ANTROPOLOGÍA
|
ANTROPOLOGÍA BIOLÓGICA |
||||


“...todo
lo que es universal en el hombre proviene del orden de la naturaleza y se caracteriza
por la espontaneidad..., todo lo que está sujeto a una norma pertenece a la
cultura y presenta los atributos de lo relativo y particular” (C.
Lévi-Strauss).
Una de las ramas de la antropología física
tiene como objetivo reconstruir la línea evolutiva del hombre. En la década de
1960 los paleoantropólogos Louis Seymour Bazett Leakey, su esposa Mary Douglas
Leakey y su hijo Richard Erskine Leakey encontraron una serie de fósiles en la
garganta de Olduvai, África oriental, que desencadenó una revisión profunda de
la evolución biológica de los seres humanos. Los restos fósiles desenterrados a
finales de 1970 y 1980 proporcionaron después pruebas adicionales, en el
sentido de que el género Homo
coexistió en África oriental con otras formas evolucionadas de hombre-simio
conocidas como australopitecinos hace más de 4 millones de años. Estos
dos homínidos son al parecer descendientes de un fósil etíope, el Australopithecus afarensis, que tiene
una antigüedad datada entre 3 y 3,7 millones de años —la famosa Lucy,
descubierta en 1974, es uno de los fósiles encontrados. Estos antiguos
antecesores del hombre tenían las piernas y el cuerpo adaptados para caminar
erguidos, lo cual dejaba sus manos libres para manipular diversos utensilios.
Más tarde, investigadores de la Universidad de California descubrieron
numerosos fósiles en la garganta de Olduvai, lo que reforzó aún más la tesis de
la irregularidad del proceso de evolución humana. Este nuevo fósil tenía
aproximadamente 1,8 millones de años de antigüedad, presentaba huesos de los
brazos y las piernas que confirmaban una locomoción vertical relativamente
evolucionada, pero su capacidad craneana reducida y marcadas diferencias de
estatura entre hombres y mujeres no diferían demasiado de Lucy.
Algunos utensilios de piedra sin tallar,
hallados con ciertos fósiles de Homo
en yacimientos del este de África, demuestran que hace casi 3 millones de años
ya eran capaces de fabricar herramientas. Esta habilidad técnica contribuyó al
aparente éxito evolutivo del Homo
habilis. En comparación con los australopitecinos vegetarianos, los
antecesores modernos de los seres humanos, tipo Homo habilis, parecen haber evolucionado al incorporar la carne
como parte esencial de su dieta alimenticia, a juzgar por la disposición de los
dientes y la utilización de ciertas herramientas.
A medida que han ido aumentando los
descubrimientos de fósiles homínidos, al parecer fue en África, y no en Asia,
donde se produjo la primera hominización. Los fósiles de Homo habilis apuntan hacia una criatura de unos 91 cm de estatura,
con una capacidad craneana de unos 600 cm3. Sin embargo, se han hallado en África
oriental restos de una especie mayor de Homo
con capacidad craneana superior a los 800 cm3, de unos 1,5 millones de años de
antigüedad. Este protohumano mayor, denominado generalmente Homo erectus, se extendió desde África hacia Europa y Asia hace aproximadamente
un millón de años, y desarrolló una gama más completa de herramientas.
Los restos más conocidos del Homo erectus son el célebre hombre de
Java, que antes se conocía técnicamente como Pithecanthropus, así como el igualmente famoso hombre de Pekín, una
colección de componentes de esqueletos hallados en Zhoukoudian, cerca de Pekín
(China), y que en principio recibió el nombre de Sinanthropus pekinensis. Ambos son mucho más recientes que los
yacimientos que conforman el Homo habilis
de África oriental, y se remontan a 750.000 y 300.000 años. Los fósiles del
hombre de Pekín son especialmente interesantes, ya que el tamaño del cerebro es
incluso mayor que el de Java, con un promedio superior a los 1.050 cm3, y cuyo cráneo y otros elementos óseos son
ligeramente más modernos. También se han hallado fósiles de Homo erectus en Europa y en África junto
a numerosos utensilios de piedra y otras herramientas, que prueban la
existencia de una sociedad de cazadores-recolectores muy básica. En
Zhoukoudian, los arqueólogos se encontraron con el testimonio más antiguo del
uso del fuego por el hombre, así como algunos indicios de canibalismo.
