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MIGUEL HERNÁNDEZ

Hay en la historia de la literatura española numerosos casos de escritores, donde la vida y la obra aparecen íntimamente unidas: desde Garcilaso de la Vega, en el siglo XVI, hasta Gustavo Adolfo Bécquer, en el XIX. Pero es difícil encontrar un autor enfrentado a circunstancias vitales tan adversas como Miguel Hernández.

Precisamente, en estas circunstancias, que condicionaron su existencia, centra su excelente biografía Eutimio Martín.

La primera de ellas fue que su padre le obligó a salir del colegio -donde había demostrado sus cualidades para el estudio- a los 15 años, lo cual le causó una profunda frustración. Años más tarde, escribió Miguel Hernández:

“Al hijo del rico se le daban a escoger títulos y carreras; al hijo del pobre siempre se le ha obligado a ser el mulo de carga de todos los oficios. No le han dejado ni tiempo ni voluntad para elegir un camino en el trabajo. (…) Las universidades no han tenido puertas ni libros para los hijos pobres (…) los hijos de los ricos, por muy dignos de cuidar cerdos que fueran, gozaban de todo y sólo para ellos se abrían las aulas.”

La segunda circunstancia adversa fue la frustración amorosa, a pesar de que se incluya a la pareja Miguel y Josefina, su mujer, entre los amantes célebres. Tanto su primer libro de poemas “Perito en lunas”, como su segundo “El rayo que no cesa”, ocultan una libido desenfrenada:

 

“¿No cesará este rayo que me habita

el corazón de exasperadas fieras

y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?

 

¿No cesará esta terca estalactita

de cultivar sus duras cabelleras

como espadas y rígidas hogueras

hacia mi corazón que muge y grita?

 

Este rayo no cesa ni se agota:

de mí mismo tomó su procedencia

y ejercita en mí mismo sus furores.

 

Esta obstinada piedra de mí brota

y sobre mí dirige la insistencia

de sus lluviosos rayos destructores.”

Considera Eutimio Martín que el rayo que no cesa de herir al poeta es la consecuencia angustiosa de un deseo sexual insatisfecho.

La tercera fue la guerra civil, cuyo desenlace acabó no sólo con el ideal republicano de convertir a España en un país más justo, sino también con su aspiración personal de ejercer con libertad el oficio de poeta:

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”

Tras la guerra civil, estando Miguel Hernández en la cárcel, condenado a muerte por haber permanecido, durante toda la contienda, en la zona roja, escribiendo y hablando en defensa de la causa republicana, se negó a colaborar con la nueva prensa del régimen franquista, sabiendo que, si aceptaba, podía conseguir su liberación. Fue el último ejemplo de coherencia y fidelidad a sus ideas.

En estos tiempos que corren, donde la corrupción está a la vuelta de la esquina, recordar a Miguel Hernández, con motivo del primer centenario de su nacimiento, es recordar a un poeta entregado con pasión al oficio de escribir y a una persona digna e íntegra.

Finaliza Eutimio Martín su muy recomendable biografía con estas palabras dichas por el poeta de Orihuela al escultor Alberto Sánchez, pero que se podrían aplicar a él mismo:

“La vida de los hombres suele ser retorcida como las raíces de los tomillos en su lucha por subsistir; pero hay muy pocos que al final de esta lucha huelan tan profundamente y limpiamente como éste.”

 

JOSÉ SARAMAGO

Ayer murió el escritor portugués, afincado en España, José Saramago, que había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1998. Entre todas sus novelas, recomendamos la lectura de “Todos los nombres”, cuyo argumento es bien sencillo: un funcionario, que trabaja en la Conservaduría General del Registro Civil, cansando de su vida rutinaria, decide investigar la vida de una mujer, cuya ficha de nacimiento ha caído al azar entre sus manos.

Don José, éste es el nombre del funcionario, representa la lucha del individuo frente a la sociedad, que trata de convertirlo en una pieza más del engranaje, sin capacidad de pensar, un ser adscrito a un lugar de trabajo y a una casa, como los siervos de la gleba, rodeado de compañeros, que apenas le dirigen la palabra, y de fichas con nombres.

