que nos propongamos un criterio angelical y romántico en exceso, sino que, indiscutiblemente, el hombre se ha visto a sí mismo bajo la concepción con la cual se ha explicado el universo, y llega el momento en que nos preguntamos si no será necesario mirarnos de otro modo, crear para saber lo que somos métodos propios de la realidad que vivimos a la manera en que vivimos.

¿Cómo no caeremos, nuevamente, en situaciones parecidas a las de Montesquieu, el mecanicismo o Darwinismo social? Acaso la lógica de nuestros razonamientos están preparados para asumir la indagación acerca de un objeto, que todavía no hemos diferenciado, al menos esencialmente, de la diversidad del mundo.

Pensemos juntos, si al nacer no somos los seres más incapaces para enfrentar la vida, que incluso, si no nos dan una nalgadita no podemos demostrar que sí, que estamos vivos. Ingresamos a un mundo que no hemos creado y del cual somos un producto. Está claro que vivimos una etapa donde dependemos por completo de otros seres, no ha habido un reconocimiento de sí mismo, por lo tanto, no hay diferencia tampoco. Es la etapa preconsciente de nuestra existencia, que sólo puede ser superada a partir del momento en que nos identificamos, nos reconocemos, nos diferenciamos del resto de los seres, incluyendo a los humanos.

Partimos de la nada, como individuos en sí, para adquirir la condición de ser. Partimos de la nada, aún cuando la sociedad nos espera, como decía Martí, con aquella imagen del niño que nace y todas las religiones, las políticas las filosofías, " lo atan y lo enfajan". Partimos de cero, sin historia, sin lenguaje, sin vivencias anteriores. Es el momento en que se puede afirmar con el existencialismo que ese ser tirado al mundo está solo, pero hasta ese momento, de la vida de un individuo, qué validez puede tener esa afirmación, si no podemos reconocer ese hecho de estar solos, porque simplemente no nos hemos reconocido a nosotros mismos y ni siquiera podemos elegir, porque la sola posibilidad de elegir presupone un ser consciente, que es el único que podría ser considerado libre o no de la elección.

Arribamos entonces a una cualidad esencial: la conciencia como atributo exclusivo del ser humano, que expresa a su vez un grado de desarrollo y organización del SER que hace posible su aparición. En primera instancia como resultado de la práctica, cuyo elemento fundamental es el trabajo, gracias al cual se puede producir y reproducir la especie; pero al mismo tiempo estamos transformando el medio circundante y creando nuestro propio medio; y todo debido a que en este largo proceso, también, nos hemos ido creando el mundo y a nosotros mismos, no sólo en el orden material, sino en el orden espiritual, como consecuencia de haber desarrollado la capacidad de pensamiento; y el pensamiento sólo es posible a través de signos cuya expresión sublime es la palabra y dentro de ella la palabra conceptual.

LA UNIDAD DEL CONCIENTE Y EL INCONSCIENTE. UN DISCURSO QUE COMPLEMENTA LA VISIÓN DE LO HUMANO

Somos seres conscientes, pero no siempre actuamos bajo el dominio de la actividad psíquica consciente, esto sucede con más frecuencia de lo que imaginamos, pero, incluso, ocurre constantemente y no podemos admitirlo o rechazarlo porque no nos damos cuenta en el momento mismo en que tienen lugar estos hechos. La vida del individuo humano ocurre, fundamentalmente, de manera consciente. La constante lucha por la vida estará en gran medida definida a partir de la interrelación con sus semejantes, bajo condiciones que no existen para el resto de los seres de este mundo nuestro, y es, precisamente, por las relaciones que dictan su conducta. En la medida que vamos creciendo son cada vez mayores las actuaciones que de nosotros se espera y en consonancia con eso mayores los censores que nos juzgarán, incluyendo, el que no nos abandonará ya nunca hasta el final de nuestras vidas como seres humanos: nuestro propio yo, nuestro yo- ideal, nuestra conciencia moral.

Es por eso que cuando Freud S. (1856-1939) rompe con el método anterior de investigación de los traumas psicológicos insiste, precisamente, en el carácter consciente de nuestra vida como lo definitorio, en tanto implica el reconocimiento de las causas bajo los cuales se originan los mismos. Hay un momento que merece atención especial y es la ruptura que Freud hace con la tendencia al uso de la Hipnosis como método que solucionaría una determinada enfermedad mental. Durante el sueño inducido, en que el aparato psíquico reposa, casi o completamente, y no están organizados ni el sistema de valores que conforman la conciencia moral del individuo, o sea su SUPER-YO, ni su YO, ni su ELLO, no están presentes ni la voluntad, ni los deseos, ni la angustia de que nos habla Sartre J. P (1905- 19..) en cuanto a que el hombre " es no sólo el que elige, sino también un legislador que elige al mismo tiempo a sí mismo y la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad"; pero en este estado, tanto como en el estado natural del sueño, es imposible que el individuo se comporte como lo que es.

Ya el propio Locke lo decía, hace más de dos siglos: " Si el alma piensa cuando el hombre está dormido sin que tenga conciencia de ello, me pregunto si tiene o no, durante tales pensamientos, algún placer o dolor, o es capaz de felicidad o desdicha. Estoy seguro de que el hombre no es capaz de ello del mismo modo que no lo es la cama o el suelo en que yace(...) Sócrates dormido no es la misma persona que Sócrates despierto... no tiene conocimiento ni participación en la felicidad o desdicha que su alma siente ella sola mientras él duerme, sin que tenga la menor percepción de ello..." La Hipnosis no puede ser la solución porque en ese estado no acompañan al individuo ni sus deseos ni sus valores más íntimos, y en realidad, el individuo no ha concientizado el origen de su enfermedad, como consecuencia de lo cual, vuelven a aparecer irremediablemente los mismos síntomas; lo que quiere decir, que sigue perteneciendo al mundo del inconsciente el hecho traumatizante, lo reprimido.

Podría decirse que, inconscientemente, se ha sabido algo que no se incorpora a la vida del individuo como parte de sus valores más íntimos, con los cuales se identifica formando parte de su YO, a pesar, de las contradicciones aparentemente insalvables con otros elementos de ese mundo interno que se ha ido modelando a partir del deber ser que impone la vida social.

Otra cosa son los sueños que según Freud ocurren " mientras dormimos (y) sigue nuestro pensamiento caminos propios y crea cosas que luego no comprendemos y que recuerdan ciertos productos patológicos..." Los sueños vienen siendo una especie de preocupaciones que han quedado latentes y sin solución en estado de vigilia, como por ejemplo, cosas que no quisiera uno confesarse a sí mismo, que se oculta uno a sí propio, y que expulsa de su pensamiento, en cuanto por acaso emergen, que han sido aplazadas por el YO pero que no han sido resueltas, y las demandas de nuestro inconsciente las siguen situando en lugar privilegiado de las prioridades del individuo.

Tenemos una etapa preconsciente en la vida del individuo como transición necesaria para la aprehensión del YO, o sea, pasar a una vida esencialmente consciente. Para Freud teniendo en cuenta los objetivos del Psicoanálisis, el YO aparece como " la capa exterior del aparato anímico, del ELLO, modificada por la influencia del mundo exterior" ( de la realidad) en tanto el ELLO es lo "propiamente anímico" por eso el YO tiene que cumplir una función unificadora, organizadora de la vida de la actividad del individuo.

Para Freud el Yo es "la capa exterior periférica del ELLO. Suponemos ahora que en la superficie más externa de este YO se encuentra una instancia especial directamente vuelta hacia el mundo exterior; un sistema, un órgano, cuyo estímulo produce el fenómeno, al que damos el nombre de CONCIENCIA." Vemos que de todas las instancias u organizaciones presentadas por Freud es ésta la más distante de lo que pudiera tener una naturaleza fisiológica o nacida de nuestros instintos dentro del YO y luego se reafirma cuando el SUPERYO es denominado la CONCIENCIA MORAL del individuo; entonces, podemos asumir que lejos de negar nuestra concepción del hombre como un ser consciente la posición del Psicoanálisis es de reafirmación, porque, en definitiva, si bien algunos de nuestros actos se corresponden con necesidades del Soma la inmensa mayoría de ellos los acometemos sin que implique una contradicción insalvable entre el YO y el ELLO; además de que la mayoría de los actos humanos orientados a la satisfacción de los deseos van cargados de toda la espiritualidad, la fantasía y la imaginación que sólo un ser consciente es capaz de crear, porque solo un ser consciente puede aspirar a un sentido del placer, del bien y de la belleza. Si cada estructura, cada YO indica su condición de único, así mismo, cada YO responderá a los estímulos externos e internos no importa ya de qué clase sean estos. El YO presupone su propio ELLO, o sea tiene su propio mundo de lo reprimido, por lo que sería un absurdo pretender descubrir la naturaleza de uno aislado del otro. La UNIDAD entre el YO y el ELLO es insoslayable porque la PERSONA HUMANA solo puede definirse, conocerse y comprenderse a partir de ese contexto.

CONSIDERACIONES EN TORNO AL HOMBRE COMO SER RACIONAL Y VALORATIVO: EL CONTROL DE LAS MENTES Y DEL COMPORTAMIENTO. LA BÚSQUEDA EMANCIPATORIA Y LA REDENCIÓN HUMANA .