Hay antropólogos que consideran como
antepasados directos del hombre a los ejemplares de Neandertal y a las docenas
de fósiles emparentados; otros opinan que sólo son una ramificación del Homo sapiens que se extinguió hace
decenas de miles de años. Se calcula que hace entre 100.000 y 35.000 años, los
hombres de Neandertal ya eran una población de cazadores-recolectores extendida
por gran parte de Europa y de Oriente Próximo; de constitución robusta y cejas
espesas, con capacidad craneana de unos 1.500 cm3, mayor que la de gran parte de los Homo sapiens sapiens, especie a la
que pertenecemos los seres humanos modernos. Se han encontrado fósiles que
algunos consideran intermedios entre los de Neandertal y el Homo sapiens sapiens. Estos restos
podrían ser la prueba del cruce de los Neandertal con los antepasados directos
del hombre, o simplemente reflejan una multitud de variantes dentro de la misma
población de Homo sapiens (las tesis
más modernas se inclinan hacia el primer supuesto). Desde las últimas fases de
los periodos glaciales, en Europa, África y otros muchos lugares se han
sucedido los hallazgos de un sinfín de restos fósiles que se asemejan al hombre
moderno.
En el continente americano, sin embargo,
ningún rastro humano tiene más de 15.000 años, y los únicos ejemplares óseos
que cuentan algunos miles de años pertenecen todos al Homo sapiens sapiens. Por tanto, parece que la evolución biológica
que derivó en el hombre moderno tuvo lugar en el Viejo Mundo.
Debido a que los seres humanos son primates
emparentados genéticamente con otros simios y monos el estudio de la conducta,
la dinámica de la población, los hábitos alimenticios y otras cualidades de los
mandriles, chimpancés, gorilas y primates análogos, constituye una dimensión
comparativa esencial de la antropología. La etóloga británica Jane Goodall y
sus colegas dedicaron años a la observación de los chimpancés en una reserva
del lago Tanganica (Tanzania) y descubrieron que estos animales son capaces de
usar útiles simples —sobre todo, pequeños palos para conseguir termitas y
hormigas— y lanzar de forma eficaz piedras; en uno de los experimentos se
observó a los chimpancés usando palos gruesos para apalear a un leopardo
disecado. Además se comunican entre sí tanto vocal como físicamente. Estudios
realizados acerca de los esquemas de comunicación y de la vida en grupo de los
simios y los monos, facilitan la comprensión del pasado remoto del hombre.
Otra de las ramas importantes de la
antropología física la constituye el estudio de los pueblos contemporáneos y de
sus diferentes rasgos biológicos. Gran parte de los estudios y discusiones de
antaño se centraron en la identificación, número y características de las razas
principales. A medida que se fueron desarrollando técnicas más perfectas para
medir el color de la piel y los ojos, la textura del cabello, el tipo
sanguíneo, la capacidad craneana y demás variables, la clasificación de las
razas se hizo más compleja. Los teóricos modernos mantienen que cualquier idea
sobre las denominadas ‘razas puras’ o arquetipos ancestrales es engañosa y
errónea. Todos los seres humanos actuales son Homo sapiens sapiens y descienden de los mismos orígenes universales
y complejos. Los rasgos genéticos siempre han variado con la geografía según la
respuesta biológica de su adaptación al entorno, pero en cada región la
herencia genética produce una gama de variedades tipo y combinaciones
intermedias. Por tanto, la asimilación de las personas a categorías según
posibles razas es más un planteamiento social y político que biológico. Los
calificativos ‘asiático’, ‘negro’, ‘hispano’ o ‘blanco’ obedecen a definiciones
sociales que conllevan una gran mezcla de características genéticas y
culturales.
Después de que los antropólogos biológicos
centraran su atención en los complejos patrones de la genética humana,
estudiaron la interacción de las adaptaciones genéticas y las adaptaciones (no
genéticas) fisiológicas y culturales, en relación con la enfermedad, la
desnutrición y la presión del entorno, así como las grandes altitudes y los
climas calurosos. Los médicos y antropólogos especialistas en nutrición
combinan los enfoques biológicos y genéticos con datos culturales y sociales,
ya sea para estudiar enfermedades como la hipertensión y la diabetes o para
investigar el crecimiento y el desarrollo en diferentes condiciones de
alimentación y salud.