Ante esta opresión, se rebela de  un modo muy particular, iniciando la búsqueda de una mujer desconocida, pero recreándose en el proceso de localización. Los lectores le acompañamos en el mismo, entre complacidos e intrigados, conociendo poco a poco las reacciones del personaje en situaciones insólitas, que él mismo va creando, asistiendo a sus conversaciones con el techo, y guiados por un narrador que hace, al mismo tiempo, las veces de lector, con juicios y comentarios sobre la actuación de don José.

El escritor portugués utiliza así la misma técnica que los juglares de la Edad Media, los cuales, al recitar los cantares de gesta, interpelaban a los oyentes, con la finalidad de implicarlos en lo que estaban narrando.

Después de mostrarnos el comportamiento hostil, en el que vive el protagonista y de contar la búsqueda de la mujer desconocida, que va a dar sentido a su existencia, Saramago nos ofrece un desenlace sorprendente, entre los muchos que se imagina el lector, pues, en el desarrollo de la novela, se da pie a que pensemos en diferentes finales para la aventura de don José.

Valga la recomendación de esta lectura, como recuerdo y homenaje a un escritor comprometido, que denunció, a través de sus obras, aunque sin renunciar a la calidad literaria de las mismas, los problemas del mundo contemporáneo, en especial los de las personas más desfavorecidas.

El Suplemento Cultural Babelia, que publica los sábados el periódico El País, ha propuesto a algunos escritores, en su blog “Papeles perdidos”, qué personaje de la literatura le hubiera gustado ser. Así, por ejemplo:

Ángeles Caso ha elegido Ulises, porque “el personaje de Homero tiene un valor extraordinario y se enfrenta a las situaciones más catastróficas, siendo muy conciente de lo que le está pasando sin perder el coraje”.

Javier Marías, ha optado por Sherlock Holmes, porque “es una persona muy inteligente que vive en permanente alerta y captando lo que le rodea de la gente, mucho más de lo que cualquiera de nosotros solemos hacer”.

Julia Navarro, ha preferido Dulcinea, “porque sin ella no se puede entender Don Quijote, la obra de Cervantes. Ella es la persona por la que él hace todo lo que hace. Me conmueve el personaje por ser Dulcinea en la realidad y por la imagen que se tiene de ella. A todos nos gustaría que nos vieran a través de ese filtro de los sueños”.

Os propongo que digáis vosotros qué personaje literario os hubiera gustado ser. A mí, particularmente, me han interesado mucho los personajes de las novelas de Luis Landero y, en especial, la relación que establecen Gregorio Olías y Dacio Gil en “Juegos de la edad tardía”. Los dos sienten que sus vidas son un fracaso. Se conocen por casualidad, a través del teléfono, y poco a poco van tomando confianza. Dacio, que vive en el pueblo, le pide a Gregorio que le informe de lo que sucede en el mundo. Éste lo hace puntualmente, todos los lunes y jueves, primero, siendo fiel a la realidad, pero, después, alterando ésta e incluso inventándosela, para dar satisfacción a tan fiel admirador. Así, hasta que Gregorio Olías se convierte para Dacio Gil en el poeta Augusto Faroni, que será un ejemplo para él, una luz en la noche, que le guiará a través de los misterios del mundo y le mostrará el camino de la modernidad.

Me hubiera gustado ser este personaje de ficción dentro de la ficción, que representa los sueños de Dacio Gil y Gregorio Olías.

¡QUÉ FÁCILMENTE SE OLVIDA!

“Yo tengo una casa, sé que nadie va a entrar en ella. Los palestinos, no. A veces, un comandante ordena entrar en una casa de noche, porque sí, para que no olviden quién manda. Y no entramos llamando a la puerta con una sonrisa sino con armas, con golpes, con registros, gritos y patadas. Para que aprendan.”

Quien así se expresa es Sicham Levental, ex soldado israelí, perteneciente a “Rompiendo el silencio”, movimiento que trata de explicar al pueblo de Israel que lo que hacen a los palestinos es una indignidad.

El hecho que cuenta me ha recordado una escena de la película “El pianista”, en la que, una noche, el protagonista observa, desde su casa, cómo un escuadrón de las SS alemanas irrumpe, con extrema violencia, en la del vecino de enfrente, ordena a los inquilinos que se pongan en pie y, como uno de ellos no puede hacerlo, por encontrarse en una silla de ruedas, a causa de la parálisis de sus piernas, acaban arrojándolo por el balcón.