En la unidad del YO y el ELLO se materializa la calidad de lo humano, que es el atributo de la espiritualidad exclusiva del ser que trabaja, que concientiza, que es capaz de valorar y darle un sentido a su existencia. No bastaría reconocernos como seres inteligentes o racionales. La sola razón es uno de los atributos necesarios, pero no suficiente, para arribar a la calidad de lo humano. Al hombre lo que más lo distingue y lo que más lo aferra a este mundo nuestro, por lejos que vaya su pensamiento es, precisamente, el atributo de la espiritualidad, entiéndase de sus valores, los que sólo son posibles como resultado de la aprehensión de sí mismo y del mundo, o sea, de la conciencia, y ésta, a su vez, ya sabemos que es el resultado de la práctica, como el proceso de producción de cosas y muy especialmente de relaciones, que son las definitorias de lo humano. Por lo tanto esa espiritualidad es algo que debe cuidar y fortalecer, y muy probablemente, sea el núcleo desde el cual muchos de los padecimientos individuales y sociales tengan su génesis y su cura.

Vivimos un mundo donde se intenta una idiotización universal, que es propia de un sistema que no puede aspirar a la emancipación de las mentes. Se da una especie de monocultivo espiritual y se levanta bajo la apariencia de la libertad, como mismo pasa con el mercado, porque de ese tipo de pensamiento no nos hemos liberado. Tener el control sobre el objeto de ocupación de las mentes es garantía del dominio que se puede ejercer sobre ellas. Pero al mismo tiempo se garantiza los límites prejudiciales y el alcance de las mismas. Estamos en presencia de una cruel matanza diaria de la que resulta quedarían cada vez menos horizontes. El fenómeno que se da en el acto de la vida, del que nos habla Gadamer (19 -19 )de la "fusión de horizontes", no tendría ninguna validez; no sólo porque sea hipócrita hablar de cultivar las mentes y desarrollar tecnologías que impliquen un mayor nivel educacional, sino que, descaradamente, se mantiene un orden de subyugamiento, de esclavitud del espíritu a nivel global, un cultivo de la mediocridad.

Un sistema social del privilegio, de la apología a los elegidos, del elitismo se ahoga de tanta vanagloria y los que le admiran por ignorancia o por sumisión no pueden tener ni un sentimiento ni un pensamiento auténticos, originales sobre los cuales sostener esa admiración. En nuestro mundo que vive hoy el impacto de la última de las revoluciones científico-tecnológicas del siglo XX, el de la Cibernetización de la vida, ha quedado aceptado el hecho de que somos seres racionales. pero al mismo tiempo queda evidenciado que de no encontrarse las condiciones idóneas no será posible que ese ser pueda desarrollar su capacidad racional, cuya máxima expresión de realización es, precisamente, adquirir el atributo de la conciencia, el reconocimiento de su lugar en el mundo y su papel en el curso de la historia.

Si hablamos de la racionalidad, inmediatamente, pensamos en el papel que tiene la educación en el desarrollo de las potencialidades con las que nacemos y en el papel que jugarán en nuestras vidas los conocimientos adquiridos. La realidad de la globalización neoliberal nos indica que por mucho esfuerzo que hagamos, tanto en el orden individual como de los diferentes grupos sociales y pueblos enteros, de todas formas, la realidad histórico-concreta en la que debería desenvolverse la persona humana, aún con su capacidad de raciocinio padece el mal de la tendencia a lo superfluo, a la subutilización y el mal aprovechamiento del potencial racional del hombre en función del bienestar de la especie actual y futura.

Al existir un Proto-estado Global gobernado por el dominio de la ideología - que se llama a sí misma desideologizada - neoliberal que plantea la materialización de la "verdadera" libertad en todos los aspectos de la vida, nos encontramos ante la realidad de que por encima de la razón misma se ha instaurado la razón del poder ya no como una cuestión teórico-cosmovisiva, sino por la realidad del orden económico- político y social, de manera que la racionalidad que se le ha impuesto al mundo a traído consigo una desigualdad abismal entre los hombres, aunque existan matices a nivel global y dentro de cada país. Se nos vienen encima las consecuencias de la imposición de una racionalidad enferma que pretende defender la posibilidad de su eternización, utilizando la capacidad racional como argumento de su valía y de que es lo mejor que puede pasarnos: somos seres racionales, capaces de explicarnos a nosotros mismos.

Todos sabemos que es un objetivo primerísimo obtener los mejores recursos humanos formados con tanto sacrificio por parte de la familia y de sus pueblos en los países del tercer mundo, para llevarlos a las grandes ciudades de las metrópolis; pero son acaso estos hombres diferentes del rebaño que ingresa a ocupar un lugar y una función determinada en esas sociedades; no les pasará como al "aldeano vanidoso" que nos descubría Martí; no les estará reservado aquel pensamiento de Platón acerca del lugar y las funciones que cada cual debería realizar para no descomponer el orden social; podrán conquistar la libertad y la bonanza soñada; será que está concebido que, precisamente, sea usado ese "cerebro" para mantener ese orden, pero no para subvertirlo; será que como parte de la gran masa permanecerán limitados a ejercitar la razón, sólo, para aquello que no constituya un peligro para esas sociedades.

La gran verdad es que nuestro mundo ha sido construido bajo un paradigma platónico antiquísimo y tan excluyente pero mucho más cruel y despiadado que su utopía de la República, o sea, que con el permiso de los que hablan, a veces, de un amor platónico, yo veo más cerca su concepción del hombre del Estado Totalitario y del terror del que nos quiso prevenir George Orwell (1906 -1953), en su obra "1984"), independientemente, de que no compartamos con él su interpretación del socialismo como proyecto social y los métodos de trabajo de un partido político de nuevo tipo. La gran verdad es que razones no le faltaron para no sentirse atraído, ni por el socialismo del culto a la personalidad de Stalin, con todos los crímenes y represalias, que no han sido suficientemente enjuiciadas; ni por el socialismo del nacionalismo exacerbado Hitleriano, ambos regímenes totalitarios que no son ni siquiera la "chancleta" como se diría en buen cubano, de lo que le esperaría al mundo, si se continuaban esas tendencias y de hecho es lo que estamos viviendo en la Aldea Global, cuando todavía quedan por verse muchas manifestaciones de la verdadera cara del sistema del terror hegemónico. Recordemos que antecedentes fueron estos: dos conflagraciones mundiales, entre las que medió tan sólo un cuarto de siglo.

En todo caso aquel que halla visto el filme "The show of Truman" - donde un individuo desde antes de su nacimiento y luego durante toda su vida es espiado, sin tener la menor posibilidad de una vida privada, donde ni siquiera un sentimiento íntimo pueda aflorar sin que sea motivo de cuestionamiento por parte de la gente, de la colectividad- puede imaginar la magnitud del mensaje de Orwell. En el "INGSOC" (el Socialismo Ingles) de "1984 " no es un hombre el que resulta espiado y sacada su vida a la palestra pública sin límites, sino que todos los hombres, unos a otros resultan espiados entre sí, grandes pantallas en las calles o pequeñas dentro de las propias casas o en el trabajo, en cualquier lugar van descubriendo la vida de cada persona, no hay de quien confiar, ni siquiera en uno mismo y sin embargo hay que mostrarse confiable y confiado ante el hecho inevitable de que siempre estás siendo observado por "el gran hermano" o sus agentes, como un poder invisible pero tangible ante el primer desliz.

La materialización del poder "democrático", según a propuesto el pensamiento moderno, debe implicar la satisfacción de las necesidades para todos, porque es un poder que a su vez "protagonizan" todos, son sus aliados hasta involuntariamente y sin embargo, la inmensa mayoría no tiene el acceso real al poder, no pueden dominarlo, sólo pueden culparlo de que las cosas sean, no nos culpamos a nosotros mismos y siempre que esto sucede estamos enajenados de ese poder, no tenemos conciencia de lo que somos.

Lo que conocemos como doble moral y Orwell denominó doble pensamiento es una y la misma cosa, y se manifiestan como respuesta al constante desdoblamiento de lo que somos. Este es un fenómeno propio de un sistema sociopolítico que todavía no ha sido capaz de liberarse de la existencia de la división de la sociedad en clases sociales, que es consecuencia directa de la existencia de formas de apropiación y de lucha por satisfacer intereses cardinales, incluyendo, los de carácter más cercanos a la reproducción de la naturaleza animal del hombre, y la no-satisfacción de intereses mucho más elevados formados, sobre todo, a partir la creatividad y del carácter emancipatorio de la "actividad vital consciente" del ser humano. Es un fenómeno que se nos mostrará siempre que se den contradicciones entre el deber ser y las demandas de la vida real, las situaciones existenciales y de sobrevivencias del individuo o grupo social, y sólo pueden ser superadas porque el hombre es un ser responsable, de cuya comprensión es que puede llegar a ser realmente libre; si no comprende su responsabilidad y la constituye en su realización como ser moral y libre, entonces, la respuesta en la búsqueda de esa libertad la hallará en su pensamiento y no se dejará atrapar por la inmediatez. El doble pensamiento es su respuesta emancipatoria, es lo último que le queda, su resguardo. Cuando ya no lo tenga estará muerto o vegetando ya no será humano, es como si no quedara espacio para una futura resurrección.