El médico estadounidense, galardonado con el
Premio Nobel, Daniel Carleton Gajdusek, adquirió especial renombre por su
descubrimiento de que el kuru (‘temblores’), enfermedad debilitante que sólo
existe entre pueblos aislados de las montañas de Nueva Guinea, estaba causada
por un agente infeccioso lento denominado prión (que consiguió aislar e
identificar) transmitido a través de la antropofagia. Algunos antropólogos
biológicos han detectado los esquemas genéticos de otras enfermedades, como la
anemia de células falciformes, talasemia y diabetes.
El término raza es polémico por las nociones de
superioridad e inferioridad que lleva implícitas. La raza constituyó la
justificación para implantar el estado de esclavitud, la persecución de
minorías y otros grupos sociales, como la del pueblo judío durante la Alemania
nazi, o el sistema de apartheid en Suráfrica.
Históricamente, los antropólogos físicos habían dividido
a la humanidad, atendiendo a sus rasgos morfológicos, en tres grandes
subdivisiones o razas: negroide, mongoloide y caucasiana. Algunos científicos
fueron más allá añadiendo la amerindia y la oceánica.
Como concepto biológico, la raza era más evidente cuando
las diferencias hacían referencia a los rasgos morfológicos, como la
pigmentación de la piel, el color, forma y grosor del cabello, la forma de la
nariz o la estructura corporal. La aparición del análisis genético vino a
refutar esta idea. Antes de esta definición, la clasificación de las razas
dependía de una combinación de factores geográficos, ecológicos y morfológicos.
En la segunda mitad del siglo XX, las investigaciones
sobre las distribuciones de frecuencias de genes invalidó este enfoque.
Concebir fronteras nítidas entre las diferentes razas era posible desde el
punto de vista morfológico, pero la utilización del análisis genético demostró
que las variantes hereditarias eran indiferentes a tales delimitaciones,
permitiendo a las razas entremezclarse a través de otras formas intermedias.
Hoy, a la vista de su movilidad e interrelación cada vez mayor, es patente su
número infinito.
El concepto de raza, invalidado por la moderna
investigación genética, no ha desaparecido del todo. Algunos eruditos todavía
lo utilizan; sin embargo, muchos expertos lo desaconsejan, incluso como idea
científica, debido a sus connotaciones políticas y al auge que están teniendo
algunas ideologías racistas en algunos países de Europa occidental.
Teoría fundamentada en el prejuicio según el cual hay
razas humanas que presentan diferencias biológicas que justifican relaciones de
dominio entre ellas, así como comportamientos de rechazo o agresión. El término
'racismo' se aplica tanto a esta doctrina como al comportamiento inspirado en
ella y se relaciona frecuentemente con la xenofobia y la segregación social,
que son sus manifestaciones más evidentes.
La evolución de las culturas muestra que el fenómeno del
racismo encuentra su fundamento en la concepción que los hombres tienen de la
diversidad. De ello dan claro testimonio los sentimientos de xenofobia que
desatan las luchas étnicas o tribales.
En la Grecia antigua la afirmación de una identidad
colectiva por oposición a algunas etnias y a ciertos grupos de población, se
traducía en el hecho de que los habitantes de las ciudades llamaban 'bárbaros'
a aquellos que vivían fuera de los límites del mundo griego.
La antigua práctica de la esclavitud y de la servidumbre
ilustra igualmente las relaciones de dominio que han existido en el curso de la
historia en etnias y pueblos diferentes, o incluso dentro de sociedades y
grupos culturales. Señores y esclavos podían pertenecer a un mismo origen
étnico, pero las diferencias sociales estaban claramente marcadas: los esclavos
no tenían derechos, ni siquiera el de ciudadanía. La misma regla se aplicó a
los pueblos vencidos en la guerra y reducidos a la esclavitud. Este último
ejemplo, en el que la opresión se ejerce sobre grupos humanos específicos,
culturalmente diferentes de sus opresores, se corresponde con las tesis
racistas formuladas en la época moderna y su práctica.
Las primeras colonizaciones marcan el principio de la
servidumbre de etnias específicas que iban a convertirse en pueblos dominados,
forzados a inclinarse ante una voluntad externa. Al extenderse el colonialismo,
Europa se arrogó una misión cultural, adoptando como vocación ideológica la
educación social y religiosa de los pueblos llamados 'salvajes', cuya cultura
fue sistemáticamente ignorada y abocada a la desaparición. El progreso
científico y técnico que tuvo lugar en Europa contribuyó a reforzar el
sentimiento de superioridad de los occidentales, que consideraron su supremacía
como natural e inherente a su civilización.