Es sorprendente la coincidencia: el considerar a los habitantes de ambas casas como seres inferiores, que carecen del más mínimo derecho, y entender, además,  estos actos de barbarie como algo perfectamente normal.

Paradójicamente, los que un día fueron víctimas se han convertido hoy en verdugos, como si la historia hubiera pasado en vano, como si el sufrimiento que experimentó el pueblo judío, durante el periodo nazi, le hubiera vuelto insensible al sufrimiento del pueblo palestino.

El ataque injustificado y desproporcionado del ejército israelí, en aguas internacionales, el pasado 31 de mayo, a la flotilla con ayuda humanitaria, que pretendía alcanzar Gaza, y que ha ocasionado 9 muertos y decenas de heridos, no hace sino ratificar la denuncia de Sicham Levental y poner de manifiesto la inmoralidad del gobierno de Israel.

AFTER DARK

La historia principal, que se cuenta en esta novela, la protagonizan dos hermanas, que se contraponen en lo físico y en lo psicológico. Mientras la mayor, Eri, permanece dormida en su habitación, en un último intento por escapar del cerco de insatisfacción, en el que se ha convertido su vida, la menor, Mari, sale una noche sola, fuera de su territorio, buscando algo que no encuentra en éste.

A partir de este momento, se van incorporando los demás personajes, relacionándose, de una u otra forma, con ellas, y conformando diferentes historias, levemente trabadas, porque a Murakami le gusta dejar cabos sueltos, que no siempre recoge, o crear intrigas, que no siempre resuelve. Esto hace que el lector, a medida  que avanza en la novela, se encuentre en un permanente estado de incertidumbre, que le estimula a seguir leyendo.

Como en sus novelas anteriores (“Tokio blues”, “Kafka en la orilla”…),  se trata de personajes introvertidos e insatisfechos, por diferentes motivos, que conectan con la vida cotidiana de cualquier persona: con las ilusiones que nos fabricamos en la niñez o en la adolescencia y que, frecuentemente, no se ven cumplidas; con las relaciones de amor/odio, que entablamos con nuestros seres queridos; con el mundo de los recuerdos, que permanecen en nuestra memoria y que, según Kôrogi, uno de los personajes, son el combustible que nos permite seguir viviendo.

Murakami nos invita, además, a contemplar a sus seres de ficción como si estuviéramos detrás de una cámara cinematográfica, captando sus movimientos y conversaciones o, si nos alejamos, divisando la ciudad en la que viven, los medios de locomoción que utilizan para desplazarse.

Así, alternativamente, vamos conociendo la vida de estas enigmáticas hermanas y la de los personajes con los que se relacionan: Takahasi, joven músico, marcado por una inseguridad, que le acompaña desde su infancia; Kôrogi, una mujer que trabaja a escondidas en locales de alterne; Shirakawa, ejecutivo obsesionado con su trabajo, que apenas tiene relación con su mujer; Kaoru, ex luchadora venida a menos.

Al final, como en el Romance del Conde Arnaldos, nos queda la sensación de las historias inacabadas, que el lector debe continuar en su imaginación. Quizá, sea éste uno de los principales valores de “After Dark”.

¿QUÉ ES EL AMOR?

Esto se preguntaba Andreas Capellanus en su “Tratado sobre el amor”, del siglo XII. Para Luis Alberto de Cuenca, autor contemporáneo, del que hemos leído esta mañana algunos poemas, la respuesta es múltiple.

En “El desayuno” nos propone un amor erótico, al afirmar, en los últimos versos, que lo que más le gusta de su amada es cuando llena de vida se despierta y lo primero que le dice es:

“Tengo una hambre feroz esta mañana.

Voy a empezar contigo el desayuno”

En “El espejismo” lo que le queda, después de la marcha de ella, es su recuerdo:

“Alguien me dijo que se había ido

fuera de la ciudad. Y volví a verla

cuando no estaba ya. Volví a entregarme

al dolor de sentir su lejanía

y a la añoranza de sus movimientos”

En ocasiones, trata de olvidarla, o al menos eso cree él:

“… Me cruzaba

Con ella por la calle y no era ella

quien se paraba ante un escaparate

de ropa deportiva, no era ella

quien compraba el periódico en un quiosco

y se perdía entre la muchedumbre.