Si hablamos de "doble moral" o "doble pensamiento" debemos hacerlo sólo en el sentido de que aparece como una respuesta del individuo o grupo social, que no actúa en correspondencia con lo que de él se espera y se supone que debe asumir, pero no es algo que se propongan conscientemente los hombres, ocurre porque espontáneamente, el organismo social crea sus propios anticuerpos y demuestra que el fundamento ideológico, en el sentido amplio y no sólo en el sentido clasista de la palabra, bajo el cual funciona está en crisis y debe ser superado. Es algo tan natural como tener fiebre cuando el organismo responde ante un estado de infección, pero ocurre lo mismo en las artes, que en las ciencias cuando los paradigmas de una determinada comunidad científica caen en desuso o son ignorados o utilizados en otro sentido y no en aquel con el cual surgiera. En ambos casos cuando se dan a conocer como un fenómeno social y no como una determinada actitud de un sujeto, quedan institucionalizados como un tipo de moral y un tipo de pensamiento en sí mismo, que como en el caso del dualismo filosófico, sólo existe de manera formal esa "dualidad".

Lo que tenemos como resultado de los adelantos científico-tecnológicos no es, precisamente, una sociedad de armonía e igualdad entre los humanos. Estamos marcados por el naturalismo que acuñó en su obra Hobbes, aún cuando el Contrato Social y la Sociedad Civil y el equilibrio entre los poderes sean realidades alcanzadas por las sociedades más desarrolladas y se hallan expandido por la Aldea Global regulando el comportamiento de los individuos y los pueblos. Se encubre hipócritamente las relaciones entre los grupos humanos bajo presupuestos de mucho vuelo teórico, abstractos y rimbombantes, cuando los intereses de clases, las relaciones de poder son las cosas que marcan las diferencias y las contradicciones, cada vez más irreconciliables. La constante interrelación e interdependencia entre los hombres como resultado de ese movimiento irreversible hacia la globalización, urgida de nuevos timoneros, para sus viejos mares, consolida también la idea de que no basta la racionalidad; ya hemos visto que lo puramente natural no aparece, no se manifiesta, a no ser en muy especiales circunstancias porque estamos afectando y recibiendo al mismo tiempo del carácter esencialmente social y consciente de nuestras vidas. La historia vivida nos demuestra que no basta con admitir y defender ser seres racionales, no basta con "ser culto" hay que "ser bueno". Ser humano es mucho más que vivir en sociedad y recibir instrucción y desarrollar la capacidad racional que potencialmente puede o no nacer con el individuo.

La inteligencia por sí sola no basta, porque no es posible que el ser humano razones sin que al mismo tiempo ese ejercicio no implique valorar. Ambos atributos en un ser consciente se presuponen y es consecuencia inevitable de la condición de humano valorar el mundo. Martí decía "ser culto para ser libre", pero también decía: "Ser bueno es el único modo de ser dichoso", aspiraba a una república moral, porque el grado superior de realización de lo humano es, precisamente, alcanzar el orden moral de existencia, donde se asume y se supera nuestro origen animal y las potencialidades racionales que podamos desarrollar; en fin, alcanzar lo que para el maestro debía ser la ley primera de nuestra república: "El culto a la dignidad plena del hombre."

Mientras más trato de encontrar alguna fundamentación, algún motivo para extender en el mundo de las ideas, la justificación del estado de cosas que vive este mundo nuestro, o tratar de encontrar algún que otro remiendo para sus heridas, me doy cuenta de cuánto me alejo de las posiciones de Ayn Rand ( 19 - 19 ), cuando al decir de ella en su libro "Capitalism”: The Unknown ideal" pretendía demostrar que éste era el único sistema político- social que podía ser defendido desde el punto de vista ético y que éste es el único sistema que se corresponde, realmente, con la naturaleza racional del hombre. Es una defensa del capitalismo que nos envuelve en los derechos del hombre; al fin y al cabo, todo gira como en Hobbes alrededor de los derechos que se derivan de la propiedad privada.

Sumida en la lucha ideológica de posguerra, antepone a los defensores del comunismo - cuando se habla de bienestar común o de una mejor distribución de los recursos- la misma pregunta una y otra vez: " los recursos de quién" porque además " toda la riqueza, es producida por alguien y pertenece a alguien(29)"; o sea, que la racionalidad y la conciencia como atributos del ser humano, después de tanto alarde moralista, están condicionados y son puestos al servicio de la propiedad privada.

Nadie podría negar que el Capitalismo superó con creces las Formaciones Económico-Sociales que le precedieron, en cuanto a las conquistas del hombre y la búsqueda, a través, sobre todo, del sistema del derecho de la libertad humana; sin embargo, la declaración de los derechos del hombre y la consumación en la realidad de nuestro mundo, de esos derechos se pierden en el laberinto del Estado del Derecho porque adolece, precisamente, de una fundamentación ética que se corresponda con la esencia universal del hombre. Será valido el intento, pero la moral burguesa sólo puede producir un hombre alienado, enajenado de su propia esencia.

Ya vimos que aún en el naturalismo de Hobbes, el eje bajo el cual giran todas las relaciones humanas es la propiedad privada, pero la propiedad privada se defiende como algo natural, tan natural como las leyes del mercado, entonces, no estamos hablando de un naturalismo consecuente, ambos fenómenos tienen una esencia que reside, tanto como la esencia humana en las relaciones sociales, dependen del grado de desarrollo alcanzado por la sociedad. Ninguna de estas proyecciones lograban emanciparse de los criterios de propiedad como rectores en la conducta humana.

El hombre solo puede superarse en la medida que supere el sentido de apropiación, recupere su esencialidad y logre reconocerse, aprehenderse, emancipado de su propia vanidad dentro de su pertenencia al mundo, al que tiene que tributarle en la medida que se libera conscientemente como especie. Marx nos decía que sólo con la supresión positiva de la propiedad privada se podría eliminar la enajenación humana y ese momento no ha llegado todavía, por cuanto, añadía, exige un alto grado de desarrollo de la vida material que propicie la satisfacción de las necesidades de todos los miembros de la sociedad, incluyendo las necesidades de tipo espiritual. Lenin por su parte aclaraba que sería necesario, también, en ese largo camino luchar contra la enorme fuerza de la costumbre, contra nuestros hábitos, con nuestro pensamiento, nuestras concepciones del mundo y del propio hombre

Como ya hemos visto, para Marx la esencia humana reside en el conjunto de las relaciones sociales. No bastaría, entonces, decir que el hombre es un ser racional; sino comprender, que su racionalidad es un producto de las relaciones que establece para poder alcanzar la condición de humano, y que la propia racionalidad sólo es posible gracias a la vida en sociedad, de lo contrario no sería un atributo alcanzable para el ser que biológicamente tiene el genoma humano.

Si somos consecuentes con este modo de explicar lo que somos, partiremos siempre de la actividad práctica humana, del hecho inevitable de producir y reproducir la vida; en este caso, producir no sólo cosas (Poesis), sino de producir relaciones que es el carácter distintivo del hombre( praxis). Este proceso de producción de cosas y de relaciones seguirá teniendo lugar inevitablemente, porque es el proceso de producción y reproducción de la vida humana. Lo que hay que ver es hasta qué punto nos hacemos más humanos, nos distinguimos del mundo sin convertirnos en una cosa más, de manera que las relaciones que se establecen entre los hombres no tengan lugar como relaciones entre objetos o cosas.

Si el hombre ve en otro hombre un objeto o cosa que puede satisfacer sus necesidades, entonces no ha distinguido al otro, y ni siquiera, a sí mismo del mundo de las cosas. Es por eso que el mundo que crea a su alrededor, le es cada vez más ajeno y sólo lo concibe como medio de satisfacción de su realización personal; sin embargo, esa realización que sólo sería cumplida en la medida que se consuma, se posea, se use el mundo de las cosas o de objetos, no puede producir un hombre que no sea, a su vez, una cosa más. Por eso éste hombre lejos de independizarse y diferenciarse del mundo de las cosas, ingresa en él como una cosa o un objeto más y se convierte de hecho en parte de un mundo, que bajo sus propias leyes hacen que la sociedad se trate a sí misma de manera caótica y ciega aplastando, inevitablemente, una cosa tras otra, y elevando a la cima de su pirámide aquello que esté más desembarazado de los valores humanos, de criterios de justicia, de equidad, de bondad, de un sentido del bien y del mal.

Al concebir y tratar al otro como objeto de satisfacción de mis necesidades, en realidad estoy ignorándolo como persona humana, porque le estoy privando de lo que realmente es: un sujeto, o sea, un agente dispuesto a conocer como dice Martí, un ser pensante, conciente, que valora el mundo en que vive y su designio en él, pero me estoy tratando a mí mismo como objeto, porque si soy la "medida de todas la cosas" mi relación con todas las cosas es a su vez la medida de lo que soy; por lo tanto se expresa la dimensión de lo que soy a través de las cosas con las que me relaciono. Si ese sujeto lejos de organizar su vida, proyectar su futuro y elegir qué debe o no debe hacer, actúa, produce la vida material y espiritual de la sociedad sin tener opción alguna, sin poder protagonizar el curso de la historia individual y social de manera conciente, sino simplemente, sobreviviendo una vida que le ha tocado vivir y resultando una pieza más de un proceso que lo trasciende. Si satisface sólo aquellas necesidades que como un objeto más le es dado satisfacer para hacer crecer las necesidades insaciables del mundo de cosas que él crea y del cual forma parte; entonces, está cada vez más lejos de realizarse como persona humana, de servirse del atributo que lo identifica como ser conciente. Pierde a causa de sí mismo el dominio de lo que es, porque es dominado por el mundo exterior que él ha creado y que se desarrolla con independencia de la voluntad y de la conciencia del individuo o de los grupos sociales.