La colonización de América del Norte y del Sur, así como
la de Australia entre los siglos XVII y XVIII, la política colonialista de
Japón a comienzos del siglo XX o el Holocausto en Europa, son otros tantos
ejemplos de racismo.
Los principales elementos fundadores del racismo, que
surgieron durante el periodo de colonización, son la conciencia de la identidad
cultural propia de cada pueblo, la introducción de la jerarquía en estas
culturas y, en consecuencia, el establecimiento de relaciones de dominio entre
esos pueblos. A la afirmación de superioridad de ciertas civilizaciones sobre
otras, se añaden en los siglos XIX y XX las teorías que asimilan esta jerarquía
a un determinismo natural fundamentado en el concepto de raza.
Desde el siglo XVI, sociedades que se proclamaban
científicas han buscado clasificar las razas humanas intentando crear
estereotipos. La arbitraria clasificación de los hombres en distintas razas en
función del aspecto exterior y de las capacidades de inteligencia da pie a
teorías como la del diplomático y filósofo francés Gobineau en el siglo XIX. En
su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), aparecido
cinco años después de la abolición de la esclavitud en las colonias de Francia,
achacaba el declive de la sociedad al envejecimiento de las razas. El
pensamiento racista, contemporáneo del darwinismo social, se va estructurando
poco a poco en doctrinas que preconizan la eugenesia, es decir, la aplicación
de leyes biológicas al perfeccionamiento de la especie humana. Gustave Le Bon
sostenía que los extraños alteran el alma de los pueblos y Houston Stewart
Chamberlain, que el peligro procedía del caos étnico.
El antisemitismo que representa una de las formas más
extremas y violentas del racismo, llegó al paroxismo con el nacionalsocialismo,
responsable del genocidio de los judíos durante la II Guerra Mundial. La
valorización sistemática de la idea del dominio de una 'raza superior', que
constituía la base ideológica del Holocausto, engendró fenómenos de rechazo
(segregación, creación de guetos), de avasallamiento (trabajos forzados), de
expulsión (desplazamiento de poblaciones) y finalmente llevó al genocidio.
Por regla general, este sentimiento de superioridad va
acompañado de la convicción de que las otras razas suponen un peligro, o son
susceptibles de generar desórdenes sociales. Este prejuicio se apoya en el
conocido mecanismo de búsqueda de una víctima propiciatoria. Se convierte a un
grupo social en responsable de las crisis económicas y políticas, y se le acusa
de ser un elemento naturalmente perturbador.
A principios del siglo XX tuvo lugar una toma de
conciencia internacional del fenómeno del racismo. Los procesos de Nuremberg a
los criminales de guerra nazis crearon una situación psicológica y política
decisiva en la voluntad de las naciones para erradicar el racismo. Sin embargo,
en la sociedad actual aún perduran numerosas formas de racismo, a pesar de las
exhortaciones de los organismos internacionales y especialmente de los acuerdos
alcanzados respecto a los derechos de las minorías y de las personas. El
apartheid en Africa del Sur ha ignorado estos acuerdos sistemáticamente hasta
1990. La masacre de la minoría tutsi en Ruanda en 1993 y la 'limpieza étnica'
emprendida por los serbios en la antigua Yugoslavia a partir de 1991, son
claras violaciones de los acuerdos internacionales.
Aunque el racismo no se haya erradicado, la ideología en
la que se basa ha sido sometida a una crítica radical en la segunda mitad del
siglo XX. La ciencia ha rechazado el concepto de raza poniendo en evidencia su
carácter subjetivo, basado en prejuicios. Antropólogos, biólogos, genetistas y
sociólogos han demostrado que la noción de raza carecía de sentido en la medida
en que el género humano es uno e indivisible.
Organizaciones antirracistas nacionales e
internacionales luchan contra cualquier forma de discriminación. Las actitudes
racistas que combaten numerosas organizaciones tienen en buena medida razones
psicológicas. Se fundan en reacciones de miedo ante la diversidad y a la
incomprensión de lo desconocido, que engendra sentimientos de odio y una
violencia muchas veces mal dirigida. Debido a la complejidad del fenómeno, el
racismo es difícil de combatir.