Como si hubiera muerto. No era ella.

Su nombre era el de todas las mujeres.”

Sin embargo, lo que más le duele es la infidelidad o el engaño, sobre todo cuando no se lo espera:

“La noche había sido muy larga y oscura.

Quería oír tu voz. Que tus dulces palabras

me trajeran un poco de calma. Que el cariño

que sentías por mí viajara por teléfono

hacia mi corazón maltrecho y derrotado.

Quería oír tu voz y oí la de tu amante.”

A los alumnos les sorprendió este final imprevisto. Por eso, les hizo gracia, aunque el engaño forme parte de la relación amorosa, como el odio, que sólo se experimenta hacia la persona a la que se ha amado.

Los poemas de Luis Alberto de Cuenca ilustraron bien la definición del género lírico y nos permitieron hablar libremente sobre el amor: sobre cuáles son sus efectos y cómo evoluciona este sentimiento en la relación de pareja; sobre los diferentes grados de amar; sobre qué debe hacerse ante la infidelidad, el abandono o la ofensa de la persona enamorada.

Y quedaron pendientes algunas preguntas: ¿De qué forma se adquiere? ¿Qué señales nos indican que es compartido? ¿Entre qué personas puede existir?

SOBRE PREJUICIOS

Ayer, leímos, en clase de 2º del PCPI, una entrevista con el grupo cordobés Estirpe, en la que uno de sus componentes, a la pregunta “¿En qué habéis cambiado profesionalmente, a medida que habéis cumplido años?”, respondía que habían abierto su mente, se habían liberado totalmente de los prejuicios y habían ampliado sus influencias musicales.

A partir de esta respuesta, les planteé a los alumnos cómo habían cambiado ellos, desde que empezaron a estudiar en el instituto, si habían madurado, como los componentes del grupo Estirpe. 

Hubo dos reflexiones que me sorprendieron: 

  • Algunos alumnos aseguraron que ellos no se habían liberado de prejuicios, porque nunca los habían tenido, es decir, nunca habían juzgado negativamente a una persona, sin conocerla. 
  • Otros comentaron que apenas habían experimentado cambios, porque llegaron del colegio con el sambenito de torpes y, así, les han considerado en el instituto hasta la actualidad. 

La primera de estas reflexiones pone de manifiesto los valores de los alumnos, su respeto hacia las personas, con independencia de la raza y el sexo de las mismas, aunque no siempre manifiesten este respeto hacia los profesores, en las clases.

En cambio, la segunda reflexión deja traslucir su baja autoestima, su conciencia de estudiantes fracasados, en gran parte, responsabilidad de ellos mismos, por no esforzarse lo suficiente; pero, en parte, también, por el juicio negativo, que los profesores nos formamos, en ocasiones, sobre determinados alumnos, sin el conocimiento necesario.

EL LECTOR

Habitualmente he leído, primero, una novela y, después, veo su versión cinematográfica. Me vienen a la memoria grandes películas, como “La colmena” y “Los santos inocentes”, adaptaciones de novelas homónimas de Camilo José Cela y Miguel Delibes, respectivamente.

En cambio, con “El lector” me ha sucedido justamente lo contrario: hace unos meses vi la película, dirigida por Stephen Daldry y magníficamente interpretada por Kate Winslet, en el papel de Hanna, y estos días acabo de terminar la novela del mismo nombre, escrita por Bernhard Schlink.

Al leerla, he puesto rostro a los personajes, sin necesidad de imaginármelos, a partir de las indicaciones de su autor. Además, como conocía el argumento, su lectura tampoco ha suscitado en mí la curiosidad por lo que iba a suceder. Sin embargo, he disfrutado, profundizando en los personajes, deteniéndome en los motivos que les impulsan a actuar de una determinada manera, particularmente, en el caso de Hanna y el secreto de su analfabetismo; y sobre todo he disfrutado con la forma, con el estilo en el que está escrita la novela, con el poder evocador del lenguaje, que le permite al narrador-protagonista, por ejemplo, contraponer con extraordinaria eficacia sensitiva la Hanna de la que estuvo enamorado, con la que va a visitar en la prisión, veinte años después.