El mundo exterior adquiere el carácter de un mundo en sí mismo que crece de manera inevitable e incontrolada del cual sólo se pueden captar y tratar de mitigar las manifestaciones fenoménicas, pero nunca la esencia misma bajo las condiciones de producción y reproducción de la vida, que están marcadas por relaciones entre cosas u objetos ,en vez de relaciones entre sujetos humanos. Estamos presenciando, que el mundo que ha creado el hombre, y la propia actividad mediante la cual crea ese mundo, o sea el trabajo, son cada vez más ajenos a su creador.

Para Marx está claro que la raíz de la enajenación debe sacarse desde el fondo donde se generan todas las manifestaciones de la enajenación humana: el trabajo; a fin de cuentas " el ser ajeno a quien pertenece el trabajo y el producto del trabajo, en cuyo servicio se hace el trabajo y para cuyo beneficio se asegura el producto del trabajo sólo puede ser el hombre mismo... sólo el hombre mismo puede ser el poder que está por encima del hombre y que además le es ajeno". La causa de que el mundo creado se convierta en algo ajeno y hostil al propio hombre se produce como consecuencia del establecimiento de un poder sobre el-otro " para así encontrar satisfacción a su propia necesidad egoísta " y todo esto ha resultado del "sentido de tener", ese sentido de apropiación egoísta de la realidad incluyendo las personas y hasta los sentimientos.

Como dice Marx " la propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto es nuestro solamente cuando lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital, o cuando es directamente poseído, comido, bebido, usado, habitado, etc en fin cuando es usado por nosotros..." Si como resultado de la propiedad privada - teniendo en cuenta todos los trastornos sociales llegando, incluso, a dividirse la sociedad en clases - se produce la enajenación humana, ésta habría que identificarla, aún con sus matices, en cada una de las relaciones que se establecen entre los hombres, porque tienen inobjetablemente que defender sus intereses como clase, por lo tanto, se manifestará en el derecho, la política, la religión, la ciencia, la moral, la estética, la ideología, etc.

Resulta, entonces, necesaria la supresión " positiva" de la propiedad privada "como la verdadera resolución de la lucha entre la existencia y la esencia" humanas. Cómo llegar a esa "supresión positiva" de la que nos habla Marx es el gran reto que tiene que enfrentar la sociedad humana si quiere salvarse de una pronta desaparición, pues ni siquiera los medios naturales necesarios para la vida podrían ser conservados bajo las actuales condiciones.

El comunismo ha de verse: como "el retorno hecho conciencia" la vuelta del hombre hacia sí mismo a su verdadera condición. Es cuando el hombre se trate a sí mismo como ser humano, el tratamiento " del hombre a sí mismo como ser social"; la superación del "sentido de tener", de la apropiación como ley que gobierna la historia y enajena al hombre de su propia esencia. El comunismo como predominio de la actividad consciente de los hombres para realizarse como seres humanos.

"Como Parménides... el problema primordial de toda filosofía es descubrir nuevamente aquello que existe permanentemente, el ideal del superhombre hacia el cual debe dirigirse todo esfuerzo humano... la medida no es el hombre; Protágoras debe dar paso a Nietzshe y debemos comenzar a observar las estrellas como Tales de Mileto, aunque como él alguno de nosotros pueda caer en un pozo." Si realmente Nietzshe estaba loco cuando escribió en un manicomio este libro, de todas formas su mensaje es de lo más cuerdo que escribiera y debe aprovecharse, como debe aprovecharse el Saratrusta, aunque el ideal del Superhombre no pueda alejarse tanto de su portador ontológico, que es el hombre tan lleno de contradicciones como los valores bajo los cuales puede erigirse la escultura de su ideal.

Sin embargo antropologizar no es una meta sino una obligación de la sobrevivencia humana; él seguirá siendo la medida de todas las cosas porque si tenemos en cuenta este planteamiento de Nietzshe veremos que el ideal del superhombre es aquel ideal que puede alcanzarse desde el imperfecto y limitado hombre que vive en condiciones concretas de existencia. No creo que él intentara una concepción transcendentalista del hombre al estilo medieval, como si fuera necesario no ya un Dios y un mundo de Dios que trasciende la voluntad y la conciencia humana y del que sólo podemos aspirar conocer y recibir pasivamente lo que nos puede dar. Se pronuncia en contra del hombre que ha construido un mundo miserable e hipócrita, un mundo de falsedades, un mundo moralmente insostenible.

Hemos perdido efectivamente el amor hacia lo imposible, hacia cosas que trasciendan las vicisitudes de la existencia, de la cotidianidad, de la inmediatez. Y pagará caro el hombre haber perdido esa cualidad que sólo a él le es dada. El ejemplo de Tales puede parecer tonto pero no lo es. El asunto no está en desentenderse el mundo, de los problemas que estamos viviendo y que tienen que resolverse para garantizar un futuro mejor; sino que la tendencia tiene que seguir orientándose hacia el horizonte de una humanidad que se haya superado. No bastaría con ver las calamidades de hoy, sino prever las del mañana. Es por eso que el pensamiento no debe conformarse con caerle como inexperto cazador a su presa por todo el bosque, sino prever cuáles serán sus bebederos, sus pastizales. Estoy pensando en la mala teoría que va detrás presumida y adulona de las tomas de decisiones en las prácticas políticas, que resultan como las decisiones que nos mostraba Sartre, que tenían una valía precisamente, aquellas que se habían tomado, por eso, porque eran las que se habían tomado, aunque bien podía haber sido otra cualquiera, pero que como esa fue la que se tomó había que defenderla, fundamentarla, pues es la que se prefirió y de nada valdría venir a magnificar ese sentimiento de angustia que nada podría aportar en ese momento, independientemente, de que ese sentimiento siempre nos acompañe. A fin de cuentas valdría recordar que no hay nada más práctico que una buena teoría, algo que nos legara Lenin y que debe formar parte de los fundamentos, no sólo cognoscitivos sino éticos para indagar sobre cualquier tema, sin excepción.

Habíamos traído el ejemplo de la Rand que trataba de hacer una fundamentación teórica del capitalismo como sistema económico-social apelando a una argumentación ético-moral. Esto es lo más inesperado para un humanista que sabe que el sistema del Capital no puede aspirar a una sociedad auténticamente humana. Esa contradicción fundamental entre el Trabajo y el Capital lejos de desaparecer se acentúa, y la producción y reproducción de la vida, recrudece su carácter enajenado y enajenante, por lo que para garantizar la continuidad del sistema apela, sobre todo, al Derecho y no a las argumentaciones éticas. Una sociedad donde predominen las regulaciones morales no necesitaría de los resortes coercitivos que caracterizan al capitalismo como sistema y menos en su estado actual de hegemonía totalitaria.

El Che en "El Socialismo y el Hombre en Cuba" nos plantea que el hombre del siglo XXI había que hacerlo desde el presente y Fidel, constantemente, nos instruye acerca del papel de la conciencia en la construcción de la nueva sociedad. Estas son cosas que nos han dicho ya Marx y Engels y Lenin, y Martí y por qué no, también lo dice alguien tan contradictorio como lo fue su propia vida: Nietzshe. No podemos asumir su criterio acerca del papel de las masas o de la mujer, o del papel de la guerra en función del hombre, porque resulta demasiado amargo, como lo fue para él llegar a creer que la libertad se conquistaba cuando se aprendía a odiar aquello que le enseñaron a amar desde niño; pero el rechazo a los valores con los cuales fue educado, que resultaron ser todo un engaño, desde la propia Biblia, hasta los grandes hombres de su tiempo, le demostraron algo que no debemos ignorar: "el hombre es algo que debe ser superado" no para retornar en su naturaleza de ser violento y egoísta, sino para reencontrar el camino perdido, y en ese camino nada será más importante que la aspiración a un mundo moral cuyos universales se van pariendo, a pesar de la idiotización universal en que se quiere sumir el mundo.

La mejor arma que tiene el hombre para superarse es, precisamente, la moral y es que la " moral no perece porque cada hombre que nace la refecunda". El hombre es un ser creador que construye con arreglo a los valores humanos que se van formando en la misma medida que van haciendo al propio hombre, y muy en especial con arreglo a sus valores morales. Esta es una cualidad que rebasa la animalidad y la racionalidad por sí mismas y producen un ser superior que a su vez reconoce un sentido de superarse.