“El lector” es una novela sobre la seducción amorosa y el sentimiento de culpa, cuyo argumento resulta muy atractivo para los aficionados a la lectura, pues la protagonista le exige a su joven amante que le lea, en voz alta, fragmentos de obras literarias, antes de mantener relaciones sexuales; pero el pasado de ella oculta algo que cambiará las vidas de ambos, como cambió la de toda una generación de alemanes, que aceptó, de una u otra manera, las atrocidades del nazismo.

REDES SOCIALES DE INTERNET

Las nuevas tecnologías de la información y la Comunicación han transformado la relación entre las personas. El instrumento que más ha contribuido a ello ha sido Internet y, dentro de esta, las llamadas redes sociales (Tuenti, Facebook, Twitter…), nos permiten vincularnos a centenares de personas, muchas de las cuales eran desconocidas para nosotros.

En España, los usuarios de estas redes han aumentado en el último año, de cuatro a ocho millones. De hecho, somos el segundo país del mundo que más las utiliza. Como dato anecdótico, pero significativo, puedo decir que, hace unos días, en una charla informativa, sobre los riesgos del uso de Internet para los jóvenes, celebrada en nuestro centro, el inspector que la impartía, Israel Gordillo, preguntó a los asistentes, alumnos del primer ciclo de ESO, quiénes utilizaban redes sociales y levantaron la mano la mayoría de ellos.

Hasta hace relativamente poco, nos relacionábamos con personas que formaban parte de nuestra familia, estudiaban en el mismo centro o trabajaban en la misma empresa, y vivían en el mismo lugar. Pero hoy día nuestro círculo de amistades o conocidos se puede abrir muchísimo más, a través de las redes sociales de Internet, donde subimos y compartimos fotos con otras personas, intercambiamos mensajes…

Para comentar sobre este tema, os dejo en el aire algunas preguntas: 

  • ¿Existe adicción a las redes sociales de Internet, como Tuenti, Facebook o Twiter?
  • ¿Por qué han tenido tanta aceptación, sobre todo, entre los jóvenes?
  • ¿Son perjudiciales o, por el contrario, se pueden considerar como instrumentos para comunicarnos y mejorar nuestras habilidades sociales?
  • ¿A causa de estas redes están los jóvenes encerrados en casa todo el tiempo?
  • ¿Suspenden más los alumnos que las utilizan?
  • ¿Por qué creéis que España es el segundo país del mundo que más se sirve de ellas?

Estoy escuchando un programa de radio sobre la enseñanza en Andalucía y todos los testimonios que se recogen son negativos: 

  • Una profesora que tuvo que denunciar su caso a la policía, porque el Jefe de Estudios de su centro consideró como algo perteneciente al ámbito privado los insultos que había recibido en la “Tuenti” de un alumno.
  • Un profesor que, después de 22 años en la enseñanza, se ha visto obligado a abandonarla, porque no puede impartir sus clases con normalidad, debido al mal comportamiento de los alumnos.
  • Padres y madres que, cuando se les comunica un parte de conducta inadecuada de su hijo, van al centro para protestar y no para informarse de lo sucedido.
  • Numerosos casos de amenazas de alumnos a profesores.
  • Un alumno que citó en la calle a un profesor para pegarse con él, porque le obligaba a estudiar en clase.

La conclusión a la que llega la presentadora del programa es que la falta de autoridad del profesorado y la ausencia de valores entre los alumnos están deteriorando la educación en nuestro país.

No voy a poner en duda la veracidad de estos testimonios; pero sí que se hayan recogido únicamente los que ponen de manifiesto la falta de actitudes para el estudio del alumnado y, sobre todo, comportamientos inadecuados, que incluyen la mayoría de ellos amenazas orales o escritas a los profesores. A esto, además, hay que añadir la indiferencia de los equipos directivos, representados por el citado Jefe de Estudios.

Da la impresión de que los periodistas que han preparado el programa de radio tenían la intención de ofrecer una visión muy negativa de nuestro sistema educativo, que, por otra parte, es la visión que se ofrece habitualmente en los medios de comunicación.

Si, en verdad, las cosas fueran así, si las relaciones entre los alumnos y profesores fueran como se describe en el programa, la convivencia en las aulas sería imposible y habría que cerrar los centros de enseñanza.