Solo porque el hombre es un ser moral aprehende el carácter universal de su propia existencia como ser consciente, reconoce su inmensa responsabilidad como ser esencial ante el universo, pero el grado de reconocimiento de sí mismo no es un resultado definido por la esencia de lo humano, sino por el grado de existencia alcanzada, por la manifestación existencial de su esencia, lo que explica que la representación de lo que somos sea lo que más "nos conmueva e interese" y que siempre se constituya como una problemática filosófica que subyace detrás de cualquier revuelo teórico por abstracta que pudiera parecer o por la concreción a objetos más tangibles que resultan de la práctica humana. Éste es, simplemente, un asunto que nos absorberá "mientras el hombre dure" como nos decía Martí, que exige un constante replanteo, nuevas reflexiones, nuevas preguntas y nuevas respuestas; tal vez por eso no nos propusimos verdades acabadas o eternas, lo más importante es, precisamente, que hallamos concientizado el planteamiento del problema en sí mismo, en qué consiste y cuáles pueden ser sus implicaciones, tanto en la vida del individuo como de toda la sociedad. Sería muy arrogante pretender más que eso con este escrito. Al menos, intentamos provocar reflexiones serias y debates marcadamente dialógicos, cuyos horizontes prejuiciales, sin temor al eclecticismo oportunista que suele hacernos daño, comprenda referencias universales que nos ayuden a tener nuestras propias concepciones acerca del hombre como problema filosófico.

 

 

Sobre la incomensurabilidad de las culturas: la historicidad de las concepciones del hombre y de la cultura, entre el etnocentrismo y el relativismo.

 

El etnocentrismo es la tendencia a considerar superior la propia cultura y a aplicar los propios valores culturales para juzgar el comportamiento y las creencias de personas criadas en otras culturas. El etnocentrismo es un universal cultural. Contribuye a la solidaridad social, a generar un sentido de valor y de comunidad entre quienes comparten una tradición cultural. En todas partes la gente piensa que las explicaciones, opiniones y costumbres que les resultan familiares son ciertas, correctas, adecuadas y morales. Ven el comportamiento diferente como extraño o salvaje. Los nombres tribales que aparecen en los libros de antropología suelen proceder de la palabra nativa para persona. «¿Cómo os llamáis?», pregunta el antropólogo. «Mugmug», contestan los informantes. Mugmug podría ser sinónimo de persona, pero también podría ser la única palabra que los nativos tienen para referirse a ellos mismos. Las otras tribus no están consideradas como plenamente humanas. Las cuasi-personas de los grupos vecinos no se clasifican como mugmug. Reciben nombres diferentes que simbolizan su inferior humanidad. A las tribus vecinas se las puede ridiculizar e insultar debido a sus costumbres y preferencias, e incluso reprobar como caníbales, ladrones o gente que no entierra a sus muertos.

En la región del Trans-Fly, en Papúa-Nueva Guinea, viven diversas tribus en las que se valoran más las relaciones homosexuales que las heterosexuales. Los hombres que se crían en la tribu de los etoro (Kelly, 1976) prefieren el sexo oral entre hombres, mientras que sus vecinos, los marind-anim, fomentan el que los hombres practiquen el sexo anal. (En ambos grupos, el coito heterosexual está estigmatizado y permitido sólo con fines reproductores.) Los varones etoro consideran repugnante el sexo anal de los marind-anim, mientras que no ven nada anormal en sus propias prácticas.

Lo opuesto al etnocentrismo es el relativismo cultural, que argumenta que el comportamiento en una cultura particular no debe ser juzgado con los patrones de otra. Esta posición también puede provocar problemas. Llevado al extremo, el relativismo cultural arguye que no hay una moralidad superior, internacional o universal, que las reglas éticas y morales de todas las culturas merecen igual respeto. Desde el punto de vista del relativismo extremo, la Alemania nazi se valora tan neutralmente como la Grecia clásica.

En el mundo actual, los defensores de los derechos humanos cuestionan muchos de los principios del relativismo cultural. Por ejemplo, diversas culturas africanas y de Oriente Medio tienen tradiciones que imponen la modificación genital femenina. La ablación del clítoris consiste en la estirpación de este órgano en las niñas, mientras que la infibulación implica coser los labios de la vagina de manera que Se reduce la apertura vaginal. Ambos procedimientos reducen el placer sexual femenino, y en algunas culturas creen también que evitan las posibilidades de adulterio. Uno o ambos procedimientos han sido una práctica tradicional en ciertas sociedades, pero tales prácticas, caracterizadas por la mutilación genital femenina, se han encontrado con la oposición de los defensores de los derechos humanos, en especial de los grupos que defienden los derechos de las mujeres. La idea es que la tradición infringe un derecho humano fundamental -disponer del propio cuerpo y de la propia sexualidad-. Aunque tales prácticas continúan en algunos lugares, comienzan a disminuir como resultado de la atención que se empieza a prestar en todo el mudo a este problema y al cambio en los roles de sexo-género. Algunos países africanos han prohibido o se han opuesto a estos procedimientos, como también los países occidentales que reciben inmigrantes de tales culturas.

En España se ha propuesto una modificación de las leyes vigentes para que sea constitutivo de delito incluso el llevar a las niñas, con la excusa de las vacaciones, al país de origen para que les sean practicadas estas mutilaciones.

Hasta ahora, al no realizarse la mutilación en el territorio nacional, el acto quedaba fuera de la jurisdicción española, mientras que con la nueva ley se podrían perseguir y castigar tales acciones. Surgen cuestiones similares con la circuncisión y otras operaciones genitales masculinas. ¿Es correcto circuncidar a un bebé masculino sin su conocimiento y sin su permiso, como se ha hecho de manera rutinaria en los Estados Unidos? ¿Es adecuado exigir a muchachos adolescentes que se sometan a una circuncisión colectiva para cumplir con una tradición cultural, como se ha hecho tradicionalmente en ciertas partes de África y de Australia?

La idea de los derechos humanos desafía al relativismo cultural al invocar un ámbito de justicia y de moralidad que v a más allá y está por encima de países, culturas y religiones particulares. Los derechos humanos, que se suelen ver como otorgados a los individuos, incluyen el derecho a hablar libremente, a tener cualquier creencia religiosa y no ser perseguido por ello, y a no ser asesinado, ni herido, ni esclavizado, ni a ser encarcelado sin cargos. No se trata de leyes ordinarias hechas e impuestas por gobiernos particulares. Los derechos humanos se consideran inalienables (los países no pueden limitarlos ni acabar con ellos) e internacionales (de ámbito más amplio y superior que los países y culturas individuales). Cuatro documentos de las Naciones Unidas describen casi todos los derechos humanos internacionalmente reconocidos. Tales documentos son la Carta de la ONU, la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Convenio sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y el Convenio sobre Derechos Civiles y Políticos.

Junto con el movimiento por los derechos humanos ha surgido una conciencia de la necesidad de preservar los derechos culturales. Al contrario que los derechos humanos, los derechos culturales no recaen sobre los individuos, sino sobre los grupos, tal como las minorías étnicas y religiosas y las sociedades o pueblos indígenas. Los derechos culturales incluyen la capacidad de un grupo para preservar su cultura, educar a sus hijos en las formas de sus antepasados, continuar su lengua y no verse privados de su base económica por el país en el que se hallen situados (Greaves, 1995). Muchos países han firmado pactos aprobando, para sus minorías culturales, derechos tales como la autodeterminación, cierto grado de autogobierno y el derecho a practicar 1a religión, a continuar la cultura y a hablar la lengua del grupo. La noción asociada de derechos indígenas de propiedad intelectual (DPI) ha surgido como parte de un intento de conservar la base cultural de cada sociedad -sus creencias y principios fundamenta les-. El DPI se reclama como un derecho cultural que permite a los grupos indígenas controlar quién puede llegar a conocer y a utilizar su saber colectivo y sus aplicaciones. Muchos conocimientos culturales tradicionales tienen un valor comercial. Ejemplo de ello son la etno medicina (conocimientos y técnicas medicinales tradicionales), cosméticos, plantas cultivadas, alimentos, folclore, artes, artesanía, canciones, bailes, trajes y rituales. Según el concepto de DPI, un grupo determinado puede decidir cómo han de usarse el conocimiento indígena y sus productos, y qué nivel de compensación se exige a cambio.

La noción de derechos culturales está asociada con la idea de relativismo cultural y el problema antes discutido vuelve a hacerse patente. ¿Qué hacer con los derechos culturales que interfieren con los derechos humanos? Creo que el principal cometido de la antropología es presentar descripciones y explicaciones precisas de los fenómenos culturales. El antropólogo no tiene que aprobar costumbres como el infanticidio, el canibalismo y la tortura para registrar su existencia y determinar sus causas. Sin embargo, cada antropólogo puede elegir dónde hacer su trabajo de campo. Algunos deciden no estudiar una cultura determinada porque descubren antes o al principio de su trabajo de campo la existencia de comportamientos que consideran moralmente reprobables. Los antropólogos respetan la diversidad humana. La mayoría de los etnógrafos intentan ser objetivos, precisos y receptivos en sus descripciones de otras culturas. Sin embargo, todo esto y una perspectiva transcultural no significa que el antropólogo tenga que ignorar las normas internacionales de justicia y moralidad.

 

 

Identidad y diferencia: el reconocimiento de la alteridad.

 

El debate sobre la inmigración ha planteado de forma aguda las cuestiones del derecho a la diferencia, del futuro del modo de vida comunitario, de la diversidad de las culturas humanas y del pluralismo social y político. Cuestiones de tal importancia no pueden ser tratadas con eslóganes sumarios o respuestas prefabricadas. "Dejemos, pues, de oponer exclusión e integración -escribe Alain Touraine-. La primera es tan absurda como escandalosa, pero la segunda ha tomado dos formas que es preciso distinguir y entre las que hay que buscar, cuando menos, una complementariedad. Hablar de integración tan sólo para decirles a los recién llegados que tienen que ocupar su sitio en la sociedad tal y cual era antes de su llegada, eso está más cerca de la exclusión que de una verdadera integración" .