Afortunadamente, la mayoría de los alumnos son respetuosos con los profesores y respetan las reglas que regulan la vida en común, aunque hay un porcentaje significativo de ellos, que se sienten obligados a estudiar y, por consiguiente no están a gusto en los centros.

Busquemos soluciones  para estos alumnos, ofreciéndoles vías diferentes para completar los estudios de secundaria, donde se combinen actividades de iniciación profesional con la enseñanza de materias comunes a los demás alumnos. Y algo muy importante: para aquellos que presenten déficit competencial en alguna asignatura, que la Administración dé a los centros, incluidos los de enseñanza primaria, suficiente número de horas de refuerzo y apoyo, para que este déficit no se enquiste y se vuelva irreversible, provocando desinterés y hostilidad hacia el sistema educativo.

BUSCANDO UNA ILUSIÓN

Ayer, por la tarde, monté en el autobús urbano “buscando una ilusión cándida y vieja”, que diría Machado. No sabía si de amor o de odio, si de esperanza o desesperanza, si de alegría o tristeza, cuando, al desviar la mirada hacia la puerta central, allí estaba la poesía andante, recorriendo las calles y las plazas de Córdoba, como los caballeros medievales:

“Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.”

Estos son los primeros versos de un poema de Miguel Hernández, donde, tras lamentar el estado en que se encuentra su casa, expresa su esperanza de que florezcan los besos sobre las almohadas y de que el odio se amortigüe detrás de la ventana.

Me adentré hasta el final del autobús, con el deseo de que la ilusión fuera doble y, de nuevo, allí estaba en la puerta, invitándome a que la leyera:

“El viento de la fortuna
nunca deslizó mi barca
ni la llevó río arriba
con las velas desplegadas.”

También Concha Lagos, a quien pertenecen estos versos, lamenta su mala fortuna, y también, como Miguel Hernández, deja un hueco para la esperanza:

“El viento de la fortuna
es lanzar a tiempo el ancla,
tocar fondo y esperar
la segura luz del alba.”

Gracias, nuevamente, a Cosmopoética por estos dos regalos, este año no tan inesperados.

Ayer, clausuramos las Primeras Jornadas de Teatro, organizadas por el IES Gran Capitán y el AMPA Mateo Inurria, con el espectáculo “Pasión por el cine”. Alberto de Paz (piano), Antonio Fernández (violín) y María Fernández (oboe) evocaron a las antiguas orquestas del cine mudo, interpretando 12 bandas sonoras de películas, especialmente seleccionadas para el alumnado de nuestro centro:

  • Memorias de África.
  • Sonrisas y lágrimas.
  • Los chicos del coro.
  • La lista de Schindler.
  • Gladiator.
  • Harry Potter.
  • La bella y la bestia.
  • La misión.
  • El rey león.
  • Cinema Paradiso
  • Piratas del Caribe.
  • Mary Poppins.

Los espectadores, que ocupamos algo más de la mitad del aforo del salón de actos, aplaudimos con entusiasmo entre película y película. Las introducciones a las mismas corrieron a cargo de un Alberto de Paz, tan brillante con la palabra como con el piano, que nos contagió a todos su pasión por el cine y, sobre todo, por la música que acompaña a éste, formando un todo con él.

Le secundaron también con gran brillantez Antonio Fernández, María Fernández y Javi, éste último pasando los fotogramas de las películas en el momento justo.

La música de los tres instrumentos sonó limpia y compacta, como corresponde a profesionales, perfectamente compenetrados, primero, con la mirada y, después, con el sonido.

A destacar, algunos momentos: cuando el violín evocó el dolor inconsolable de los judíos en “La lista de Schindler”; la banda sonora de “Cinema Paradiso”, que nos hizo revivir la tierna historia de amor por el cine del operador Alfredo y el niño Salvatore; la de “Los chicos del coro”, con el mensaje tan necesario hoy día, del poder educador de la música; el inicio, cargado de tensión, de “Piratas del Caribe”, con los acordes graves del piano; y la música de “Mary Poppins”, con la gracia y el dinamismo de la película.

Todos los asistentes nos fuimos con la convicción de que el cine no sería lo mismo sin sus bandas sonoras; también con la satisfacción de que en nuestro centro se organicen actividades de calidad, como este concierto o las representaciones teatrales de “Novecento” y “Maese Pathelin”. Que se repitan el próximo curso.

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