La tendencia comunitarista empezó a afirmarse a principios de los años ochenta, de la mano de proposiciones ideológicas ciertamente confusas, sobre la noción de "sociedad multicultural". Después pareció remitir a causa de las críticas dirigidas contra ella en nombre del individualismo liberal o del universalismo "republicano": abandono relativo de la temática de la diferencia, considerada como "peligrosa"; denuncia de las comunidades, invariablemente presentadas como "guetos" o "prisiones"; sobrevaloración de las problemáticas individuales en detrimento de las de los grupos; retorno a una forma de antirracismo puramente igualitaria, etc. La lógica del capitalismo, que para extenderse necesita hacer desaparecer las estructuras sociales orgánicas y las mentalidades tradicionales, también ha pesado en ese sentido. El líder de minorías inmigrantes Harlem Désir, acusado a veces de haberse inclinado hacia el "diferencialismo", se ha podido jactar de haber "promovido el compartir valores comunes y no el tribalismo identitario, la integración republicana en torno a principios universales y no la constitución de lobbies comunitarios".

Toda la crítica del modo de vida comunitario se reduce, de hecho, a la creencia de que la diferencia obstaculizaría la comprensión interhumana y, por tanto, la integración. La conclusión lógica de ese planteamiento es que la integración quedará facilitada con la supresión de las comunidades y la erosión de las diferencias. Esta deducción se basa en dos supuestos: 1) Cuanto más "iguales" sean los individuos que componen una sociedad, más se "parecerán" y menos problemática será su integración; 2) La xenofobia y el racismo son el resultado del miedo al Otro; en consecuencia, hacer que la alteridad desaparezca o persuadir a cada cual de que lo Otro es poca cosa si lo comparamos con lo Mismo, entrañará su atenuación e incluso su anulación.

Ambos supuestos son erróneos. Sin duda, en el pasado, el racismo ha podido funcionar como ideología que legitimaba un complejo -colonial, por ejemplo- de dominación y de explotación. Pero en las sociedades modernas, el racismo aparece más bien como un producto patológico del ideal igualitario, es decir, como una puerta de salida obligada ("la única forma de distinguirse") en el seno de una sociedad que, adherida a las ideas igualitarias, percibe toda diferencia como insoportable o como anormal. "El discurso antirracista -escribe a este respecto Jean-Pierre Dupuy- considera como una evidencia que el desprecio racista hacia el otro va a la par con una organización social que jerarquiza a los seres en función de un criterio de valor (…) [Ahora bien] estos presupuestos son exactamente contrarios a lo que nos enseña el estudio comparativo de las sociedades humanas y de su historia. El medio más favorable al reconocimiento mutuo no es el que obedece al principio de igualdad, sino el que obedece al principio de jerarquía. Esta tesis, que los trabajos de Louis Dumont han ilustrado de múltiples maneras, sólo puede ser comprendida previa condición de no confundir jerarquía con desigualdad, sino, al contrario, oponiendo ambos conceptos. (…) En una verdadera sociedad jerárquica, (…) el elemento jerárquicamente superior no domina a los elementos inferiores, sino que es diferente de ellos en el mismo sentido en que el todo engloba a las partes, o en el sentido en que una parte toma la preeminencia sobre otra en la constitución y en la coherencia interna del todo".

Jean-Pierre Dupuy señala también que la xenofobia no se define solamente por el miedo al Otro, sino, quizá más aún, por el miedo a lo Mismo: "De lo que los hombres tienen miedo es de la indiferenciación, y ello porque la indiferenciación es siempre el signo y el producto de la desintegración social. ¿Por qué? Porque la unidad del todo presupone su diferenciación, es decir, su conformación jerárquica. La igualdad, que por principio niega las diferencias, es la causa del temor mutuo. Los hombres tienen miedo de lo Mismo, y la fuente del racismo está ahí".

El miedo a lo Mismo suscita rivalidades miméticas sin fin, y el igualitarismo es, en las sociedades modernas, el motor de esas rivalidades en las que cada cual busca hacerse "más igual" que los otros. Pero, al mismo tiempo, el miedo al Otro se añade al miedo a lo Mismo, produciendo un juego de espejos que se prolonga hasta el infinito. Así, puede decirse que los xenófobos son tan alérgicos a la identidad otra de los inmigrantes (alteridad real o fantasmal) como, inversamente, a cuanto en éstos hay de no diferente, y que el xenófobo experimenta como una potencial amenaza de indiferenciación. En otros términos, el inmigrante es considerado una amenaza al mismo tiempo como persona asimilable y como persona no asimilable. El Otro se convierte así en un peligro en la medida en que es portador de lo Mismo, mientras que lo Mismo es un peligro en la medida en que empuja a reconocer al Otro. Y este juego de espejos funciona tanta más cuanto más atomizada está la sociedad, compuesta por individuos cada vez más aislados y, por tanto, cada vez más vulnerables a todos los condicionamientos.

Así se comprende mejor el fracaso de un "antirracismo" que, en el mejor de los casos, no acepta al Otro más que para reducirlo a lo Mismo. Cuanto más erosiona las diferencias con la esperanza de facilitar la integración, más la hace, en realidad, imposible. Cuanto más cree luchar contra la exclusión queriendo hacer de los inmigrantes individuos desarraigados "como los demás", más contribuye al advenimiento de una sociedad donde la rivalidad mimética desemboca en la exclusión y la deshumanización generalizadas. Y finalmente, cuanto más "antirracista" se cree, más se parece a un racismo clásicamente definido como negación o desvalorización radical de la identidad de grupo, un racismo que siempre ha opuesto la preeminencia de una norma única obligatoria, juzgada explícita o implícitamente como "superior" (y superior por "universal"), sobre los modos de vida diferenciados, cuya mera existencia le parece incongruente o detestable.

Este antirracismo, universalista e igualitario ("individuo-universalista"), prolonga una tendencia secular que, bajo las formas más diversas y en nombre de los imperativos más contradictorios (propagación de la "verdadera fe", "superioridad" de la raza blanca, exportación mundial de los mitos del "progreso" y del "desarrollo"), no ha dejado de practicar la conversión buscando reducir por todas partes la diversidad, es decir, precisamente, tratando de reducir lo Otro a lo Mismo. "En Occidente -observa el etnopsiquiatra Tobie Nathan-, el Otro ya no existe en nuestros esquemas culturales. Ya sólo consideramos la relación con el Otro desde un punto de vista moral, es decir, no sólo de una forma ineficaz, sino también sin procurarnos los medios para comprenderlo. La condición de nuestro sistema de educación es que hemos de pensar que todo el mundo es parecido (…). Decirse 'debo respetar al otro' es algo que no tiene sentido. En la relación cotidiana, este género de frase no tiene ningún sentido si no podemos integrar en nuestros esquemas el hecho de que la naturaleza, la función del Otro, es precisamente ser Otro. (…) Francia es el país más loco para eso. (…) La estructura del poder en Francia parece incapaz de integrar incluso esas pequeñas fluctuaciones que son las lenguas regionales. Pero es justamente a partir de esta concepción del poder como se ha construido la teoría humanista, hasta la Declaración universal de los derechos humanos". Y Nathan concluye: "La inmigración es el verdadero problema de fondo de nuestra sociedad, que no sabe pensar la diferencia".

Es tiempo, pues, de reconocer al Otro y de recordar que el derecho a la diferencia es un principio que, como tal, sólo vale por su generalidad (nadie puede defender su diferencia sino en la medida en que reconoce, respeta y defiende también la identidad del prójimo) y cuyo lugar es el contexto más amplio del derecho de los pueblos y de las etnias: derecho a la identidad y a la existencia colectivas, derecho a la lengua, a la cultura, al territorio y a la autodeterminación, derecho a vivir y trabajar en el propio país, derecho a los recursos naturales y a la protección del mercado, etc.

La actitud positiva será, retomando los términos de Roland Breton, "la que, partiendo del reconocimiento total del derecho a la diferencia, admita el pluralismo como un hecho no solamente antiguo, duradero y permanente, sino también positivo, fecundo y deseable. La actitud que vuelva resueltamente la espalda a los proyectos totalitarios de uniformización de la humanidad y de la sociedad, y que no vea en el individuo diferente ni a un desviado al que hay castigar, ni a un enfermo al que hay que curar, ni a un anormal al que hay que ayudar, sino a otro sí-mismo, simplemente dotado de un conjunto de rasgos físicos o de hábitos culturales, generadores de una sensibilidad, de gustos y de aspiraciones propios. A escala planetaria, es tanto como admitir, tras la consolidación de algunas soberanías hegemónicas, la multiplicación de las independencias, pero también de las interdependencias. A escala regional, es tanto como reconocer, frente a los centralismos, los procesos de autonomía, de organización autocentrada, de autogestión. (…) El derecho a la diferencia supone el respeto mutuo de los grupos y de las comunidades, y la exaltación de los valores de cada cual. (…) Decir 'viva la diferencia' no implica ninguna idea de superioridad, de dominación o de desprecio: la afirmación de sí no se alza rebajando al otro. El reconocimiento de la identidad de una etnia sólo puede sustraer a las otras lo que éstas hayan acaparado indebidamente".

La afirmación del derecho a la diferencia es la única forma de escapar a un doble error: ese error, muy extendido en la izquierda, que consiste en creer que la "fraternidad humana" se realizará sobre las ruinas de las diferencias, la erosión de las culturas y la homogeneización de las comunidades, y ese otro error, muy extendido en la derecha, que consiste en creer que el "renacimiento de la nación" se obrará inculcando a sus miembros una actitud de rechazo hacia los otros.

La identidad

La cuestión de la identidad (nacional, cultural, etc.) también juega un papel central en el debate sobre la inmigración. De entrada, hay que hacer dos observaciones. La primera es que se habla mucho de la identidad de la población de acogida, pero, en general, se habla mucho menos de la identidad de los propios inmigrantes, que sin embargo parece, con mucho, la más amenazada por el propio hecho de la inmigración. En efecto, los inmigrantes, en tanto que minoría, sufren directamente la presión de los modos de comportamiento de la mayoría. Abocada a la desaparición o, inversamente, exacerbada de forma provocadora, su identidad sólo sobrevive, con frecuencia, de manera negativa (o reactiva) por la hostilidad del medio de acogida, por la sobreexplotación capitalista ejercida sobre unos trabajadores arrancados de sus estructuras naturales de defensa y protección.

La segunda observación es la siguiente: resulta llamativo ver cómo, en ciertos medios, el problema de la identidad se sitúa exclusivamente en relación con la inmigración. Los inmigrantes serían la principal "amenaza", si no la única, que pesa sobre la identidad francesa. Pero eso es tanto como pasar por alto los numerosos factores que en todo el mundo, tanto en los países que cuentan con una fuerte mano de obra extranjera como en los que carecen de ella, están induciendo una rápida disgregación de las identidades colectivas: primacía del consumo, occidentalización de las costumbres, homogeneización mediática, generalización de la axiomática del interés, etc.

Con semejante percepción de las cosas, es demasiado fácil caer en la tentación del chivo expiatorio. Pero, ciertamente, no es culpa de los inmigrantes el que los franceses ya no sean aparentemente capaces de producir un modo de vida que les sea propio ni de ofrecer al mundo el espectáculo de una forma original de pensar y de existir. Y tampoco es culpa de los inmigrantes el que el lazo social se rompa allá donde el individualismo liberal se extiende, que la dictadura de lo privado extinga los espacios públicos que podrían constituir el crisol donde renovar una ciudadanía activa, ni que los individuos, sumergidos en la ideología de la mercancía, se alejen cada vez a más de su propia naturaleza. No es culpa de los inmigrantes el que los franceses formen cada vez menos un pueblo, que la nación se convierta en un fantasma, que la economía se mundialice ni que los individuos renuncien a ser actores de su propia existencia para aceptar que sean otros quienes decidan en su lugar a partir de normas y valores igualmente impuestos por mano ajena. No son los inmigrantes, en fin, quienes colonizan el imaginario colectivo e imponen en la radio o en la televisión sonidos, imágenes, preocupaciones y modelos "venidos de fuera". Si hay "mundialismo", digamos también con claridad que, salvo prueba en sentido contrario, de donde proviene es del otro lado del Atlántico, y no del otro lado del Mediterráneo. Y añadamos que el pequeño tendero árabe contribuye ciertamente más a mantener, de forma convivencial, la identidad francesa que el parque de atracciones americanomorfo o el "centro comercial" de capital muy francés.

Las verdaderas causas de la desaparición de la identidad francesa son, de hecho, las mismas que explican la erosión de todas las demás identidades: agotamiento del modelo del Estado-nación, desmoronamiento de todas las instituciones tradicionales, ruptura del contrato civil, crisis de la representación, adopción mimética del modelo americano, etc. La obsesión del consumo, el culto del "éxito" material y financiero, la desaparición de las ideas de bien común y de solidaridad, la disociación del futuro individual y del destino colectivo, el desarrollo de las técnicas, el impulso de la exportación de capitales, la alienación de la independencia económica, industrial y mediática, han destruido por sí solas la "homogeneidad" de nuestras poblaciones infinitamente más de lo que lo han hecho hasta hoy unos inmigrantes que, por cierto, no son los últimos en sufrir las consecuencias de este proceso. "Nuestra 'identidad' -subraya Claude Imbert- queda mucho más afectada por el hundimiento del civismo, más alterada por el braceo cultural internacional de los medios de comunicación, más laminada por el empobrecimiento de la lengua y de los conceptos, más dañada sobre todo por la degradación de un Estado antes centralizado, potente y normativo que fundaba entre nosotros esa famosa 'identidad' (8)". En definitiva, si la identidad francesa (y europea) se deshace, es ante todo a causa de un vasto movimiento de homogeneización tecno-económica del mundo, cuyo vector principal es el imperialismo transnacional o americano-céntrico, y que generaliza por todas partes el no-sentido, es decir, un sentimiento de absurdidad de la vida que destruye los lazos orgánicos, disuelve la socialidad natural y hace que los hombres sean cada día más extraños los unos para los otros.

Desde este punto de vista, la inmigración juega más bien un papel revelador. Es el espejo que debería permitirnos tomar la plena medida del estado de crisis larvada en que nos encontramos, un estado de crisis en el que la inmigración no es la causa, sino una consecuencia entre otras. Una identidad se siente más amenazada cuanto más vulnerable, incierta y deshecha se sabe. Por eso tal identidad ya no puede convertirse en fondo capaz de recibir una aportación extranjera e incluirla dentro de sí. En este sentido, no es que nuestra identidad esté amenazada porque haya inmigrantes entre nosotros, sino que no somos capaces de hacer frente al problema de la inmigración porque nuestra identidad ya está en buena medida deshecha. Y por eso, en Francia, sólo se aborda el problema de la inmigración entregándose a los errores gemelos del angelismo o de la exclusión.

Xenófobos y "cosmopolitas", por otra parte, coinciden en creer que existe una relación inversamente proporcional entre la afirmación de la identidad nacional y la integración de los inmigrantes. Los primeros creen que un mayor cuidado o una mayor conciencia de la identidad nacional nos permitirá desembarazarnos espontáneamente de los inmigrantes. Los segundos piensan que el mejor modo de facilitar la inserción de los inmigrantes es favorecer la disolución de la identidad nacional. Las conclusiones son opuestas, pero la premisa es idéntica. Unos y otros se equivocan. Lo que obstaculiza la integración de los inmigrantes no es la afirmación de la identidad nacional sino, al contrario, su desvanecimiento. La inmigración se convierte en un problema porque la identidad nacional es incierta. Y al contrario, las dificultades vinculadas a la acogida e inserción de los recién llegados podrán resolverse gracias a una identidad nacional reencontrada.

Vemos así hasta qué punto es insensato creer que bastará con invertir los flujos migratorios para "salir de la decadencia". La decadencia tiene otras causas, y si no hubiera un sólo inmigrante entre nosotros, no por eso dejaríamos de hallarnos confrontados a las mismas dificultades, aunque esta vez sin un chivo expiatorio. Obnubilándose con el problema de la inmigración, haciendo de los inmigrantes responsables de todo lo que no funciona, se oblitera el concurso de otras causas y de otras responsabilidades. En otros términos, se lleva a cabo una prodigiosa desviación de la atención. Sería interesante saber en beneficio de quién.

Pero aún hay que interrogarse más sobre la noción de identidad. Plantear la cuestión de la identidad francesa, por ejemplo, no consiste fundamentalmente en preguntarse quién es francés (la respuesta es relativamente simple), sino más bien en preguntarse qué es lo francés. Ante esta pregunta, mucho más esencial, los cantores de la "identidad nacional" se limitan en general a responder con recuerdos conmemorativos o evocaciones de "grandes personajes" considerados más o menos fundadores (Clodoveo, Hugo Capeto, los cruzados, Carlos Martel o Juana de Arco), inculcados en el imaginario nacional por una historiografía convencional y devota.  Ahora bien, este pequeño catecismo de una especie de religión de Francia (donde la "Francia eterna", siempre idéntica a sí misma, se halla en todo momento presta a enfrentarse a los "bárbaros", de modo tal que lo francés termina definiéndose, al final, como lo que no es extranjero, sin más característica positiva que su no-inclusión en el universo ajeno) no guarda relación sino muy lejana con la verdadera historia de un pueblo cuyo rasgo específico, en el fondo, es la forma en que siempre ha sabido hacer frente a sus contradicciones. De hecho, la religión de Francia es hoy instrumentalizada para restituir una continuidad nacional desembarazada de toda contradicción en una óptica maniquea donde la mundialización (la "anti-Francia") es pura y simplemente interpretada como "complot". Las referencias históricas quedan así situadas en una perspectiva ahistórica, perspectiva casi esencialista que no aspira tanto a contar la historia como a describir un "ser" que sería siempre lo Mismo, que no se definiría más que como resistencia a la alteridad o rechazo del Otro. Lo identitario queda así inevitablemente limitado a lo idéntico, a la simple réplica de un "eterno ayer", de un pasado glorificado por la idealización, una entidad ya construida que sólo nos resta conservar y transmitir como una sustancia sagrada. Paralelamente, el propio sentimiento nacional queda desligado del contexto histórico (la aparición de la modernidad) que ha determinado su nacimiento. La historia se convierte, pues, en no-ruptura, cuando la verdad es que no hay historia posible sin ruptura. Se convierte en simple duración que permite exorcizar la separación, cuando la verdad es que la duración es, por definición, disparidad, separación entre uno y uno mismo, perpetua inclusión de nuevas separaciones. En definitiva, el catecismo nacional se sirve de la historia para proclamar su clausura, en vez de encontrar en ella un estímulo para dejar que prosiga.

Pero la identidad nunca es unidimensional. No sólo asocia siempre círculos de múltiple pertenencia, sino que combina factores de permanencia y factores de cambio, mutaciones endógenas y aportaciones exteriores. La identidad de un pueblo o de una nación no es tampoco solamente la suma de su historia, de sus costumbres y de sus características dominantes. Como escribe Philippe Forget, "un país puede aparecer, a primera vista, como un conjunto de características determinadas por costumbres y hábitos, factores étnicos, geográficos, lingüísticos, demográficos, etc. Sin embargo, esos factores pueden aparentemente describir la imagen o la realidad social de un pueblo, pero no dan cuenta de lo que es la identidad de un pueblo como presencia originaria y perenne. En consecuencia, los cimientos de la identidad hay que pensarlos en términos de apertura del sentido, y aquí el sentido no es otra cosa que el lazo constitutivo de un hombre o de una población y de su mundo".

Esta presencia, que significa la apertura de un espacio y de un tiempo -prosigue Philippe Forget-, "no debe remitir a una concepción substancialista de la identidad, sino a una comprensión del ser como juego de diferenciación. No se trata de aprehender la identidad como un contenido inmutable y fijo, susceptible de ser codificado en un canon (…) Frente a una concepción conservadora de la tradición, que la concibe como una suma de factores inmutables y transhistóricos, la tradición, o mejor, la tradicionalidad debe ser aquí entendida como una trama de diferencias que se renuevan y se regeneran en el terreno de un patrimonio constituido por un agregado de experiencias pasadas, y puesto a prueba en su propia superación. En ese sentido, la defensa no puede y no debe consistir en la protección de formas de existencia postuladas como intangibles; debe más bien dirigirse a proteger a las fuerzas que permiten a una sociedad metamorfosearse a partir de sí misma. La repetición hasta lo idéntico de un sitio o la acción de 'habitar' según la práctica de otro conducen por igual a la desaparición y a la extinción de la identidad colectiva".

Como ocurre con la cultura, la identidad tampoco es un esencia que pueda ser fijada o reificada por el discurso. Sólo es determinante en un sentido dinámico, y sólo es posible aprehenderla desde las interacciones (o retro-determinaciones) tanto de las decisiones como de las negaciones personales de identificación, y de las estrategias de identificación que laten bajo ellas. Incluso considerada desde el momento del origen, la identidad es indisociable del uso que se hace -o que no se hace- de ella en un contexto cultural y social particular, es decir, en el contexto de una relación con los otros. Por eso la identidad es siempre reflexiva. En una perspectiva fenomenológica, implica no disociar nunca la propia constitución y la constitución del prójimo. El sujeto de la identidad colectiva no es un "yo" o un "nosotros", entidad natura, constituida de una vez para siempre, espejo opaco donde nada nuevo puede venir a reflejarse, sino un "sí" que continuamente apela a nuevos reflejos.

Se impone recuperar la distinción formulada por Paul Ricoeur entre identidad idem e identidad ipse. La permanencia del ser colectivo a través de cambios incesantes (identidad ipse) no puede limitarse a lo que pertenece al orden del acontecimiento o de la repetición (identidad idem). Al contrario, se halla vinculada a toda una hermenéutica del "sí", a todo un trabajo narrativo destinado a hacer aparecer un "lugar", un espacio-tiempo que configura un sentido y forma la condición misma de la apropiación de sí. En efecto, en una perspectiva fenomenológica, donde nada es dado de forma natural, el objeto procede siempre de una elaboración constituyente, de un relato hermenéutico caracterizado por la afirmación de un punto de vista que organiza retrospectivamente los acontecimientos para darles un sentido. "El relato construye la identidad narrativa construyendo la de la historia contada -dice Ricoeur-. Es la identidad de la historia la que hace la identidad del personaje". Defender la propia identidad no es, pues, contentarse con enumerar ritualmente puntos de referencia históricos fundacionales, ni cantar al pasado para mejor evitar hacer frente al presente. Defender la propia identidad es comprender la identidad como aquello que se mantiene en el juego de las diferenciaciones -no como lo mismo, sino como la forma siempre singular de cambiar o de no cambiar.

No se trata, pues, de elegir la identidad idem contra la identidad ipse, o a la inversa, sino de aprehender ambas en sus relaciones recíprocas por medio de una narración organizadora que toma en cuenta tanto la comprensión de sí como la comprensión del otro. Recrear las condiciones en las que vuelva a ser posible producir tal relato constituye la apropiación de sí. Pero es una apropiación que nunca queda fijada, pues la subjetivación colectiva procede siempre de una opción más que de un acto, y de un acto más que de un "hecho". Un pueblo se mantiene gracias a su narratividad, apropiándose su ser en interpretaciones sucesivas, convirtiéndose en sujeto al narrarse a sí mismo y evitando así perder su identidad, es decir, evitando convertirse en objeto de la narración de otro. "Una identidad -escribe Forget- es siempre una relación de sí a sí, una interpretación de sí mismo y de los otros, de sí mismo por los otros. En definitiva, es el relato de sí, elaborado en la relación dialéctica con el otro, lo que completa la historia humana y entrega una colectividad a la historia. (…) La identidad personal perdura y concilia estabilidad y transformación por medio del acto del relato. Ser como sujeto depende de un acto narrativo. La identidad personal de un individuo, de un pueblo, se construye y se mantiene mediante el movimiento del relato, mediante el dinamismo de la intriga que fundamenta la operación narrativa, como dice Ricoeur".

Por último, lo que más amenaza hoy a la identidad nacional posee una fuerte dimensión endógena, representada por la tendencia a la implosión de lo social, es decir, la desestructuración interna de todas las formas de socialidad orgánica. A este respecto, Roland Castro ha podido justamente hablar de esas sociedades donde "nadie soporta ya a nadie", donde todo el mundo excluye a todo el mundo, donde todo individuo se hace potencialmente extranjero para todo individuo. Al individualismo liberal hay que achacarle la mayor responsabilidad en este punto. ¿Cómo hablar de "fraternidad" (en la izquierda) o de "bien común" (en la derecha) en una sociedad donde cada cual se sumerge en la búsqueda de una maximización de sus propios y exclusivos intereses, en una rivalidad mimética sin fin que adopta la forma de una huida hacia delante, de una competencia permanente desprovista de toda finalidad?

Como ha subrayado Christian Thorel, "el recentraje sobre el individuo en detrimento de lo colectivo conduce a la desaparición de la mirada hacia el otro". El problema de la inmigración corre el riesgo, precisamente, de obliterar esta evidencia. Por una parte, esa exclusión de la que los inmigrantes son víctimas puede hacernos olvidar que hoy vivimos cada vez más en una sociedad donde la exclusión es también la regla entre los propios "autóctonos". ¿Cómo soportar a los extranjeros cuando nosotros mismos nos soportamos cada vez menos? Por otro lado, ciertos reproches se desmoronan por sí mismos. Por ejemplo, a los jóvenes inmigrantes que "tienen odio" seles dice con frecuencia que deberían respetar el "país que les acoge". ¿Pero por qué los jóvenes inmigrantes deberían ser más patriotas que unos jóvenes franceses que tampoco lo son? El mayor riesgo, por último, sería dejar creer que la crítica de la inmigración, en sí misma legítima, será facilitada por el aumento de los egoísmos, cuando en realidad es ese aumento el que más profundamente ha deshecho el tejido social. Ahí está, por otro lado, todo el problema de la xenofobia. Hay quien cree fortalecer el sentimiento nacional fundándolo sobre el rechazo del Otro. Tras lo cual, ya adquirido el hábito, serán sus propios compatriotas los que terminarán encontrando normal el hecho de rechazar.

Una sociedad consciente de su identidad sólo puede ser fuerte si logra anteponer el bien común al interés individual; si logra anteponer la solidaridad, la convivencia y la generosidad hacia los otros a la obsesión por la competencia el triunfo del "Yo". Una sociedad consciente de su identidad sólo puede durar si se impone reglas de desinterés y de gratuidad, que son el único medio de escapar a la reificación de las relaciones sociales, es decir, al advenimiento de un mundo donde el hombre se produce a sí mismo como objeto tras haber transformado todo cuanto le rodea en artefacto. Porque es evidente que no será proclamando el egoísmo, ni siquiera en nombre de la "lucha por la vida" (simple transposición del principio individualista de la "guerra de todos contra todos"), como podremos volver a crearse esa socialidad convivencial y orgánica sin la cual no hay pueblo digno de tal nombre. No hallaremos la fraternidad en una sociedad donde cada cual tiene por única meta "triunfar" más que el prójimo. No restituiremos el querer vivir juntos apelando a la xenofobia, es decir, a un odio por principio al Otro; un odio que, poco a poco, terminará extendiéndose contra todos.